Me pegan. Me pegan patadas y ruedo. No les he hecho nada, pero me pegan. Me duele todo el cuerpo y ensucian mi piel. Se pelean por mí como si fuera lo más valioso del mundo y cuando me persiguen parecen tigres hambrientos tras una presa. Cuando la patada es muy fuerte vuelo y entonces el aire fresco me alivia un poco el dolor, la quemazón. Pero todo dura poco más de un segundo. Caigo al suelo y me vuelven a dar patadas. No lo entiendo. No les hice nada.
Mientras me patean, se precipitan hacia el rectángulo vertical de siempre. Entonces se levanta el murmullo de miles de personas. Es el momento sublime de lo que para ellos es un juego. Ya veo al hombre del rectángulo que me clava la mirada, ya siento la fuerte patada final, el vuelo final, el roce al palo, y al final el descanso en la red que siempre me espera, me detiene y me enmaraña.
La mitad de los presentes a ras de cielo celebran a gritos el fugaz instante.
David Galán Parro
14 de mayo de 2024