Sé de la noche gracias al día y del día a la noche. Son recíprocos delatores que se conocen de años.
El día se declara enemigo de mis apocados sentidos. Soy un hombre oscuro al que lo decisivo de la vida se le antoja transcurriendo dentro de su cabeza; que se refugia en las representaciones que le ofrecen los libros; que rehuye la amalgama de percepciones por parecerle intolerablemente abigarrada. Chispean las percepciones sin tomar lugar definitivo en un sistema dentro de mí.
Frustración.
La noche, en cambio, es amante de mis horas. Pero como amante, me busca y convulsiona. Afloran con ella, el anhelo de los proyectos futuros vistos con esperanza engañosa, el conato de rebeldía ante la aquietada vida diurna que convoca minutos por minutos, la quimera de ser otro más enérgico, más comprometido, más práctico. Chispean las representaciones sin materializarse.
Frustración.
Lentamente el alba y el ocaso reconcilian a aquellos dos viejos conocidos para salvarme de sus cuerpos sublimes e hirientes. Y en ambos, momentos crepusculares me encuentro: yo que me asemejo más a una suave transición que a los contundentes día o noche.
Soy como la lánguida malla que transita de la claridad a la tiniebla y luego regresa; esa lánguida malla que contiene a los contrarios y los perdona.
David Galán Parro
30 de marzo de 2024