En mi familia siempre se hizo muy poca vida de masas. El disfrute y la planificación del ocio no eran valores importantes, más bien cosas superfluas o secundarias. Los valores eran la austeridad, la disciplina y el compromiso hacia el otro; en consecuencia la educación recibida en términos perceptivos era escasa y poco diversa: De ahí que mi sensibilidad en la observación del mundo exterior tenga serias deficiencias.
A esto se le suma la etapa de mi vida, veinticinco años, en los que estuve con un grupo de amigos muy íntimos que se relacionaban con el mundo por medio de una serie de valores que estaban impuestos por un mentor. En aquel círculo de amistades estos valores regían nuestro comportamiento y lo controlaban. Comencé a juzgarme en base a ese código. Mi atención se centró no hacia el exterior sino más fuertemente al interior y me puse en vigilancia moral conmigo mismo utilizando estos valores morales externos, ajenos. Todo era autoobservarme para juzgarme. Esto me hizo mucho daño.
El disfrute sensible de una vida exterior fue del todo barrido.
NOTA: Las reflexiones en las que se basa esta sección son fruto del trabajo intelectual de Francisco Umpiérrez Sánchez.