Una cierva que tenía sed fue al río cargando con su cría. Para no exponerla al peligro de los caimanes que por allí merodeaban, quiso dejarla a la sombra de un árbol cercano y sin perderla de vista, se dirigió al remanso. Iba a beber cuando de repente desde el fondo del agua un hambriento caimán salió y le apresó con sus fauces una pata. La cierva forcejeaba para escapar, pero el caimán, más fuerte, tiraba de ella y la arrastraba hacia adentro. Pocos duró la resistencia. La cierva desapareció llevada por el caimán en la boca. Bajo el árbol, se escuchaban los balidos desconsolados de la cervatilla que por ser tan pequeña aún, no podía entender porqué no regresaba su madre..
Entonces al rato unos leones que pasaban por allí la escucharon y acercándose al árbol la vieron:
—Parece una cervatilla perdida —dijo el que parecía el jefe— La cuidaremos. Formará parte de la manada. Es muy niña y pronto aprenderá nuestras habilidades. —luego se calló, meditó algo y finalmente sentenció— Sé bien que hacer con ella.
Y se la llevaron.
La cervatilla se crío pues entre leones. Aprendió sus costumbres en años de convivencia. Corría y saltaba como ellos y con su balido hacía algo parecido a un rugido. No obstante no consiguió comer la carne de las presas. Su alimentación era inevitablemente hierba y pasto.
Cuando creció y se hizo joven, salía de caza con sus hermanos. Ella hacía de cebo. Se ponía cerca de los ciervos machos que la pretendían y se dejaba perseguir un rato por ellos hasta los lugares recónditos donde sus hermanos tenían preparada la emboscada.
En uno de esos días, en mitad de la carrera, el ciervo en celo que la perseguía cayó en una profunda hondonada y se partió una pata. La joven cervatilla se asomó al borde del hoyo y desde abajo el ciervo herido le habló así:
—Se quién eres. No traigas a los leones, por favor. Me comerán. Tu eres de los nuestros y no deberías perjudicar a tus verdaderos hermanos, los ciervos.
—Mis verdaderos hermanos son los leones porque entre ellos me he criado.
—Sí, pero desprecias a la Naturaleza. A la hora de la verdad los leones no dejarán de verte como una cierva y eso lo pagarás. Ahora nada te hacen porque te necesitan para sus planes.
—Y siempre será así.
—No creo. Las circunstancias cambian y por ello también la necesidad. Te confías.
—Estoy pensando que tus razones son una mera estrategia para salir sano y salvo. Pero eso no pasará: no te voy a sacar de ahí—y dicho esto la cierva se fue a donde estaban sus hermanos y los trajo hacia la hondonada para que devorarán al ciervo herido.
Un año después se produjo una sequía. Se secó por entero el río y la verde sabana y muchos animales emigraron a regiones menos inhóspitas para sobrevivir.
Para los leones, las presas empezaron a escasear y la desesperación y el hambre apareció entre ellos. Entonces, antes de que tomaran rumbo a otras regiones, cazaron y comieron todo lo que aún quedaba en la sabana, antaño su fértil hogar.
Todo; incluido la joven cierva que hacía de cebo en sus cacerías.
David Galán Parro
19 de marzo de 2024