Un caso difícil

Desde que entró en el instituto todo ha ido de mal en peor.

En el colegio se despistaba en clase, aunque sus notas siempre fueron  buenas. Aprendió a leer de corrido y memorizaba con facilidad ya a los cinco  y en matemáticas encontraba distintas maneras de solucionar un problema. A Manu no salió, la verdad. Ese hombre es de dos y dos cuatro si antes no te dice veintidós. El tutor siempre nos decía de él que podía dar más, porque era listo pero que por eso mismo podía volverse gandul con el tiempo. Su listeza era su «tablón de Aquiles» o algo así decía. Y lo llevamos entonces al gabinete del psicólogo y fue allí donde le detectaron lo que sospechábamos: el chiquillo era superdotado. De piedra. No sabíamos qué hacer. Nos aconsejaron avanzarlo de curso, pero al hijo de una amiga al que le habían diagnosticado algo parecido lo cambiaron y todo fue un desastre. Entre que sí y que no, retrasamos la cosa, nos acomodamos y al final el chiquillo fue tirando como bien podía. Por aquella época le compré un gato que le hiciera compañía ya que un hermanito no puedo darle y aunque pudiera, mucho me lo pensaría yo, que no está el horno con Manu como para nuevos bollos.

No sé qué hacer con él, Gloria, sinceramente te digo. Ahora se ha buscado una pandilla de amigos con la que se salta las clase y con la que va al parque frente al instituto ¿Qué cómo me he enterado? Por las notificaciones al móvil desde la dirección que eso es a lo que más llegan para solucionar el embolado. Tú sabes que en la Secundaria, nada más entrar, les dicen que ya tienen edad para gobernarse solos. Y claro que se gobiernan solos, ¡pero de qué manera! Así nos gustaría también hacer nuestro trabajo en el hotel: que las camas se hagan solitas y que los retretes nos lo limpien los culos arrugaos de esos viejos guiris cuando están en lo de todo cristiano… Me quita el sueño, Gloria, me quita el sueño. Por las noches la cabeza me da vueltas imaginándomelo en el parque con esos chiquillajes fumando porros. Y dicen que lo han visto con una chica en esa pandilla, que vete a saber que chica será esa si frecuenta a tanto niñato.

A todo esto tiene a Manu desquiciado; que tú sabes que lo nombraron hace poco brigada del Ejército de Tierra y a veces se cree que la vida se rige afuera al estilo de allá dentro. Es muy cuadriculado, muy bruto, el pobre. Y dime ¿cómo se va a entender así con Antoñito? Yo estoy en medio, me entiendes, entre la rebeldía de mi hijo y la cabezonería de su padre, entre el «no me comas la bola, má»y el «falta mano dura de tu parte» y cuando se arma es que me pongo atacada, con uno y con otro. 

Unas veces cuando el chiquillo la lía contestando a un profesor o armando jaleo en el recreo, lo expulsan de clase pero esta no es solución, ¿me entiendes? porque al final tira como cabra al monte, al parque; otras veces, las menos, llaman al padre (aunque les tengo dicho que me llamen primero a mí) para que vayamos a recogerlo; esas veces Manu me empieza a saturar el móvil de mensajes: que me ocupe yo, que él no puede, que lo vaya a buscar…; y entonces soy yo la que tengo que hablar con la estirada de Claudia, la jefa nueva, y arreglar con las demás cambios de turno (que te voy a contar que no sepas con lo mucho que me has ayudado) y entonces salgo, cojo el coche y mientras el móvil se infla de mensajes envenenados del padre, venga a echarme trapos sucios en cara, yo le escribo un seco «hablamos después» y él sigue y yo copio y pego: «Hablamos después» y él erre que erre y ya a la tercera no le respondo y le bloqueo el móvil; cosa que sólo lo he hecho en toda mi vida, con él y con las compañías comerciales, porque no me deja otra elección; y cuando llego al instituto ahí veo al chiquillo, en el despacho del jefe de estudio, y tengo que aguantar caras largas y palabras de impotencia de ellos y luego a firmar los mismos papeles que certifican la expulsión por unos días y me lo llevo y luego cuando vamos saliendo pego a oír los gritos de los amigachos desde el parque «¡Adiós Ñete, adiós Ñete, colega!» Ñete de Antoñete, que eso sí: mi hijo se deja querer por todos, porque es casi un líder que para eso le vino bien lo de las altas capacidades que le detectaron y claro lo quieren a muerte todos esos niñatillos con los que se junta. Ya luego en casa cuando regresa Manu, lío. A los pocos días, la cosa suele relajarse, pero ya con él, mañana y tarde, apalancado en el salón. 

En una de esas veces en que estuvo expulsado y en que le habíamos quitado la Play y el móvil que se ganó por sus buenas notas al pasar al instituto, Manu le pilló haciéndose un porro en el cuarto. Ese día el pobre no pudo más. Aunque a mí no me lo confiese, el chiquillo así zafado es para él una afrenta en su propia casa, es tener una cuchara de palo siendo herrero ¿Y qué pasa en el fondo? Que teme que alguien vaya con el chisme al cuartel, me entiendes. Le da algo. Y te digo, ese día ya no pudo más y no se le ocurre otra cosa mejor que amenazar a Antoñito con quitarle lo que más quería. Pero yo no se lo iba a permitir «¿Cómo? Estás loco. El gato se queda ¿Qué es eso de echarlo de casa? Antes vas tú fuera» Eso le dije. Tenía que ganarme a Antoñito. Pero por detrás le fui con otra: «Piensa un poco, huevón, piensa, que si acostumbramos a este a quitarse de encima tan fácilmente lo que más quiere ¿Tú qué crees que hará con nosotros cuando estemos más pallá que pacá?» Y se quedó mirándome un instante como un perrillo manso. 

Te juro, Gloria: nunca vi mayor convencimiento en esos ojos.

28 de noviembre de 2023

David Galán Parro

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