¿Por qué me ciegas, sol?
¿Por qué no me dejas ver el secreto de la montaña?
¿No quieres que sea testigo de la belleza?
Amasas con las manos las nubes y las rocas,
las domesticas con tu aliento dorado,
le das formas irresistibles,
te cuelas por las nubes,
danzas con el viento,
caes en picado hacia la noche,
y, sin piedad,
proyectas tu amplia sombra sobre nosotros.
Te fundes con el horizonte,
tu cuerpo toma forma de piedra
oculta bajo el velo de la noche.
Los últimos rayos, esquirlas de luna,
se caen, se hunden,
dejas sin sombra el cuerpo desnudo de la montaña
que has abrazado todo el día
y lo dejas frío, huérfano,
hasta mañana.
Elisenda Romano
10 de agosto de 2023