1
En las desoladas calles culebreaba el viento desapacible y sobre ellas se espesaba y caía la noche ancestral y mítica. El conglomerado de hogares chatos que constituían el pueblo dormía al borde de la costa y en las horas de pleamar un antiguo parapeto aparejado a la avenida de toscos adoquines protegía a los paseantes de las inclemencias del oleaje. Desde la playa subía el rumor del mar envolviendo el sueño indolente de los lugareños.
El de todos, menos el nuestro.
Eran tiempos en los que la seguridad se anclaba en las calles y consentía el descanso a pierna suelta de los progenitores, de modo que, aunque la mayoría frisábamos con los doce años, ninguno concertaba la hora de regreso a casa. Y así, ahorcajados sobre el pretil o esparrancados en los bancos de la avenida, matábamos las horas nocturnas del dilatado permiso cruzando burlas y collejas a mansalva; pinzándonos los granitos púberes para drenarlos; sorbiendo los gélidos pirulís con fruición bestial; escupiéndonos las cáscaras de pipas que revoloteaban caprichosas en el aire y se pegaban por doquier. De cuando en cuando, alguien de la pandilla se arrancaba de allí, violentando el reposo de la bicicleta tumbada o del flamante patinete y exhibía impertérrito a los demás, alguna peligrosa acrobacia demasiado conocida por todos. Cuando se hastiaba, volvía al estúpido redil. Casi al final, ya avanzada la noche, el paso goteante del hembraje avivaba los burdos piropos, los repulsivos chistidos que parecían arañar los cuartos traseros de la bella transeúnte de turno. Sólo una se libraba del regocijo machorro, de la impostada hombría.
Esas eran las rutinas.
2
Fue en una de esas noches que alguien comenzó a referir la inverosímil historia…
Semanas antes otra pandilla, en mitad de la oscuridad cerrada, iba ganando la empinada ladera que daba al faro antiguo. El viento ululaba bronco ensordeciendo a los intrépidos muchachos y, obstinado, arreciaba complicándoles el ascenso. Los parches blanquecinos proyectados por las linternas moteaban el camino pedregoso, insinuándolo. De repente, dicen, lo vieron: como si alguien en el interior del faro lo hubiera resucitado, el ojo luminoso de la torre empezó a girar. Se quedaron petrificados. Aquella monstruosidad no podía ser: hacía años que la luz eléctrica, ni nadie, habitaba allí. El viejo encargado de activar el foco giratorio había caído por el hueco de la escalera de caracol que ascendía hacia el culmen de la torre y se había matado. Probado y notorio, el hecho obligó a las autoridades a clausurar el inmueble por peligrosidad. Se cegaron puertas y ventanas. En la desquiciada estampida que provocó lo inaudito, la ristra de chiquillos, antes envalentonados, se despeñó aterrorizada por la polvorienta pendiente extraviando linternas, alpargatas, mochilas y hasta el alma.
El caso era que, por diversión o cobardía, aquellos habían propalado la historia y a fuerza de saltar de boca en boca, se hizo veraz. Para alguno en el pueblo, con mezquino ánimo empresarial, la historia podía ser el rédito que engordara sus maltrechas cuentas pecuniarias. Para nosotros, era de primeras, simplemente un horizonte, un reto, una potencial distracción, algo, repito, para matar el tiempo; luego con el devenir de los insulsos días, fue además una trampa, un nido de fanfarronadas y de juramentos mutuos. Alentados por el imaginario que proyectaba, la historia convertía nuestros anodinos encuentros, en una acalorada tertulia en la que se perfilaba poco a poco la idea de la expedición al lugar maldito. En torno al espíritu del viejo, celoso guardián de su ámbito, dueño absoluto del faro tapiado e inexpugnable, gravitaba el miedo, pero también una renovada audacia que ansiaba volver a nuestras vidas, y que la rutina había defenestrado. La expedición se percibía, pues, casi como un asunto de supervivencia, como un pretexto para salvar a la pandilla en crisis.
3
Entonces, en otra de aquellas noches insomnes, en la que se ultimaban los preparativos, la vimos pasar. Esta vez no chistábamos, no piropeábamos. Era la niña viuda.
—Estaba saliendo con Víctor… —se lanzó al marujeo uno.
—¿Víctor? ¿Qué Víctor? ¿El Empenao o el Comehormigas? —preguntó otro, aguijoneado de improviso.
