Un león que acababa de matar una gacela en compañía de otros leones se había retirado a la orilla de un río a devorar con calma su parte de la presa. Sujetaba con sus fauces el trozo de carne capturado y lo apretaba para que nadie se lo quitara: La jungla estaba llena de animales al acecho y todos muy hambrientos.
Como sintió sed se acercó a uno de los remansos del río a beber. Al asomarse vio de repente sumergido bajo el agua a un león idéntico a él que le miraba y que también entre sus dientes aprisionaba un trozo de carne idéntico al suyo. Entonces nuestro león queriendo arrebatarle al otro su trozo abrió la boca para cogerlo y el suyo se le vino al agua. Un caimán que nadaba por allí y le vigilaba aprovechó para llevarse rápidamente el trozo que se hundía. El león lo maldecía rugiendo impotente desde la orilla sin caer en la cuenta que quien le había hecho perder el alimento no era el caimán, sino su propia codicia al verse reflejado en el agua.
Codiciar lo ajeno te hace perder todo
(*) basado en una fábula de Esopo
12 de febrero de 2024
David Galán Parro