El yaco que se sentía satisfecho

En su jaula gritaba: ¡Sol bueno! ¡Rica playita! y se balanceaba feliz en su columpio. La jaula se encontraba en un patio interior que estaba techado con unas planchas de uralita translúcidas de modo que del sol solo conocía el calor sofocante que se acumulaba en el ámbito del patio. Nunca lo había visto. Tampoco el mar. Los dueños temían que se escapara si lo sacaban a la terraza abierta que se encontraba en la tercera planta del edificio familiar situado en primera linea de playa.

Como todos los yacos, tenía el pico negro, el plumaje gris y una cola rojo intenso. Nacido en cautividad, no conocía otra vida que aquella entre barrotes. Si se veía observado se ponía complaciente y mascullaba una extraña jerigonza imitando las conversaciones casuales de la casa. Entre otras palabras, los dueños le enseñaron sus nombres y se acostumbró a repetirlos con gracioso tono. Esta natural habilidad le había granjeado el cariño de todos.

Una vez por semana lo dejaban libre por la casa y como no sabía volar merodeaba a saltos por los rincones aleteando torpemente y sin dirección precisa. En aquellas ocasiones solía posarse en el hombro del padre y agitaba la varilla de sus gafas o le mesaba la barba. Eran manías de loro con las que los muchachos se regocijaban y en las que creían ver gestos de cariño.

Un día los dueños compraron una jaula más espaciosa. Él pensó que lo hacían como premio por su mejorada dicción. Pero el motivo no era ese: Otro yaco con la testa más redondeada, el cuerpo más fino y el gris del plumaje más vivo, iba a ser su compañero de jaula. Triste y silencioso el nuevo ocupante se quedaba quieto en un rincón, comía poco y era raro verlo dormir. Las pocas veces que se movió en esos días transparentaba un aire refinado y frágil que nunca antes vio. No podía entender qué le sucedía: la nueva jaula tenía más posaderas y columpios que la desechada y por ello podían disfrutarla juntos. Tuvo entonces que animar al compañero:

— ¿Qué te sucede? Pareces triste sin motivo. Tienes igual que yo de todo: el mundo entero para ti, todo el alimento que quieres y distracciones.

El otro permaneció un rato en silencio, como si meditara, y luego dijo:

—Tengo tristeza porque he tenido lo que tú no has tenido nunca y ahora que no lo tengo, sufro. 

Su tono era sentencioso. Prosiguió:

—El único mundo que concibes y conoces se llama casa. El que yo conozco y del que provengo, selva. Vives haciendo de forma repetitiva unas contadas cosas dentro de tu mundo y con esas cosas te satisfaces, porque otras no conoces. Conocer nos hace necesitar y necesitar, conocer. Pero como tú no conoces, no necesitas. Tu satisfacción plena es también tu plena necesidad.

Entonces un intenso y fugaz calor recorrió el cuerpo del yaco doméstico.  Necesitaba conocer más sobre el camarada ¿Qué había perdido que le hacía ahora desdichado? ¿Cómo era el mundo del que provenía? ¿Por qué no se conformaba con sus mismas cosas? ¿Qué era eso de necesitar y de conocer? Eran muchas preguntas las que empezaron a bullir en su interior.

En los siguientes días el nuevo fue tomando confianza y se animó a contarle su vida. Se había relajado un poco. Nuestro yaco le escuchaba con atención sin percatarse que una inusitada excitación iba colándose por debajo de su plumaje, por la parte del pecho cuando contemplaba la delicada manera con la que el nuevo lo miraba y se expresaba. Esté le contó sobre un mundo lleno de plantas de todos los tamaños; de unas muy grandes llamadas árboles, de las cuales goteaba el alimento que a nuestro yaco le suministraban los dueños y que él, en cambio, debía coger antes de que otros yacos se la quitaran; le habló sobre otros seres vivos móviles, monos, leopardos, serpientes, águilas y sobre los humanos que, a diferencia de los que había en la casa, no tenían intenciones tan amables con los animales ni con los árboles; también le contó sobre una corriente de agua inmensa que corría entre elevaciones inconmensurables de tierra y por la que los humanos iban en extraños artefactos alargados… Todas estas historias fueron dibujando en la mente del yaco doméstico el mundo salvaje del que provenía el nuevo a la vez que le hacían sentir una inusual pesadez en la cabeza, un cansancio general en el cuerpo y unas enormes ganas de dormir. Eran demasiados estímulos inundando su corta mente.

Así convivieron algo más de un mes.

Una mañana, la madre y el hijo menor de la familia sacaron a la terraza abierta la jaula con la intención de limpiarla. Estaba llena de excrementos en el fondo y de mugre en los bebederos. Para hacer la limpieza trasladaron a los yacos a una caja de cartón y la colocaron a pocos metros del pretil que daba a la calle. A la caja se le habían hecho dos orificios aparejados por los que entraba luz y aire. El yaco doméstico sintió en la penumbra a su compañero extrañamente nervioso. Éste, como si hablara consigo mismo, dijo de pronto:

—¡Es el momento!

—¿El momento? ¿El momento de qué?

—De escapar.

Y dicho esto comenzó a picotear y a jalar el cartón por el borde de los dos orificios hasta que quedó sólo un hueco ampliado por el que podían escabullirse.

