Presa abatida

Sobre el promontorio, dominando la ensenada, se encontraba el pequeño cuarto de aperos que Damián había heredado tras la muerte de su madre y que luego hubo de reconvertir en estudio. A él acudía para pasar algunos fines de semana al año en busca de paz con la que poder liberar ideas y escribir. Pero ahora había decidido mudarse por más tiempo allí: acababa de romper con su novia y no quería ver a nadie. Una mínima tecnología instalada en la casa le permitía teletrabajar sin horarios fijos. Dos días habían pasado desde su llegada.

Era de noche. La luz de la luna se colaba por una de las ventanas aliviando la oscuridad del cuarto. Frente a la página en blanco del portátil, se desesperaba. Prendió un cigarrillo, se levantó y se apoyó en el alféizar a observar. Divisaba la arena plateada de la playa con las olas refluyendo sobre ella. Más allá del rompiente todo era unánime tiniebla.

La ya familiar desazón le iba ganando el vientre. Necesitaba aire.

Cogió un abrigo y salió. El viento le dio en el rostro. Una escalinata incrustada en la roca y con faroles en los recodos serpenteaba por el acantilado conduciéndole hacia abajo. Descendió y llegó hasta la playa. Luego orientó sus pasos hacia la linea de luces que era la ciudad en el horizonte. Atravesó un brazo rocoso que cortaba la costa penetrando apenas en el rompiente. A partir de él, a su izquierda, iba dejando unas rudimentarias casas de fachada blanca y planta única que se ocupaban en verano y que ahora estaban deshabitadas. Miraba sus ventanas imaginándose tétricamente observado.

Al poco rato en la puerta de entrada de una de ellas vio prendido un farol. Se detuvo. El farol oscilaba en su aplique por la acción del viento volteando las sombras en la fachada. Alguien estaría habitándola en ese momento. Pensó entonces que su presencia, allí parado, podía incomodar al morador si éste le viera. Eso y la humedad calando su cuerpo le sugirieron el retorno a casa.

A la mañana siguiente, tomando su café se asomó de nuevo a la ventana y entrevió, caminando en paralelo a la orilla y acercándose a la base del acantilado donde se encontraba su vivienda, la figura de una joven mujer. Durante días nadie había aparecido por allí. Era de complexión delgada y piel blanca. Llevaba un top y unos panties ajustados. Una melena rojiza venteaba a la par de sus movimientos delicados pero firmes. Al alcanzar el extremo de la playa dio media vuelta y regresó sobre sus pasos. La perdió cuando traspuso el saliente rocoso que le impedía ver la parte de costa en la que se enfilaban las viejas casas. La idea de que pudiera rondar por aquellos parajes una joven solitaria le excitaba el ánimo y se temía de nuevo ansioso.

La página en blanco se resistía otra vez. Desesperado, se levantó y deambuló unos minutos por los rincones del cuarto. Luego se sentó. La ansiedad, como era previsible, volvía. No había tema. No había historia. Su propia vida carecía de historias. Ni la muerte de su madre, ni la ruptura con su novia trascendían más allá de la común anécdota ¿Qué decir? ¿Que la indolencia y la desafección que siguió después de estos hechos no le dejaron el más mínimo rastro de sentimiento narrable? Si las grandes ideas emergían de grandes sufrimientos ¿Cuál era su materia prima? ¿Ese hastío, ese agotamiento que le había arrastrado hasta ahí…? En el fondo conocía bien las causas de aquel vacío. Había arriesgado todo por la literatura. Su propia vida era un apéndice que se le antojaba útil tan sólo como sustento de su ansia de crear. Todo, su persona y sus relaciones, con sus debilidades y miserias habían sido obscenamente expuestas y sacrificadas. Nada quedaba fuera de su objetivo. Todo era vaciado de su sufrimiento real, destruido por una imperiosa necesidad de consignación. Su vida hecha detritus y luego succionada por el sumidero del tiempo ¿Y qué había sacado con ello? Nada porque nada había sido contado con verdad, con dolor, con necesidad, porque todo lo vivido era un juego impersonal, un puro material ficcionable ¿Dónde se encontraba el escritor real, aquel que entraba al barro, que podía sojuzgar o sojuzgaba la vida para atrapar como recompensa un pedazo de momento real? Fuegos fatuos, todo había sido ir en pos de fuegos fatuos. 

