Yo era un buche que se destetó tarde, quizás porque una ligera cojera hizo de mí un asno algo temeroso al que mamá no podía evitar proteger en exceso. En comparación con mis hermanos, aprendí más tarde a correr, saltar y dar coces.
Vivíamos libres en los hermosos prados y bosques de Francia. No nos faltaba nada. Teníamos el agua de un río y abrevado por él, mucho pasto. Todo el peligro que hasta entonces había nos lo procuraban los lobos, enemigos que mis hermanos y yo, en pandilla feroz, sabíamos enfrentar. Las certeras coces que les dábamos cuando nos atacaban en manada nos dieron fama de rudos y terribles. No recuerdo que ninguno de nosotros sufriera una dentellada de alguna de aquellas bestias hambrientas. Mamá estaba orgullosa y se sentía segura.
Segura hasta el día en que llegaron los cazadores.
Con sus redes nos enmarañaron e inmovilizaron. Yo tendría siete años entonces. Me separaron de mamá y de mis hermanos y me embarcaron hacia un país desconocido.
Estuve meses en una oscura bodega junto a otros animales, algunos de los cuales nunca había visto. En situación parecida a la mía, se comportaban de manera bruta y huraña, acaso por la inmensa tristeza que estaba en el corazón de cada uno de ellos. Gallinas, cerdos, caballos, uno que llamaban chimpancé, parecido a mis captores, los humanos, y algunas aves muy coloridas y habladoras, llamadas loros eran toda la tripulación cazada y presa. En jaulas y encadenados nos llevaban hacia tierras extrañas. La comida era escasa y repugnante. Yo no podía dejar de pensar en mis hermanos, en nuestros juegos en el prado, en nuestras luchas victoriosas con los lobos y sobre todo, en mi madre, a la que ya no volvería a ver. Rebuzné muchas noches y lo pagué con muchos latigazos.
El día que llegamos a tierra firme fuimos recibidos por una comitiva de gente en el muelle y aunque todo era música y fiesta, nosotros nos sentíamos ajenos e inquietos ante toda esa algarabía humana. En nuestras jaulas, las gallinas cacareaban, el mono ululaba, los loros parloteaban sin ton ni son, los caballos relinchaban, los cerdos gruñían y yo rebuznaba. Estábamos todos muy nerviosos esperando nuestro destino.
Nos metieron por separado en carros. A mí y al chimpancé nos tocó ir juntos. Estuvimos dos días traqueteando caminos. El lugar al que llegamos estaba lleno de gente que trasegaba con fruta, ropa, artesanía y otros animales. Oímos que lo llamaban Kuichú. Con los años sabría que se trataba de un pueblo costero de China. A mi compañero, el chimpancé, se lo llevó un señor que venía con un séquito de muchos criados. Alguien más discreto se interesó por mí. Quedé solo con él. Era un hombre de edad madura que se movía con energía y juventud. Me puso una cuerda en torno al cuello, una cosa llamada albarda sobre el lomo y tiró de mí hacia su casa.
La familia me llamaba Lú y me pusieron atado a un poste dentro de un cercado con valla. Al principio me dediqué a rebuznar y a practicar mis coces: no quería perder lo aprendido pese a mi cojera. Mi comportamiento atrajo la curiosidad de los más pequeños de la casa y luego, de los vecinos convirtiéndome en un raro espectáculo en todo el pueblo. Cierta felicidad sentí en esos días, pero la tristeza volvió y perdí las ganas de mostrar mis habilidades. Entonces mi amo viéndome tan desganado empezó a impacientarse. Días después decidió deshacerse de mí. Ahora puedo comprenderle: No sabía en que emplearme y le era caro mantenerme a cambio de nada.
De nuevo me puso la soga al cuello, la albarda y tiró de mí, encaminándose hacia el bosque. Al llegar a un claro salpicado de tocones me soltó y desapareció. Yo me quedé quieto. Estaba desconcertado: no sabía si seguirle para no verme solo o huir por si volvía con la pretensión de encerrarme de nuevo. Así estuve hasta que se hizo la noche y me vino el sueño.
Al día siguiente me desperté con la luz y el calor del sol sobre mí. Miré a mi alrededor y vi con alegría pasto, el suficiente como para mantenerme vivo en aquel lugar. Luego, cuando la sed se hizo insoportable me puse a buscar algún lugar donde beber y descubrí un sendero que me llevaba a un remanso. Volver a ver mi hocico reflejado en las aguas claras me recordó con dolor mi vida pasada. Estaba solo, muy solo.
