El desafecto

Miércoles 4 de julio de 1989:

No me tendrás entre aquellos allegados que te contemplan compasivos y de los que a golpe de lágrima y plañido recabas antipatías en mi contra. Es vieja tu táctica. La conozco desde niña. Siempre es nada lo que de mi recibes. Soy para ti, la precoz adolescente descarriada. Con mirada aterradora y solemne me pides siempre explicaciones al regreso de mis secretas horas nocturnas «¿Has bebido? Acabarás como él y rematarás lo que él empezó conmigo. Eres egoísta. No tienes corazón» sentencias desde el resquicio de la puerta entornada con una voz que cae en la oscuridad espesa del cuarto mientras mi cama voltea para aplastarme. 

Esas tus palabras aún pisan mi sombra huyente. O mejor: yo misma me convertí en una pura sombra huyente aterrorizada por tus recriminaciones despiadadas ¡Madre, no me dejaste ser otra cosa! ¿Por qué has hecho esto de mi? ¿Por qué me condenas a llevar este duro fardo con el que repecho la vida y con el que reparto para todo y todos justificaciones de mi misma que nadie pide? Estoy fragmentada para otros y a la vez hastiada de estarlo, madre ¿Qué me resta ya para redimirme? ¿Evadir mis reproches hacia ti para no repetirte en tu papel de víctima? Quiero elevarme, madre, déjame elevarme, déjame volar, por encima de toda la miseria que arrastra esta relación tóxica que tú me deparas ¡Y perdóname si mi corazón no puede concederte en vida el perdón! Soy realista: se avienen días difíciles para papá y es avara e impaciente la suerte que nos ha tocado.

* * * * *

Levanto la mirada de las hojas del diario. El reloj de pared marca la hora convenida. Siento mi respiración apremiada por el tumulto de sentimientos recién avivados por aquella voz adolescente. Lo que revela que son actuales mis propias palabras. O más bien: son demasiado viejos estos sentimientos que las suscitaron entonces. ¿Para qué leí precisamente ahora antes de salir? ¿Por qué no pude evitarlo? ¿Quizá para insuflarme un valor con el que encarar lo que me espera en apenas una hora?

No me puedo demorar. Rogelia ya estará allí. En el pasillo, frente a la puerta de la consulta. Para mamá, hoy, el corredor y el patíbulo. Espero que a Rogelia no se le haya olvidado hacerle la trenza cana, uno de esos signos con los que mamá sostiene su falsa entereza, su autoengaño, la ilusión de que nada se desmorona, de que algo de juventud le perdura. Otro de esos signos: la creencia de que administra eficazmente su hacienda «A veces la llaman desde la oficina bancaria y la escucho aceptar las ofertas. Yo le digo: «Si su hija Valeria se entera no va estar de acuerdo». Pero no puedo hacer más. Es muy terca» Y yo entonces, a espantar a los buitres financieros, a salvaguardar la carroña de esas garras embaucadoras, a luchar por estos despojos que me conciernen «Que sea la última vez que la llaman. Ella no entiende. No me digan que no saben. Es la tercera vez que vengo a tratar el asunto y repiten la jugada» Una disculpa protocolaria con corbata quiere ser convincente y luego de vuelta a lo mismo. La estafa cíclica. El hundimiento del buque y los tiburones devorando el aprovisionamiento de los náufragos. Y a los náufragos mismos.

«Rogelia es como una hija para mi» suele decir suspirando a los allegados que compró con favores y prebendas durante años. Suspiros de inquina aventados al mundo. Rogelia, esa hija que sacó por entero sus estudios universitarios, que siguió sus precursores pasos de maestra en una época asaz difícil para la mujer, que no coqueteó con drogas menores ni torpes idilios para engañar el vacío, que la llamaba solícita tres o cuatro veces en semana, que no la afrentó con un concubinato extracomunitario, que arrimó el hombro en el luto del infame. «Rogelia, no parida de mis entrañas para suerte de ese segundo error que eres y que parasita ahora mi vida y no suma» dictamina su corazón empozado. 

Yo y el primer error. Yo y el hombre con el que mamá nada debió de tener. Cuarenta y cinco años tengo y mis ojos, tan solo catorce. Es la edad en que se volvieron duras piedras para no crecer más, para no llorar más, para dejar tallada en ellos mi visión de él: Postrado en su sillón de lectura en medio de la penumbra silenciosa, el mentón rendido en el pecho, todo su espíritu ausente, con su mirada desleída anticipando ya cosas no de este mundo; sobre el escritorio, las siluetas alargadas de las botellas que lo acompañan, lo succionan y lo derrotan, las cuartillas de la novela que quedará inconclusa y en una foto que amarillea sonreímos, él sujetando una caña y yo, un pequeño lebrancho. 