Salió de casa. Nadaría y se tumbaría en la arena. Pensaba en la joven solitaria. El viento amainaba. Un nimbo gris mercurial uniformaba el cielo y parecía detener el tiempo de la mañana. Repitió el itinerario de la pasada noche: la tosca escalinata hacia la playa en dirección de nuevo a la ciudad; el estrecho brazo de piedra que dividía la ensenada y las casas chatas y blancas que ahora no le parecieron tan tétricas, pero sí tristes. Avanzando un poco más fue cuando distinguió en la arena un cuerpo yaciente. Se aproximó. Era la joven que dormitaba. Entonces ella al sentir su cercanía abrió los ojos, se incorporó acodándose de espaldas y le saludó. Se miraron un instante como lo harían dos antiguos amantes que se encuentran inopinadamente en un lugar recóndito. Eso le animó a entablar conversación…

Se llamaba Eva. Como él, llevaba pocos días en aquel paraje. Le gustaba aquella soledad, la tranquilidad. Nadar le hacía bien, dijo, aunque los últimos días no habían sido propicios para ello. Pasaba unos breves días de  vacaciones. Se estaba despejando, alejándose de asuntos personales.

—Sí, a veces uno lo necesita, máxime cuando dichos asuntos andan golpeando las puertas del corazón —le respondió él. La joven pareció sorprendida al escuchar aquella expresión casi poética—. Queremos creer que huimos del pasado —continúo—, pero éste es una vieja sombra aferrada a nuestros pasos. El pasado pertenece a los dominios de la muerte, propuso Séneca. Deduzco que no somos más que un instante aplastado por su dominio porque pasado y futuro tienen el mismo sustrato: el no ser.

Ella escuchaba con atención, como si aquel modo de hablar le fuera familiar y necesario.

—Siguiendo sus palabras le puedo decir que deseo olvidar —dijo entonces—, pero una sombra me persigue.

Para forzar el tuteo que ya la conversación demandaba, él se presentó. Acaso también con la ilusa pretensión de igualar las diferencias de edad entre ambos. Luego preguntó:

—¿Qué sombra? ¿La de alguien que no era deseable encontrar?

Ella desvió su mirada y calló un instante. Se sentía adivinada. Después habló:

—Sí… algo así… Pero… ¿quién determina el grado de lo deseable cuando se ama plenamente? 

—Nadie, la verdad puede erigirse de juez en eso…

—Ya, pero desde fuera muchos lo hacen tachando una relación que no comprenden de tóxica. Eso viví yo. Tal vez estuviera ciega. Tal vez aún lo esté. Me es difícil de saber. En la balanza hay muchos pros y contras. Un hombre que lo era todo para mí era sin embargo el que más me hizo sufrir.

—La entrega absoluta al otro es nuestra destrucción —apostilló Damián.

—Sí. Y más si a quien te entregas tiene más experiencia que tú. 

Entonces la joven le refirió su historia: Había conocido a su amado al calor de las tertulias políticas que se organizaban en los cafés cerca de la facultad donde ella estudiaba. Asistiendo como oyente quedó encandilada por su apasionado discurso en torno a la emancipación sexual de la mujer. Desgranaba razones que difícilmente los demás podían rebatir. Al tiempo trabaron relación y supo de primera mano que era profesor de secundaria y escritor, que tenía diversas publicaciones y libros y que era además un reputado colaborador en periódicos digitales de opinión. Se enamoró a fuego. Entonces él arregló su divorcio, la custodia de los hijos y vinieron las salidas nocturnas, los viajes por el mundo, el sexo desaforado, los alucinados instantes compartidos. Estaba ebrio de vida por ella y ella por él. La joven lo consideraba intelectualmente poderoso y por ello, depositó todo su ser, su confianza, su voluntad y se prodigó sin mesura volviéndose con los años una esclava de sus irrefrenables apetencias en todos los sentidos. En el vórtice genuino de aquella destrucción mutua en la que ella era la parte degradada, él colapsó un día. Postrado en una silla de ruedas después de un ictus fatal que lo fulminó, quedó sin habla y parapléjico para siempre. La vida se cobraba sus favores disolutos de antaño.

La casa de la playa, aquella que Damián había contemplado la noche anterior, era la única propiedad que el profesor le había legado antes de quedar recluido en la residencia. Sus hijos extrañamente habían perdonado su desprecio y cumplían solícitos con las posibilidades del régimen de visitas. Ella, en cambio llevaba cerca de un año sin verle. Debía sobreponerse al trauma, decía. Había regresado devastada al seno familiar y recomponía ahora los lazos con sus padres con mucha dificultad. Era pronto para decir que sentía cobijado su corazón en algún lugar cierto.