Una mañana en que me sentía especialmente triste, rebuzné largamente. El sonido se prolongó y se perdió en la fronda verde del bosque. Entonces lo oí. Era el murmullo de arbustos rozados por algo cercano a mí que se escapaba y se alejaba pesadamente. Al rato volvió. Esto se repitió en varias ocasiones más hasta que un día mi rebuzno dejó de surtir su efecto disuasorio. Yo estaba aterrado. Pensé en los lobos y en cómo los enfrentaría ahora sin mis hermanos.
La presencia invisible se hizo habitual. Me seguía como una sombra y me acechaba, pero de manera inofensiva por lo que al cabo me acostumbré y le perdí el miedo. Oía sus pasos en la hojarasca, su deslizamiento entre los arbustos, su aliento acompasado y cálido. Podía ser una criatura divina y benigna. Un ángel de la guarda semejante al que escuché contar a uno de los marineros, una noche en el barco.
Al fin un día pude ver entre los arbustos su piel brillante como el sol, con vetas negras en el lomo y los flancos y con pelo blanco en el cuello y en pecho. Otro día me dejó ver su ancha cabeza ancha. Tenía una boca con grandes y afilados colmillos. Sus ojos centelleaban. Me miró silencioso y atento. Contemplando sus orejas redondeadas (los lobos las tienen afiladas) quise atribuirle una intención más amigable que la de mis antiguos enemigos.
Estuvimos así un tiempo, tanteándonos a distancia. Yo pensaba que su actitud respondía más a la extrañeza o a la curiosidad o a la timidez o quizá a que, como ser divino que era, rehuía el contacto con el pobre ser mortal que era yo. Fui acostumbrándome a su sola visión hasta el punto que se me volvió grata y admirable. Se desplazaba con calma majestuosa, con seguridad, sin afectación, entre la fronda.
Pero un día su actitud cambió. Empezó a tomarse ciertas libertades injustificadas: se acercaba con brusquedad primero; después me rozaba; luego los roces pasaron a empellones que me hacían resbalar y caer a tierra. Yo soportaba todo pacientemente. Habiéndole perdido el miedo le dejaba hacer y todo por complacerle en lo que creía su inocente juego. Pero aquello empezaba a cansarme ¿Qué quería comunicarme? Finalmente se le ocurrió ponerme una de sus garras en la grupa. Entonces perdí la poca paciencia que me quedaba y le solté una de mis ensayadas coces. Le alcancé el hocico y dio con el lomo en tierra, revolviéndose un rato entre la maleza dolorido. Al incorporarse lo que vi me hizo temblar de las orejas al rabo; las patas me cedían como barro blando por el miedo. Convertido en una mole musculada por la furia dio un salto y lo vi como una enorme piedra abalanzándose sobre mí y tapando a mis ojos la esperanzadora luz del sol. Entonces cuando el recuerdo de mi madre cruzaba en ese instante mi mente en fugaz y definitiva despedida, un destello metálico impactó con mi enemigo en el aire y lo barrió como un trapo. Cayó a mi lado blando y pesado sin tocarme siquiera. El cuello quedó de un tajo a medio abrir dejando manar la sangre. Un hacha voladora me había salvado. Mi vigilante enemigo, el tigre, palpitó hasta morir sobre un lecho de tiernas hojas enrojecidas.
Lo que sucedió se supo pronto en el pueblo y corrió de boca en boca. Quizá me convierta en el protagonista de alguna breve narración popular. Preveo en ella, un final n tan justo para el personaje que me representa, pero sí más aleccionador. A fin de cuentas a punto estuve de sucumbir por esa confianza imprudente que me hacía alardear de una habilidad que me ponía en clara desventaja frente al tigre.
Sea como sea, después de aquello vivo en este establo de una cabaña perdida en el corazón del bosque de Kuichú. El leñador, el señor Haoran fue mi salvador, y se hizo mi propietario. He acarreado durante años la madera fruto de su modesta industria. Ese fue el digno trabajo que me supo encomendar y que le dio sentido a mi vida entonces. El amor de su hija y ahora de su nieta terminan de colmar mi ya viejo corazón. Moriré decididamente dichoso.
La vida feliz tiene sus rutinas y apegos y un día éstos pueden traicionarnos. A mí esa suerte me tocó en los campos de Francia quizá con la utilidad de recordar a otros muchos que no se sientan absolutamente a salvo o cuánto menos ajenos al destino de aquellos que les tocará sufrir la repetición de mi incierta peripecia.
Repetida hasta que mi sueño se haga realidad a través de la Historia: instaurar en el mundo, el reino del justo reparto.
David Galán Parro
29 de marzo de 2024