Mis ojos llorándolo hasta esos catorce años. O no a él, sino a mi inevitable carencia de él. Después sólo una estampa aquietada en mi memoria que lo contendrá hasta la definitiva hora ciega. 

Aquel hombre taciturno de hábito innombrable al que quise. Aquel hombre letrado que me hizo insultantemente precoz en el arte de la escritura a través del magisterio de sus consejos. Aquel hombre sensible devastado por los convencionalismos de la época, enjaulado por lo políticamente correcto y en el que de algún modo me prefiguraba. El infame para mamá. Aquel: mi padre.

«Valeria, Rogelia no puede más con tu madre. Se queja de que recibe poco para lo mucho que tiene que hacer y soportar de ella. Es un trabajo duro, dice» me cuenta Candidita, la anterior cuidadora, una mestiza insolente según mamá que un día le espetó: «Del color de la caca y con mucha honra, para que se entere, doña Julia» La respuesta se convirtió en la comidilla de los que la agasajan. Había que prescindir de la cuidadora irrespetuosa. Eran palabras intolerables que una anciana enferma no merece. Una anciana enferma pudiente. Entonces la sustituyó su otra hija, la ejemplar.

—Llegas tarde y Rogelia tiene también vida personal aparte de su trabajo —me flagela con una impostada empatía cuando me presento al fin «¿Desde cuándo, mamá, piensas en la vida personal de alguien más allá de tu interés? Tú, la usufructuaria de vidas ajenas en venta» dice mi lengua mordida.

Rogelia se retira precipitada. Un niño la reclamará llorando en la puerta de un colegio «Hay padres que se creen que nos pagan las horas extra» dirán. Soy la destructora del orden establecido, la inmadura, la desafecta social ¿Qué voy a saber yo de la zozobra de un hijo que nunca le podré dar al Negro? Preveo en mi estéril condición el único consuelo que se lleve mamá. 

—Doña María Julia Monroy Ceballos

Si por su odio hacia todo lo que el infame representa fuera, yo fuera sólo Rogelia Monroy. Tristemente el círculo se cerrará así. Pero la enfermera que la nombra, ni nadie, imaginan que semejante aberración quepa en corazón humano. Y menos en una débil anciana que traspone la puerta del consultorio asistida por una silla de ruedas y una preciosa trenza cual serpiente plateada. Entonces pienso: el mundo se alimenta además de odio, de perdón. El mundo, pero no mamá ¿Y yo entonces, carne de su carne, qué hago? ¿No andaré regurgitando buches de perdón sin reconocerlo?

* * * * *

Sé, mamá, la noticia que te van a dar. Y de sobra sé lo que esconde. No todo está bajo tu control. Entre bambalinas corre tu propia historia por delante de ti, se te ha escapado como fantasma agorero y yo, su sabedora y guardiana soy quien puede suministrártela para que tu horror te asalte a trechos. No te voy a contar que ensayaron contigo un tratamiento en que está en juego la reputación profesional de la doctora Úrsula. No te voy a contar que yo firmé para que lo iniciaran. No te contaré que fue la decisión más desacertada de mi vida y que por eso la que más me pesará. No te lo contaré, porque hacerlo es coleccionar nuevos reproches. Ahora, aquí contigo ¿Qué hago? Prepararme para simular incredulidad, para parecer fuera de toda responsabilidad en el asunto, para falsear la realidad y procurármela llevadera. Si la vida es un podrido pastel de proporciones exasperantes ¿A cuento de qué hacerte saber cómo me desvivo por detrás de ti para que no te ensucies? Y sin embargo no pude evitarlo. Yo firmé, sí, y la maquinaria burocrática se activó inexorable. Fuiste con mi rúbrica presa de la vanidad y la incompetencia de ciertos bata pálida renombrados. «No podemos hacer nada. Hay que abortar el tratamiento» oirás decir a la doctora y me mirarás estupefacta, sin entender, quizá buscándome culpable. Y yo me mostraré falsamente impávida: al menos ese alivio te debo. Y serán palabras que resquebrajarán el disfraz que asumiste frente a todos: el de mujer firme, independiente, hecha a si misma contra toda contingencia; porque, mamá, siempre te hicieron lucir ese frágil disfraz desde tu más tierna infancia para cumplimiento de expectativas ajenas y bajo el cual, por sus ya desprendidas costuras, se entrevé la niña que sobrevive aterrorizada y que nunca supo ser madre prematura en una familia trágicamente descabezada… Pero entonces si es certeza en mí esto que ahora digo… ¿Dónde está el afecto hacia ti en mi corazón ? ¿Por qué no lo alcanzo? ¿Por qué siempre esta antigua dureza que lo aniquila y no te perdona?

Madre, ya la lejana voz de la doctora Úrsula; ya sus palabras que te sentencian; ya el grito desconsolado arrancado a tu boca y las lágrimas, a tus ojos…

5 de noviembre de 2023

David Galán Parro

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