Damián entonces le contó su situación personal en un intento de corresponderle y de hacer de la confidencia confianza. Muy rara vez se exponía de aquel modo y si lo hacía era siempre para cobrarse su presa, su material ficcionable. Pero empezaba a estar cansado de su propio hermetismo. Necesitaba fluir, dejarse llevar por la abierta sinceridad con la que inusitadamente se dio la joven. Quizá fuera aquel el día de su liberación, su oportunidad de entregarse al fin a la experiencia, sin fagocitarla en vano. Aquella página en blanco se escribiría sola. Y sobre todo auténtica y verdaderamente. 

Se despidieron no sin antes emplazarse al caer la tarde. Damián necesitaba asimilar lo que estaba sucediendo. La intensidad emocional del encuentro lo había consumido en menos de dos horas de conversación.

* * * * *

Celajes sangrientos, cirros arrasados rasgando el ocaso. La superficie del mar de ópalo azul ondeando veteada por reflejos ambarinos. Desde la orilla la ve emerger y pujar lentamente ganando la espuma derrotada que desfallece en el rompiente. Púberes los senos tiemblan delicados mientras se aproxima a él; llega a él, ésta sobre él. Siente luego el frío roce de la piel mojada, de los ígneos cabellos húmedos, el leve milagro de la pura carne apoyada en su brazo, el goteo trémulo de los pezones que le tantean el pecho, el vientre, los muslos. Toda su epidermis responde estremecida. Unos ojos garzos vuelan silenciosos hacia su rostro y se vuelcan sobre los suyos; después una viscosidad latente envuelve sus labios, la poderosa invasión de una lengua fervorosa, firme y resuelta, horadándolo, buscándolo, ansiándolo.

Al poco, la noche urgente los empuja llenos de deseo hacia la casa donde el farol oscila en al aplique sacudido a manotazos de aire, estrellando las sombras contra la piedra enjalbegada.

Todas las imágenes que acontecieron dentro de la casa y que ambos engendraron conjuntamente en el vértigo del intercambio nadie las vio de manera que sólo cabe imaginarlas, deviniendo las unas en otras, en el denso flujo de una vorágine irrefrenable, de una  pesadilla deliciosa.

Nadie, excepto yo.

* * * * *

Es mi latido ficcionar con la escritura tomando de la vida aquellos sucesos que nos corrompen moralmente. No en otros instantes se encuentra la verdad del hombre. Esa es mi certeza. Siempre creí en esos instantes en que todo queda en entredicho, en que las convicciones se derrumban y nos convertimos primero en reos de ellas, luego en los íntimos adoradores de su incumplimiento y finalmente en inevitables traidores. Vernos reflejados frente al espejo de nuestros definitivos actos repudiables y de los que abominamos argumentando débilmente que son una monstruosa deformación de nosotros mismos, reconocer al fin con atroz lucidez que nos está siendo develada la verdad, la pura verdad de nuestra naturaleza primigenia. Yo me estremezco de placer cuando eclosionan en mi estas dolorosas epifanías. El animal en busca de moral se rinde finalmente al hombre amoral.

Con los escasos detalles que me fueron dados por Eva, mi bella esclava, antes de su salida vespertina de la casa pude ficcionar la deplorable vida de la presa, colega de oficio para burla del destino. La conversación de la mañana que los atesoró preparó a la vez el festín. 

Ahora el cuerpo de Eva es la carnaza definitiva y un agujero en el falso tabique que me esconde, me concede la dicha de ver el espectáculo, mientras mi mano, superviviente de la catástrofe mental que me ató a esta mitad de mí en ruedas, apuntala frenética a golpe de palabra las imágenes que se suceden en arrebato brutal ante mis ojos. Eva sabe lo que quiero, sabe bien lo que me excita y ya hace incluso más allá de lo que mi menguada imaginación me permite concebir…

Yo le enseñé a liberarse de sí misma. 

Yo, el creador de experiencias nuevas; yo, el que las contempla o las vive; yo, el que reúne en simbiosis, el mundo material y el ideal a su capricho para crear historias que consignar, para alcanzar la profundización, la destrucción de lo superfluo, la vida destilada, verdadera, el éxtasis.

Yo, el creador absoluto, el escritor pleno, el dios.

20 de diciembre

David Galán Parro

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