El extravío

Amodorrado en su sofá y bajo un calor sofocante que el aparato de aire acondicionado no puede mitigar sigue el linchamiento público…   

—¡El beso fue consentido! —afirma un tertuliano.

En el plató, el fondo abigarrado, las voces soliviantadas, los ademanes afectados, los tupés fijos, los escotes y las camisas desabotonadas, los pechos operados de ellas, depilados los de ellos y las gafas de pasta quieren rascar audiencia en el sopor de la tarde. Son la tribu cosmopolita que parten la pana, que están en la cresta. Tú no. Que nadie piense. Es la comidilla del momento para la masa acrítica, para el populacho. Circo para eyaculación de los pobres. 

—No fue consentido. Le agarró la cabeza… —interrumpe una. Espumarajos en su cerebro recalcitrante—-…se la inmovilizó y le dio el beso. A la vista de todos están las imágenes… ¿Y eso no es agresión sexual? Entonces ¿Qué más… qué más se necesita para ser agresión? ¿Que le magree las nalgas, joder?

Sí, chica, partiste la pana. Se hacen fuertes acantonados en sus posiciones condenatorias. El áspero feminismo exhibiéndose para el negocio. El público se desborda en una marea de palmas. Las cotas de audiencia están en picos, a reventar. La tarde avanza y a la vez siente que se estanca por la liviandad estentórea de los tertulianos acodados a la mesa del plató escupiendo sus perlas. Parodia pública de intelectualismo.

En ese momento, como hoja en rama una llamada entrante silenciosa estremece el móvil. Es su hermano, no Raquel. Se siente aliviado. Descuelga.

—¿Qué pasa mariconeti?

—Necesito que lleves a Braulio a la estación. No cabemos todos en el coche. Lucía no puede llevarle. Lo siento. Estate en diez minutos donde siempre.

¿Lucía no puede llevarle? Si su cuñada estuviera enferma con diarrea o aquejada de hemorroides lo podría entender. Pero es su miedo a la conducción lo que va a despegarle del sofá ¿Qué coño le sucede al mundo que no hay quien aguante su propia vela? O todos son exasperantemente cansinos o se está volviendo viejo. No obstante se convence de que le es rentable el perdón de las cobardías ajenas. Dentro de unos años quizá alguien le esté cambiando pañales en un asilo. «Ahí no me quejaré» piensa y luego también «¡Qué cansado estoy también de argumentar para hacer llevadera la vida!» Se levanta, se ducha y va poniéndose la ropa. Se perfuma y se pregunta para qué demonios lo hace: Es solo una salida para resolver un inconveniente familiar, no una cita romántica. Sale del apartamento y baja por la escalera del edificio hacia la planta subterránea del garaje. En el segundo rellano el caniche de la presidenta de la comunidad ladra desaforado tras la puerta cuando le siente pasar. Quizá huela su deuda de cinco mensualidades. Aprieta el paso agarrándose al pasamano y amplia a dos o tres escalones la zancada.

Toma el coche y sale a la calle. La circulación está desquiciada. Tras las lunetas solo ve rostros crispados, reñidos con el mundo, en plan me urge mi urgencia. Y la suya no es menos. Como siempre va muy ajustado. Se lacera por su inamovible impuntualidad. De seguir así un día ya no podrá reprochárselo a sí mismo y lo sabe. Espera al menos que sea un taponazo rápido e indoloro. Cuando llega al lugar convenido, Braulio, el cuñado de su hermano, alto, desgarbado como si le colgaran los hombros de una percha y con el semblante mohíno, le hace una seña apostado al pie de un semáforo con una desvencijada maleta ¡Qué patético! ¿No ha pasado quince días de vacaciones en compañía de su hermana con todos los gastos pagados para sobreponerse de los cuernos? ¿Qué coño más quiere? ¿Dónde están los efectos beneficiosos de aquellos días de desconexión? Ya va siendo hora de que encuentre algo de trabajo y se deje de tanta mandanga. Y otra cosa… ¿por qué se remete siempre el faldón de la camisa a cuadros por los pantalones ajustados frisando el ombligo? ¿Qué mujer no manda al carajo a semejante tipo?

En el trayecto el pobre hombre despliega su incontinencia verbal, su miedo al silencio. Habla del buen tiempo pero que en estos últimos días ha apretado el calor y se agobió mucho al final y no esta acostumbrado a este clima en el que la humedad acrecienta la sensación térmica y aunque la playa le ha permitido refrescarse un poco no puede abusar de una exposición continuada al sol debido a su piel delicada que necesita de mucha hidratación y crema protectora pero el tiempo al lado del mar siempre despeja a cualquiera, dice, y él lo necesita más que nadie para desconectarse de lo ocurrido con ella, y las terrazas a pie de playa tienen buena pinta para sentarse y desconectarse mientras te tomas un refresco y picas algo, pero tampoco puede gastar mucho porque al no tener trabajo no anda bien de dinero y aún así ha conseguido sentirse bastante desconectado (parecía su palabra favorita, desconectado) de todo aquello, y claro tal vez vuelva en unos meses si ahorra algo cuando empiece a trabajar porque es un proceso lento su recuperación sentimental y patatín patatán…

—Claro. Entiendo —«¡Madre de Dios!»

Al llegar a la estación su hermano, como siempre en estos casos, pulcro y puntual (¿En qué fallaron los viejos con él y no con su hermano?) esperaba nervioso con los demás en la entrada.