—¿Tú crees que una tía como esa saldría con el Empenao que es más feo que mi culo? Con el Comehormigas, coño, con el Comehormigas,…—se entrometió entonces Paco el Beluga, con la autoridad que le conferían sus dos o tres años de ventaja.
—Ah sí, claro, claro,…
—¿Ese no fue el que…? —inquirió en alto y como a destiempo otro.
—Baja la voz, retrasao —bisbiseó el Beluga queriendo pasar por discreto. — ¡Pues claro! Se le fue la pinza en la mili. Si lo sabe todo el mundo menos tú.
—No fue solo la mili —apostillé yo — Fue también que la piba lo dejó
—¿Qué dices? —volvió el Beluga—. Fue él que la dejó a ella cuando vino de la mili con una depresión de la hostia.
Depresión: para la mayoría de nosotros, solo una palabra de nueve letras, que nominaba una suerte de fofa apatía para nenas.
—Pero ¿Por qué la dejó si la piba es guapíiiiisima? —preguntó otro extrañado, concerniendo sin proponérselo a los demás, que tampoco podíamos concebir aquella aberración.
—Porque se dio cuenta que era más maricón que un palomo cojo — y se rió el Beluga, apartándose los flequillos lacios de su abultada frente cortada a plomo.
—No, en serio, por lo visto la piba lo dejó —insistí—. Carmelita me lo dijo.
En efecto la niña viuda, según la versión que Carmela me detalló años después en nuestros dilatados amaneceres de sábanas húmedas y revueltas, había sido presionada por la familia para romper la incipiente relación con él. Carmela, gozando de la confidencialidad de su amiga de pasado trágico, pudo escuchar de primera mano los pormenores de la historia más arraigados ahora por el dolor consciente que el recuerdo le infligía. Primero le contó, sin profusos detalles, sus amorosas huidas nocturnas, en el coche por él conducido, sin documento legal, hasta el borde del acantilado que se asomaba al pie del faro y desde cuyo abismo, el mar atronaba en sus embestidas. La viuda le juró a Carmela que nunca se sintió forzada, y que el deseo del muchacho nunca rebasó el beso, ni las tiernas caricias. Pródigos en palabras, eran inmensamente dichosos en sus escarceos cerca del talud escarpado por el que trepaba la maresía. Pero la dicha mancillaba el honor postizo de la familia y los padres no toleraron ni de lejos al novio, elemento extraño y descarriado, como tampoco, el díscolo arrebato, el inmaduro desvarío de la hija. Fue el advenimiento del servicio militar obligatorio lo que facilitaría la distancia y luego, la ruptura, devastadora para ambos. Vástago último de una estirpe arrasada por el alcohol, expelido al mundo no más que como pedazo de carne, Víctor zigzagueaba a trancos la senda sin reconocer un asidero cierto, sin encajar ni en los rígidos curriculum académicos, ni en los trabajos a destajo, ni en el entonces férreo ambiente militar. Su único alivio: el flujo de apasionadas cartas que ella le escribía, desbordante, al principio; discreto, después; ausente, al fin. Estaba desolado. En la paulatina desaparición de los favores de la novia adivinaba la influencia familiar que le despreciaba, la esquivez sumisa de ella. Entonces en un gesto de desquite, de destierro autoimpuesto, de renuncia, optó por endurecerse, por enrolarse en un cuerpo militar más brutal y lacerante. Acaso fuera la decisión, una carrera desaforada hacia el vórtice destructor que engullía su vida atormentada; más atormentada, si cabe, por el coqueteo tentador con las drogas, que consumía implacable los cuerpos casi vírgenes de las nuevas generaciones de legionarios. Parece ser que Víctor, aunque alto y corpulento como pocos, era entre ellos el palomo cojo, el vulnerable, y por eso, más expuesto que ninguno. La incultura de la época y del medio ahogaban su melancólico carácter de poeta. Lo perdía, allá donde respirara y latiera, el opresivo espíritu de la masa embrutecida, más pragmática y contumaz. Y sobre todo lo perdieron las afiladas lenguas lugareñas, tras la inoportuna confidencia hecha a un ímprobo conocido en su perentoria necesidad de arrimarse a un rescoldo de comprensión humana.
Confieso que yo también eslaboné esas maldicientes lenguas con el pase del chisme.
