La diligencia de tus manos se prodigará en cuidados para los extraños que a la venta llegan. Pero aún no es el momento. Esa pareja forastera que traspasa la puerta te arroba de puro inédita: uno, de rostro consumido, atravesado cuán largo es sobre el lomo de la recua y cargado como fardo inútil, desmadejado; el otro, achaparrado conduciendo con una cuerda al animal que trastabilla agotado Amo y escudero son en el desatino mutuo que hasta allí les allega. Pero tú no los concebirás jamás como esperpentos humanos porque las desgracias y sucesos de tu destino te han puesto una infinita mirada comprensiva.
Ancha cara, cogote llano, nariz roma, crin hirsuta por cabello, agrio aliento, ciego un ojo y tuerto otro, siete palmos de pies a cabeza, una despiadada giba hundiendo el mentón en el pecho obligándote a mirar más al suelo que al cielo ¡Cuántas faltas se conjuran para negarte y sin embargo, con cuánta gallardía y entrega las niegas tú, moza asturiana!
En un viejo desván de techo estrellado, ultimarás, junto a la hija del ventero, el camastro maldito para descanso del hidalgo alucinado; luego bizmarás su piel amoratada sin sospechar el baile de estacas que magulló su carne; luego tomarás por verdad las mentiras del escudero que te esconderá la visión de la violencia que le precede; luego preguntarás, sin pudor de tu ignorancia, qué es eso de ser arriesgado caballero; luego serás víctima accidental de los requiebros que el loco incorporado en el camastro le dedica a la hija del señor del castillo, por la cual ha de reprimir su pasión obedeciendo a los dictados de la ley del amor caballeresco que obliga a tener en boca no más nombre que el de la ingrata amada; y lo serás con la confusión de quién no usa de ese lenguaje amatorio, con la confusión de quien amor es impulso sin miramiento, ni medida, ni palabra mediante; finalmente una tentativa de amor, una cómica escaramuza hará trasiego con tu cuerpo imperfecto entre ávidos brazos machunos sin envilecerte pues, por sobre todo, quedarás como estela secreta de lealtad, entrega y candor anidando en la memoria unánime de los hombres venideros.
El escudero te llamará «hermana» como sólo el pueblo se reconoce en el pueblo; Cervantes y el árabe te bautizarán con las cualidades espirituales únicas que te redimirán de la descripción que convierte tu estampa en condena; y yo, habré de descubrir en la lectura que con pocas pinceladas te recrea esa estela que esparces y depositas por doquier.
Maritornes, moza asturiana de ausente gracia en tu cuerpo, concédeme la dicha de atribuirte al fin estas excepcionales palabras: bella, gentil, humilde; y sálvame del egoísmo y de la soberbia que en estos tiempos que corren nos hacen ciegos de tu incomparable dechado.
9 de enero de 2023
David Galán Parro