¿Por qué encierras, amor, tu presencia
si ella misma ya no te pertenece?
¿Acaso no es ya algo mía
si el breve tiempo indeleble
que nos hemos regalado
es quien decide
sobre su existencia libre compartida?
Al principio, cuando no éramos amantes
tu presencia no reclamaba su libertad;
nada te pedía:
tuya era y así se conformaba
atada a ti.
Pero ahora que soy tuyo,
suyo me quiere también tu presencia
¿No oyes cómo te suplica
desde la cárcel en que te has convertido?
Deja que se allegue a mí, por favor,
con su alivio, antes de que sea tarde.
Si así no haces,
su acto de liberación
será inevitable,
pero no en la forma en que esperas,
como presencia liberada a ti unida,
sino en la forma en que ha de perderse sin ti,
como presencia presa
que se proyecta como ausencia
fuera de los barrotes de tu cárcel.
Adivino
con dolor inconcebible
con quién se reunirá ya afuera
la ausencia de tu presencia:
con el deseo insatisfecho
que desesperado en mí te reclama
y que también se perderá sin mí.
Ambos,
monstruos de nuestras entrañas paridos,
arrancados del pedestal de carne
que somos y los mantiene
huirán inmateriales lejos de nosotros
a consumar lo que no nos dimos.
Siento el horror de esa fuga inminente.
Ya preveo cómo se aprestan a ello
sabiéndose inalcanzables
para salvarse y para amarse
como no supimos hacerlo.
Acuérdate de esto, amor:
serán despiadados cuando lejos,
siendo ellos los que no fuimos,
nos contemplen muriendo en soledad
desde el supramundo habitado
por las sombras felices que escaparon
de las terrenales promesas incumplidas.
David Galán Parro
19 de febrero de 2024