Durante el traqueteo moliente de la carraca que cubría el itinerario hacia el pueblo, un Víctor ingenuo y atolondrado había confiado la anécdota a su acompañante sin sospechar que la pregonaría para escarnio de su ya vilipendiada reputación. En una de tantas pruebas de supervivencia, en los yermos e inhóspitos parajes donde se ejecutaban las maniobras, los aspirantes a legionario con no más que una rácana cantimplora en sus impedimentas, habían tenido que demostrar su fortaleza devorando hormigas y lagartos, apenas muertos. Lo más desconcertante de todo era, según el buen murmurador, la alucinada mirada de Víctor mientras relataba, entre otros repulsivos detalles, el chasqueo de sus compañeros para deglutir el alimento crudo. Sí, había salido fisicamente indemne de la prueba, pero con la moral torcida por la bestialidad del festín. Su flagelante retiro, su ensayo de desesperanza, paría allí su perfecto fruto: quien iba a regresar al pueblo no era él, sino un devorador devorado, una piltrafa, un ser de trasmundo huraño y enloquecido que nadie reconocería.
4
Aquel lapidario consejo con el que siempre mi madre me urgía a la vista de mis sucintas notas académicas «Estudia para hacerte un hombre de provecho» se encarnaba para mí, como dechado negativo, en la imagen atroz del joven exmilitar, consumido y encorvado que deambulaba en mitad de la noche, a veces lluviosa, ocultando parcialmente su rostro demacrado bajo la capucha de su chaleco verde olivo, abrazándose el pecho en un gesto crispado e instintivo de protección o aislamiento. Quizá la droga ya lo fuera estragando, ya tironeara de sus carnes macilentas, anticipando un segundo festín.
La última noche en que lo vieron, se apostó bajo la inclemencia de la lluvia en la acera opuesta al frontis de la casa de la viuda, y se quedó contemplando la ventana de su dormitorio, lánguidamente iluminado, donde sabía estaba la joven. No quería molestar; tan solo despedirse. Pero ya su mera presencia, era un incordio intolerable para la reputada familia. Desde la puerta, los gemelos hermanos de ella le conminaron, como perros guardianes, a irse. Pero él no quería, o más bien, no podía escuchar. Estaba como ausente en su delirio callado. Le bastó para despegarse de allí, no las amenazas, sino la bella silueta a contraluz que se asomó de repente por la ventana. Tal vez aquella fuera la visión definitiva, lo que a un condenado su última voluntad satisfecha. La niña viuda le contó a Carmela, que a fuego le quedó la triste y trémula figura del muchacho aterido por el frío, cuando en un amago de correspondencia desveló su rostro encapuchado, y con los mechones chorreados y empegostados a la frente por la lluvia, levantó su delgada mano en señal de despedida. Exasperados los gemelos lo apartaron de allí a empellones. Él no oponía resistencia a la duplicada violencia que lo vapuleaba como a un muñeco indefenso. Los pasivos curiosos atraídos por el escándalo (entre ellos una adolescente Carmela) atestiguaron que fue entonces cuando tomó el automóvil y se perdió hacia los descampados que orillaban la carretera hacia faro.
5
Otra vez, la escena, repitiéndose, pero con las variantes oportunas. Otra vez la noche picada, el viento estentóreo. Otra vez, los mismos atrezos, y entre ellos, las linternas con sus parchitos luminosos tentaleando por la pendiente terrosa para no trastabillar en la abrupta geografía. Otra vez, el arrojo y el miedo confrontados, en los mismos personajes en los que se enfundan, ahora, otros actores.
En lo alto del promontorio la mole con su cilindro vertical veteado por la alternancia de blancas y rojas franjas escuchaba nuestras voces animosas en la ciega subida, ciego su ojo único. Aunque queríamos descreer de la escena original, la mera habladuría de la misma, había levantado aquel temor expectante, inconfesado entre nosotros, a que el cíclope, azuzado por el fantasma del viejo, despertara en cualquier momento. No lo sabíamos, pero a cada metro ganado, moría en nosotros ese fantástico mundo pueril; se descamaba nuestra piel de antaño; presionaba el capullo la crisálida.
Exhaustos en la plataforma que coronaba la cúspide del letime y sobre la cual se asentaba la estructura rectangular del faro, nos detuvimos. Unos observábamos las oscuras olas impactando en la base del acantilado o, más lejanas, las pálidas luces del pueblo titilando en la oscuridad insondable y bordeadas por la sinuosa cadenita de farolas de la avenida con las suyas aún más mortecinas; otros, jalando de los cigarrillos encajonados que sacó el Beluga como premio al esfuerzo colectivo, se fueron a inspeccionar los contornos de la siniestra edificación abandonada, como posponiendo su abordaje inminente. Los puntitos anaranjados revoleaban titubeantes punzando la negrura. Yo quise adelantarme al borde del precipicio y di a la altura de la rodilla con algo duro sumido en la sombra. Era un poste que acerté, en la tiniebla, a ver multiplicado en hilera, «para frenar a los atrevidos» pensé. Justo donde me encontraba, se detenía en el pasado, el coche, con la trenza apasionada de los dos cuerpos amantes.