—¡Qué rapidez la de esta gente! Salieron después de mi y han llegado antes —aguijonea sin pretensión el cuernudo desde la ventanilla abierta del coche. Las torvas miradas le atraviesan.

—Gracias, hermano. Lucía esta con una de sus crisis de pánico y le es imposible — Y es cierto, la vida es de pánico: conducir, comer, trabajar, cagar, fornicar,…todo es de pánico. De hecho en el mundo hacen su agosto millones de especialistas para superar los pánicos. Son los salvadores de esta humanidad desquiciada. Es la nueva religión. Bien lo sabe él porque sigue sus peroratas en internet.

—De nada, estamos para lo que haga falta —y al decirlo sabe que se arriesga incluso a que le hagan cargar con su propio ataúd de camino al cementerio. Ya que estás por aquí, dirían.

Deja al cuernudo y arranca como alma delante del diablo. A veinte minutos de casa la autopista despejada tiene el sabor de una libertad reconquistada. Nadie a quien soportar, nadie con quien ser inconfesadamente condescendiente. Una ducha, una pajilla, un refresco y el sofá son su casa en la pradera, su dulce nido, su mezquino anhelo. De repente, otra epiléptica llamada al móvil. Es Muriel, no Raquel ¡Oh, Muriel, tus ojos garzos, tu cruel sonrisa, tus pechos de vértigo! ¡Y esa otra boca vertical en la que resbala mi mentón ávido de aguas y que costó tantas falsas promesas hasta su profanación!

—Dime, lindísima.

—Hoy no hay chocho. No te embales. Voy con mi hija a la cafetería de al lado de casa. Vente para acá. Ella se divierte contigo. 

—A mi costa querrás decir.

—Bueno, a falta de su padre buenas son las tortas.

—¿Y dónde anda ese buen hombre sin su esposa y su hija?

—¿Te importa?

—Noooo. Solo que quiero asegurarme de que no me arranque la cabeza.

—Está lejos. Se ha embarcado por dos semanas. En estos días buscamos hueco. Te tengo ganas, ¿sabes?

Sus muslos abriéndose bajo la falda y él sumiendo delicadamente su yema por la mata de pelo crepitante y luego húmeda. Así herró el primer escarceo su mente: deliciosa tortura.

—Espérame entonces, voy de camino.

En la cafetería, parejas desapasionadas, tediosas familias echando la tarde, corros de viudas o solteronas pintarrajeadas y trajeadas aliviándose con el terco aleteo de los abanicos son atendidos por una camarera gorda, que malvive quizá de su sueldo con un hijo a cargo, luchadora emancipada, dirían eufemísticamente. Desde un rincón una pérfida mirada adolescente va escrutando sus intenciones, adivinando sus trucos. Intuye en ellos las traiciones maritales de su progenitora.

—Hola Deisy, ¿Tu madre te trae a estos sitios tan aburridos y no te quejas?

—¿Y qué esperas si lo único que tiene son amigos viejos y aburridos?

—Ahora iremos a ver algo de ropa. Vienes ¿no? —sí, no, sí, no, sí, no, pero sí… la ducha, la pajilla, el refresco y el sofá malogrados por una flojedad espiritual inculcada a base de voluntades familiares fracasadas: Despersonalización heredada.

Una breve conversación insustancial deshonra la excelencia del café y los pasteles. Se levantan y se internan en el bullicio de la riada humana que repta frenética por la avenida. Los escaparates avivan en los transeúntes cíclicos caprichos ¿Cuántos nos antecedieron y nos secundarán en este festín disoluto que devora sin asimilar? La necesidad ahíta del hombre regurgitando el trabajo muerto del hombre. Muriel y Deisy, las devoradoras, de la mano caminan a su lado embriagadas por el sueño incandescente de las tiendas que les llaman, ajenas a la natural belleza de las nubes incendiadas por el sol efímero de la tarde. Muriel y Deisy, lánguido amor sin preguntas ni ataduras.

Al término del paseo llegan a la plaza inmensa que se abre circundada por la majestuosidad de la catedral y las casas consistoriales. Algunas palomas demoran su sueño azuzadas por las últimas migas que desperdiga una anciana al pie de un banco. Cerca un niño corretea en pos de una que renquea nerviosa.

—Déjala tranquila, déjala que no puede volar la pobrecita —dice la anciana.

El niño se para y la mira. Un fogonazo de tristeza y culpa se asoma al párvulo rostro. Su madre al lado sonríe para tranquilizarle. Las farolas ya chispean su luz inicial. En otra parte de la plaza un grupo de personas bailan libremente al son de la música swing que expele un altavoz improvisado. Hay un joven de quince años acoplando suavemente su movimiento a una mujer de sesenta a la que prende por la cintura; una niña bailando con un hombre que parece su padre; y una pareja más decidida, de capacidad unánime desplegando toda su pericia. Cada uno con su iniciativa arropada por la misma sintonía…  

De repente suena una trompeta y tras su solo, la voz rajada de Louis Amstrong se despereza inaugurando la invasión de la noche en la plaza. Entonces le viene a la memoria la sencilla y hermosa letra de What a wonderful world y algo se le anuda a la garganta.

¿Dónde quedó la inocencia? ¿En qué momento nos extraviamos? ¿Era esto la responsable vida adulta que esperábamos? 

David Galán Parro

2 de septiembre de 2023

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