—Venga, vamos— le apremió y nuestro yaco se quedó paralizado, desconcertado ¿Irse? ¿Por qué? ¿A dónde? ¿A ese mundo llamado selva que conocía por palabras ajenas y no por propia vivencia?

—Deprisa, yo te ayudaré— le volvió a azuzar el compañero pero empujándole esta vez además con la cabeza a través del hueco abierto. Al salir un fogonazo de luz le cegó. Era su primera visión del sol. Se le inundaron los ojos: una desconocida emoción se desbordaba y ya no pensó en nada más sino en secundar al otro que en ese momento corría desesperado hacia el pretil y se encaramaba a él de un salto. Desde allí ambos vieron la calle, una avenida, una playa, el mar. El nuevo no dudó en saltar y él pensó: «¿Qué son esas cosas?» Y se dejó caer. Un aire frío e impetuoso le traspasó el plumaje mientras se precipitaba. Aleteó aterrorizado y el miedo le dio un renovado vigor en las alas, una fuerza que sintió suya, una fuerza perdida o latente. Entonces, fue recuperando altura en su batir hasta verse por encima de la casa en que habitara ¡Qué pequeño le pareció el que había sido su único mundo hasta ahora! ¡Más pequeño incluso que su propia jaula!

—Sígueme—oyó fugazmente a su lado y vio pasar la cola del compañero trazando en el aire una fulgurante linea roja . Giró y le siguió. No podía perderle de vista. Por fin, lo imposible era real: volaba. Vio primero una parte recortada de tierra en la que divisaba a los humanos caminando empequeñecidos y luego, un manto de agua ribeteado de espuma blanca que comenzó a desplegarse bajo él. Algunos humanos punteaban con su presencia el manto. Volaba… ¡Volaba! Entonces al dejar de ver al compañero una repentina zozobra le sobrevino haciéndole perder el control de las alas. Todo comenzó a dar vueltas. Lo que era cielo se hacía agua y viceversa y así en medio de esa abigarrada masa centrifugada se sintió caer. Segundos después un frío húmedo le golpeó y le fue cercando y succionando; al poco unas manos le tomaron y sintió el aire, ahora muy frío, atravesando sus plumas; luego una calidez imprecisa y mullida le rozaba; luego, laxitud, inocua oscuridad; finalmente, nada. 

* * * * *

Ambos habían sido capturados por los bañistas. Él, revolcado por las olas y el nuevo, aleteando con denuedo entre las sombrillas.

Dentro de la jaula de siempre, estaban en silencio. Con torva mirada, el yaco doméstico reprochaba al otro lo sucedido. Un despecho hacia él a la vez que un extraño sentimiento de compasión se apretaban en su corazón. Había vivido una situación emocionante y única en su vida, pero ¿Para qué? ¿Qué había sacado con ello? No estaba dispuesto a cambiar sus plácidos columpios y su comida asegurada por las ideas aventureras y desatinadas del otro. Su mundo a fin de cuentas tenía evidente existencia; el del otro qué era sino una fantástica posibilidad.

—¡Eres un insensato!—le dijo furioso— A punto he estado de perecer ahogado por el intento de fuga al que me animaste ¿Qué pretendías? ¿Volver a tu querida selva conmigo? Piensas en tu felicidad y no en la mía. Eres egoísta. Tal mundo no vimos cuando nos asomamos al pretil ¿No serán tus historias sino fantasías de tu cabeza que me has hecho tomar por verdaderas? Dime ¿qué pretendías?

El otro, que estuvo todo el tiempo cabizbajo, levantó la mirada abatido y empezó a decir:

—Ese mundo del que te hablé existe, solo que comprobé que ya muy lejos de mi, al otro lado del manto de agua que contemplaste y que los humanos llaman océano. Nuestras fuerzas no dan para volar tanto y llegar hasta mi mundo. Eso lo comprendí con solo asomarme al pretil.

—Entonces, maldito ¿Qué pretendías si ya tu selva era irrecuperable?

—Recuperar al menos lo que tú nunca has tenido y que en ese momento estaba a nuestro alcance, frente a nosotros…

El yaco doméstico se quedó en silencio ante aquella respuesta y volvió a sentir el estremecimiento bajo sus plumas. Entonces miró los barrotes de la jaula que los cercaban y por vez primera se sintió tristemente reducido entre ellos, prisionero.

Pasaron varias semanas en las que el yaco nuevo volvió a su mutismo y quietud inicial. Ya no había historias que escuchar, ya no había otros mundos que imaginar, ya no había rastro de su alegría. Aquella bella delicadeza en el conjunto de su cuerpo se ajaba también irremediable. Había dejado de comer y se mimetizaba en la pátina gris de los días insípidos como una cosa más, no más atractiva que un bebedero, una posadera o un columpio. Finalmente una mañana lo vio tumbado rígido con las patas engarfiadas en el fondo de la jaula. No desprendía su usual calor. Entonces los ojos del hijo menor asomaron entre los barrotes y nuestro yaco escuchó gritar: «Pepita murió, Pepita murió, Pepita murió…» Y se fueron agolpando con precipitación las caras de los demás miembros de la familia. Se oía llorar a los niños. La mano del padre sacó al amigo que era ya una cosa dura y fría.

Durante varios días se hizo eco de aquellas lastimosas palabras sin ya nunca adivinar cuánta pérdida entrañaban para él.

David Galán Parro

4 de febrero de 2024

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