—¿Entramos o no? —desafió el Beluga, impaciente.
Nos miramos indecisos. La situación apremiaba. Nadie quería pasar por marica. Se llamaron a voces en un remedo de coraje e hicieron cerco.
—¿Tacha, dónde está la pared que decía tu primo que da al patio interior abierto? —preguntó de nuevo zarandeando nuestra falta de audacia.
Carmelín, el esmirriado hijo del ferretero, encendió entonces su linterna y tras rebuscar con apurada torpeza en su mochila, extrajo de ella una hoja plegada. Con el foco desatinado sobre los garabatos que parodiaban un croquis dibujado a mano alzada, rastreaba a duras penas el que representaba la tapia solicitada por el jefe. Las rachas insistían en arrancarle el documento vital de las manos y lanzarlo a la marea.
—Me da que es por el lado de atrás del frontis. A la derecha — confirmó al fin con escaso convencimiento.
—¿Cómo que me da? ¿O está o no está, coño? No voy a romperme los cataplines subiendo el muro para nada —aseveró el Beluga. Otras voces a coro rezongaron imitándolo como para congraciarse con él.
Entonces Martín, Pelipendejo, se anticipó entusiasta y se ofreció el primero para subir. Ayudado por una escalera articulada que en la víspera, el Tacha sustrajo del almacén del negocio familiar, se encaramó al muro, con pericia gatuna, pero ya en el borde filoso, una racha lo desequilibró. Cayó al vacío, ahora, con menos entusiasmo. Al otro lado se le oía mascullar entreverando a la par, la blasfemia y la queja. Intentamos insuflarle ánimo, tranquilizarle, pero estuvo con la jerigonza un rato.
—Hay una entrada —le oímos al fin en tono plañidero.
Eso comprometió el miedo de la mayoría, obligando a secundar la estrategia hasta el último de nosotros, encargado además de pasar la escalerilla al otro lado del muro. Pelipendejo recibió las palmaditas aprobatorias, renqueando y refunfuñando dolorido: habíamos entrado, o más bien, se cerraba el cepo en torno nuestro.
En un rincón del patio, oculto entre los cascajos y la basura, bostezaba pestilente la entrada señalada: un estrecho boquete en una puerta interior ciega, abierto, parecía, a mazazos. Reptando nos fuimos también colando uno a uno a través de él, sin mayor apuro, pues todos cumplíamos el canon humanamente aceptable: el tamaño de la cabeza era el pasaporte seguro para lo demás. Todos, excepto el Beluga que creí (y no era el único) que no pasaría. Nadie chanceó en torno al asunto porque sabíamos que el tamaño problemático no era tanto el de su cabeza como el de su tirria, proveedora segura de los más humillantes cogotazos.
Dentro del faro, detenido, un pedazo de noche se guarecía de la agitada noche extramuros. De su densa oscuridad disipada por la malla luminosa que entretejían los haces lechosos, emergían las sórdidas formas que lo poblaban, los lacerados tabiques que lo parcelaban. Pero la negritud empecinada volvía a tragarlo todo. Ahora tengo un recuerdo muy fragmentario del interior, nacido de esa visión abigarrada e intermitente: un suelo cubierto de latas y jeringuillas machucadas, de escombros informes, de menaje desguazado, de cenizas de hogueras extintas; unas paredes desconchadas, con burdos garabatos, con absurdas frases esotéricas, con fechas testimoniales. Todo aderezado con el nauseabundo olor a plástico quemado y a deyecciones humanas. De repente en medio de aquella mezcolanza infernal, algo galvanizó al Beluga: sobre un ladrillo que hacía de mesita chata, una pila desbaratada de hojas de papel estucado se desbordaba en pechos, glúteos y curvas femeninas. Para mí, aquellas páginas desprendidas, con olor a orín seco, eran un mito.
—Madre mía, miren eso, chiquillos…¡miren! —exclamó y se apresuró a apoderarse de ellas antes que ninguno.
