Antiguas bestias

La guerra de Troya, esa bestia luctuosa de hierros y belfos que encararon sobre los descampados en torno a la ciudadela arrasada. De ella salieron incólumes.

El mar griego, esa bestia de añil entraña, ávida de largas esloras. El músculo se extenúa aplicado sobre el remo para soslayar la pretensión que les niega la vuelta a la patria.

¿Qué les deparará ahora el denuedo de sus brazos que se baten contra su faz vinosa y hambrienta?

No se saben actores de una escena que se proyecta hacia el futuro insospechado; nada saben que a través de los siglos, esas dos antiguas bestias se perpetuarán para la repetición del éxodo; de la incertidumbre y el terror perfectos; de la desesperanza atroz que brota de la tierra abstraída en la indestructible linea del horizonte; de la antesala de la muerte inminente.

Y yo, hombre de hoy pregunto:

¿Por qué esta exclusiva dicha de poder contemplar a la primera de estas bestias entre la impotencia y el espanto; y a la segunda, entre la serenidad y el asombro sin que me alcancen?

¡Fuera de nosotros, esta venenosa lasitud, esta resignación, mientras no haya un solo descanso en las atribuladas almas de nuestros hermanos y hermanas!

¡Que sean siempre el mar y la guerra y sus millones de muertos anónimos el recordatorio del sueño inexcusable de nuestro regreso a la patria, del apremio que nos impele a la audacia de salvarnos en renovadas galeras!

David Galán Parro

26 de mayo de 2024    

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