Es sábado. Se ha levantado a las diez de la mañana, tarde para él. Debe abreviar el desayuno y comenzar la lectura que se pospone entre semana por los compromisos ineludibles. Se siente sobrepasado, hastiado, vacío, alejado de su centro vital. Siempre así: largos viajes semanales por quehaceres que no le representan ni en lo mínimo ni íntimo y que sin embargo sostienen materialmente sus breves momentos de esparcimiento intelectual. «Sábado» fulgura en su ánimo como un cielo azul bendiciendo el nacimiento de los primeros hombres.
De repente una llamada al móvil interrumpe el paladeo del café. Es su amigo y entrenador personal. La vida le ha deparado amistades un tanto insólitas a su naturaleza contemplativa, hombres de acción y calle cuyo último refugio sería una biblioteca o una hoja en blanco en la que historiar o reflexionar. Al borde de la piscina de verano donde los demás niños alborotaban el agua con sus juegos salvajes, él los miraba ensimismado y retraído. Él, esquivo al ajetreo de la vida.
—¿Qué estás haciendo ahora? Vamos a la cafetería cerca de mi casa —le suelta imperioso el amigo.
Leer es la disculpa.
—¿Leer? ¡Anda ya! Es fin de semana. Deja los libros. Dentro de quince minutos nos vemos.
Efectivamente: no es sano recluirse. Su impulso creador a fin de cuentas se alimenta del estímulo de la calle y lo sabe. Sutilmente lo ha experimentado pese a sus opacados sentidos de rata de biblioteca y a su obstinado desinterés por lo accidental de las cosas cotidianas. Renuente se viste y antes de salir un impulso inconformista le impele a tomar uno de sus libros de los anaqueles de su biblioteca. Tiene tiempo, quiere creer, para extraviarse un poco en alguna de sus páginas y encontrar un pasaje sentencioso que como un talismán conjure lo fútil por unas horas. Aquella forma atroz de apurar y retorcer los últimos minutos para compensar su vacío y que le aleja de todo es exasperante para cualquiera que le solicite. Un regusto insatisfecho y ansioso traspone la puerta de casa con él.
En la cafetería el amigo se abrasa en el asiento.
—¿Por qué tardaste tanto? ¿Dónde te habías metido?
Da una razón verosímil.
—Me acompañas a la depilación ¿no?
Asiente sin resistencia.
—Tengo que hacérmela por aquí —el amigo tironea de unos pelos rebeldes que salpican su mentón sin querer hacer barba—. No me gusta un carajo verme así. La chica que me hace la cera es muy profesional. Pronto cuando tenga algo más de dinero le pido la depilación láser por el cuerpo. Deberías hacértela, tú que puedes. Estás muy dejado con eso. Las sesiones de cuerpo completo están regaladas, a mitad de precio, comparadas con las de hace cinco años y…
Él se mira los brazos. Despoblar la piel puntualmente a cada diez días es la exigencia de su genética si quiere acompasarse al vértigo de la moda ¿Por qué tiene que plegarse a los nuevos tiempos? Entonces recuerda la espalda velluda de su abuelo cuando se descamisaba en mitad de la canícula veraniega y por la que vertía con su desportillada palangana agua para mitigar el sofoco ¡Aquellos benditos hombres libres sin complejos que transmutaron a esclavos de esta nueva época y atados a las veleidades del mercado de solteros si quieren sobrevivir!
—¿Has entrado ya en Tinder (*)?
No lo ha hecho aún.
—¿Cómo que no? ¿A qué esperas? ¿A conocer viejas en el parque mientras lees? O estás a punto de salir del armario o eres bobo. Tienes cuarenta y siete años, soltero, funcionario, dinero de por vida… Métete ya en Tinder… Viaja, conoce mundo…y cambia ya de coche…
«Ese cacharro con el que me muelo las vértebras. Y sin embargo lo amo» En su habitáculo, el cacharro había acogido además los besos y las caricias de amores frustrados, el ajetreo de múltiples cambios de residencia en su antigua vida nómada y el espanto que le imprimió para siempre alguna anécdota al volante en que se salvó para contarla. Ahora, deslustrado, rozado, abollado, sucio… Su maltrecho perro viejo o él, un idiota nostálgico.
—Estás haciendo progresos en el entrenamiento, pero no te desbarates comiendo lo que no te puse en la dieta. El entrenamiento es principalmente disciplina en lo que se come…
Una carrera a contrarreloj por compactar la caída congénita muscular, por demorar el desbordamiento flácido en la parte abdominal, por echar a volar la testosterona, por reprimir la rebelión pilosa en el cuerpo y alentarla en la zona craneal son los ingredientes mínimos necesarios para brillar algo en el escaparate en donde todos se matan a codazos por defender su hueco.
—Esas camisas a cuadros y esos pantalones chinos que te quedan un poco sueltos por la pantorrilla son horrorosos. Ya te diré como renovar el armario…
El aderezo: una estética de ropa ceñida aparentando juventud…¿Por qué aquella moda le apremiaba y le negaba? Él, el retrógrado.
Mientras espera su turno para entrar a la sala de depilación, el amigo le enseña videos en el móvil. En ellos, ostentosas viviendas, barcos y coches de lujo quieren aplastar las esperanzas de las mezquinas cucarachas obreras. «Haber elegido ser bróker de un fondo de inversión o futbolista de élite o cantante internacional con superventas. A lo mucho cópianos el rasurado y los tatuajes. Pero ni se te ocurra asaltar los cielos y profanar nuestro paraíso financiero. Hay estados de cosas que tocarlos se paga caro, cucaracha» reza la grosería del lujo en las imágenes. Pleitesía, dicta el sentido común fosilizado.
—Y en esta de aquí celebraron su boda. Costó dos millones de dólares…
Salen del centro de estética y el mentón del amigo brilla embadurnado de aceite protector.
—Es para hidratar—y luego— Acompáñame ahora al supermercado. Tengo que comprar algunas cosas. No serán muchas. Marta no ha cobrado y no podemos gastar mucho…—. El amigo da la espalda a las puertas automáticas corredizas que se accionan intermitentes descubriendo al fondo la espantosa marabunta que trasiega desaforada con carros atestados de bolsas.
Entonces sucede: primero de repente una sensación de vértigo le golpea y contempla al amigo como al que en el tumulto de una dársena al pie de un autobús a punto de partir implora no ser abandonado por quien ya no lo ama; luego un sentimiento de extrañamiento le asalta y le embarga mientras el otro le interpela. Y en el amargo sentimiento adivina una dureza vital necesaria para sobrevivir, un camino propio alejado de concesiones a otros…
Un camino cuyo origen fraguaba el niño al borde de una piscina de verano.
David Galán Parro
1 de octubre de 2023
(*) Tinder: plataforma global de citas, generalmente amorosas, en internet.