Nos apeñuscamos en un nuevo corrillo, con voracidad brutal, en torno a las rancias hojas volteadas a destajo por la avidez del Beluga. Era difícil ver. No había ración para tanto buitre. Los más enanos, nos consolábamos entreviendo alguna que otra mecha de la procaz carne de papel e imaginando después lo restante. Si acertabas con algún pezón o pelambre ya era suficiente para la reconstrucción.
—Oh, oh,… no puedo más chiquillos, no puedo máaaas,…—se sofocaba el Beluga—. Sujeta tú por aquí,…oh, oh,…y tú, toma la linterna, apunta bien, coño, apunta bien —y bajándose los pantalones liberó al momento la flácida pesantez de su arma viril de tamaño impropio. Martín contribuyó con una más modesta descubriendo la mata con la que ganaba el apodo. Ambos empezaron las sacudidas públicas mientras los demás contemplábamos las curvas de infarto. Pero al poco, el Beluga empezó a protestar:
—No puedo, coño, así no puedo concentrarme. Dame la revista, me voy un momento por allí; después que se la lleve otro. Hagan turno, señores —y dispersando el círculo hambriento se adentró en una habitación para reiniciar íntimamente el ritual.
Yo a mi manera también me impacientaba. Me parecía poco aquella aventura. Tal vez esperara la presencia de ultratumba del viejo, un terrorífico estímulo que convulsionara aquel aburrimiento prolongado que empezaba a desgastar mis sentimientos más infantiles. Pero me engañaba, sabía que nada iba a suceder, nada que hiciera regresar aquellos días dónde la realidad y la fábula se entreveraban llenando de color los días de infancia. Todo se perdía por doquier, todo se desintegraba irremediablemente. Entonces en mi deambular me encontré delante de la entrada al hueco de la escalera helicoidal que llevaba al foco giratorio. Pisaba justo el lugar donde el cuerpo descoyuntado del farero se descubrió inerte. Comencé el ascenso en espiral.
«¡Silencio, chiquillos, me pareció oír algo!» exclamó contenida una voz que venía desde las dependencias del otro lado, traspasando los tabiques. Los demás se sisearon mutuamente en un intento vano de organizarse. Alcancé la cúpula donde el ojo dormía. «¡Una rata… una rataaaaa!» otra voz gritó y al momento empezó el trasiego de la persecución, el tumulto, los sordos retumbos de los cuerpos trompicando, de las piedras y palos magullando aún más las paredes. «Martíiiiiin, ¿dónde coño estás?… un clínex, traéme un clíneeeex»: la estentórea voz del Beluga, perdido por otro parte y saciado de lo suyo, exigía arrebatada el auxilio del siguiente en la faena.
En la cúpula acristalada de la torre, alejado del barullo disparatado de abajo, quedé ensimismado. Dentro de mí, algo sucumbía para renovarse. El viento agitaba los ventanales, milagrosamente intactos, que protegían el ojo giratorio. Salí a la intemperie por una pequeña puerta oxidada. Una cornisa exterior que hacía de balconcillo circundaba lo alto del cilindro. Me agarré a su baranda, sacudido por las ráfagas y entonces desde allí lo vi para siempre: en lo profundo del abismo, al pie del acantilado, como agazapado entre peñascos, un amasijo retorcido de hierros evocaba el chasis del vehículo. La cólera del oleaje lo embestía implacable como ansiando al muchacho que se había lanzado al vacío aferrado al volante. Era la manera en cómo el aciago destino seguía reclamando el desdichado cuerpo de Víctor más allá de su muerte elegida, negándole la paz buscada. Hoy me queda lejano el momento, pero la imagen atroz le sobrevive nítida, horadando a través de los años mi pastosa vida desapasionada. Esa definitiva locura, esa determinación suicida, develaba lo que sería mi incapacidad para amar, mi falta de coraje, mi resignación vital.
Regresé al interior de la cúpula donde aún dormitaba el ojo y descendí por la escalera. Busqué entre las tinieblas a mis compañeros siguiendo el rastro del alboroto casi extinto. Alguien jadeaba por otra parte, resolviendo todavía. Entré en la sala y me uní al nuevo cerco. Estaban silenciosos. El corrillo semejaba una rueda en cuyo centro una masa de carne aplastada era alumbrada por los radios lumínicos proyectados desde el perímetro para satisfacción de la cruel curiosidad.
El faro nos bautizaba a todos con su inesperada confluencia de vida y muerte.
David Galán Parro
11 de mayo de 2022