El asno de Kuichú (*)
Versión original
Nunca se había visto un asno en Kuichú, hasta el día en que un excéntrico, ávido de novedades, se hizo llevar uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.
Un tigre, al ver a tan extraña criatura, lo tomó por una divinidad. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se aventuró a abandonar la selva, manteniendo siempre una prudente distancia.
Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr con miedo. Pero se volvió y pensó que, pese a todo, esa divinidad no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.
Cuando ya le tomó confianza, comenzó a tomarse algunas libertades, rozándolo, dándole algún empujón, molestándolo a cada momento, hasta que el asno, furioso, le propinó una patada. “Así que es esto lo que sabe hacer”, se dijo el tigre. Y saltando sobre el asno lo destrozó y devoró.
¡Pobre asno! Parecía poderoso por su tamaño, y temible por sus rebuznos. Si no hubiese mostrado todo su talento con la coz, el tigre feroz nunca se hubiera atrevido a atacarlo. Pero con su patada el asno firmó su sentencia de muerte.
(*) Cuento popular chino.
Ejercicio de reescritura
Un asno era algo inconcebible entre los habitantes de Kuichú, hasta que un día el más adinerado del pueblo, ávido de novedades, mandó le trajeran uno por barco. Su llegada al muelle fue una fiesta ese día y luego durante unos meses, su presencia, una atracción para los lugareños.
Al año, el excéntrico comprador se cansó del animal. No sabía en qué emplearlo y solo le daba gastos de modo que lo abandonó a su suerte en un bosque cercano.
Un tigre que a veces merodeaba por allí lo vio. Como no había visto criatura semejante en su vida se le antojó que no podía ser otra cosa sino una terrible divinidad. Pero poco a poco la curiosidad, acaso el hambre, le fue impeliendo a observar a escondidas; y a tanto llegó en esto que pronto se fue de la selva, su hábitat, y se trasladó al bosque para poder acecharla en todo momento y siempre a una prudente distancia.
Un día el asno, ingenuo como era, dejó escapar un rebuzno. El tigre de nuevo asustado huyó despavorido, pero pasado el miedo en él, decidió regresar. Allí seguía la extraña divinidad hozando tranquilamente entre las hierbas. «No parece tan peligrosa» pensó.
A partir de ese día, el tigre, fue acostumbrándose a los rebuznos y tomando confianza, a la vez que ciertas libertades con las que empezó a importunar al otro: primero se le acercaba, luego le rozaba, y finalmente le daba empellones que lo hacían trastabillar. Enojado ya por tanta molestia, el asno acabó por darle una coz al tigre que al levantarse, sin daño alguno, se dijo: «¿Y esto era todo lo que yo temía?» Entonces se abalanzó sobre él, lo despedazó y se lo comió.
No firmes tu sentencia de muerte mostrando toda tu fuerza frente al que quiere dañarte. Sé muy comedido en esto.
David Galán Parro
9 de marzo de 2024