…Y aquí estoy escribiendo mientras la espero, no sé cuando llegará, no me convoca a una hora, dice, ya apareceré, espérame, y sin embargo, el día antes me suelta, no hagas planes con otras personas, la ansiedad me repiquetea en cada uno de los músculos, en el estómago, en el pecho y me pone en la garganta un amago de llanto infantil vergonzoso, tengo cuarenta y ocho años y un hombre no debe llorar por tener ante si una amenazante soledad, una pretensión de amor incumplida, una soltería perpetua en el horizonte cercano, aunque… ¿no son esos pequeños gestos egoístas de ella los que anticipan la caída de mi esperanza? no tengo porqué decirle cómo me devasta verme expuesto así a su tiempo impreciso ¿acaso debo aclarar esto: que no merezco ser objeto de sus arbitrios y contingencias que en nada me incumben? si esto le reprocho, dirá que se siente presionada, atada, que esa no es la forma que eligió para estar conmigo, ¿y entonces? ¿cuál es la forma? ¿ser yo un complemento aledaño de su voluntad? las cuatro paredes de esta mala casa en penumbra se derrumban sobre mis ojos ansiosos, por lo que voy a necesitar respirar a cielo abierto cuando ella se presente, pero para eso también tendré que pedir permiso, tendré que convencerla para disfrutar de una conversación en el rincón de alguna pequeña cafetería, para pasear por las calles o el bulevar ¿veremos algún día sus árboles como le prometí? todo es hermetismo en ella y en mi, falsa discreción o cobardía lacerante, de modo que todo se vuelve conjeturar de qué miradas se esconde, a quiénes no quiere de testigos, esta huída de casi un año lo asfixia todo, lo engulle todo, lo aniquila todo, nada se me asemeja tanto a la soledad que depara la vejez al común mortal ¿será así la mía? ¿como esta vida proscrita, despoblada de relaciones espontáneas? esta vida que ella me impone por no sé que miedos inconfesados pero ¿y si descubre Anita que ando con él? no puede enterarse, no lo soportaría, apenas un año ha pasado y todavía pregunta ¿cuándo volverá papá, mamá? y cómo explicarle ahora que no puede ser, que ya eso se acabó, que hay cosas que no se pueden perdonar porque el corazón por más que se empeñe no las perdona, y ella me insistirá con su inocencia, y sé que anda aún llorando nuestra ruptura, y mirará a Alberto, y le hará la misma pregunta que a mi, y le romperá el corazón a ese bendito hombre que ninguna culpa tuvo al fin y al cabo ¿y yo la tengo? sin ilusión una puede hacer cosas que en frío no haría, ¿y ahora? a curar esta tristeza que llevamos las dos como procesión por dentro, y que nos entierra hasta no se sabe cuándo y ¿hasta cuándo estaremos enterrados ella y yo en esta tumba de razones vedadas? ¿qué suerte de relación es ésta que no me deja deambular por las calles prendido a su leve cintura? ¿no es acaso pusilanimidad esta consignación de mi sed de amor? otros ya hubieran desertado de tanta incertidumbre, de tanta falta de plazos y planes, de tanto futuro preñado de nada, y sin embargo, aquí estoy tal vez consumiendo un tiempo que no me será devuelto, un tiempo en el que quizá me esté autoengañando, queriendo creer que la palabra noviazgo, dicha así ligeramente en nuestras conversaciones, implica un tácito consenso respecto de su significado, queriendo creer que mi sacrificio demuestra un amor puro, desinteresado ¿a qué aspiro con esta falsa entrega de mi mismo? ¿qué gano? los años que me restan, pocas posibilidades me brindan para levantar un nimio hogar familiar ¿quién me asegura que me abrirá las puertas del suyo ya consolidado con su hija? y andará con otro, la muy puta, que no tiene vergüenza, ni le dolerá el corazón con lo que hizo, y venga a decir que todo fue un desliz que no sabía lo que hacía, y César callado todo ese tiempo, y yo sospechando que algo pasaba entre ellos porque él me apartaba la mirada, y eso nunca me lo hubiera hecho ni de pibe cuando mamá nos regañaba a los dos porque nos peleábamos, y él tenía que pedir perdón como mamá decía que lo hiciera cuando nos encaraba, y mamá ¡pídele perdón! y César me mantenía el cabrón la mirada, y me retaba y se emperraba en no decir la palabra, y no la decía y le pegaban e iba al cuarto, y al final no la decía, y ahora el muy cabrón no me da la mirada cucaracha asquerosa y cobarde, y la cobardía tiene su alto precio que en mi caso es verme despojado de todas las posibilidades de alcanzar una vida terrenal plena ¿en qué momento mi indolencia me privó de ser padre? ¿para qué mi dedicación artística e intelectual absoluta, si a la hora de la verdad, estoy más hambriento de las cosas que aquí se quedan, que no nos llevamos, que no trascienden, que de aquellas que me prometían el parnaso secular? ¿de qué he huido todos estos años parapetado en esa vieja sabiduría de libros muertos? Y ahora llega ella, y me enjaula con sus hábitos huraños, que rehuyen el más elemental disfrute compartido, de manera que si antes era yo conscientemente el carcelero de mi mismo, ahora lo es inconscientemente ella ¿o tal vez lo siga siendo yo y no quiera reconocerlo? porque ¿es ella el elemento decisor? ¿o no hablará en mi más la necesidad de estar acompañado a toda costa, que una libre decisión propia? ¿No será que el miedo a la soltería regresa de nuevo con otro bello rostro único a mi vida? ¿o quizá ese miedo nunca me abandonó? y me abandonó sí, como merecí y no puedo reprocharle nada, ya sólo queda no estirar más y más la situación porque Ana está de por medio y dejar pasar más tiempo hasta que Ana deje de preguntar por él y él me dé un poco de cordialidad que alivie a Ana y que vaya dejando atrás ese rencor que no hay quien se lo arranque, y que cuando desaparezca, que aparezca una mujer que le ame como no pude hacerlo yo, y yo pueda ya al fin pasar página de verdad, y hacer una vida más normal más aceptada por todos ellos y sin que tenga que esconderme, que estoy harta de esconderme, para que ellos no le vayan con el chisme que lo complique todo, que no tengo culpa ¡que no! que las cosas del amor nadie las ve de antemano me decía abuela Chari, al contarle que me gustaba César en el instituto, y César pasando de mí entonces, y era verdad lo que esa bendita mujer decía, que ahora lo sé aunque me duela ver delante ya esas cosas cuando Ana pregunta por su padre, mientras yo estoy deseando como loca que llegue el día de poder contemplar al fin y sin miedo, los árboles del bulevar paseando al lado de Mario… y ¿cuál era su timbre? ah sí, éste, debe ser ella, sí, al fin, se acabó escribir…
8 de diciembre de 2023
David Galán Parro