1
Recién en casa y aún sin desvestirse, Julio Mederos ambientaba el hogar con su ritualizado encendido de luces nocturnas y velas aromáticas, cuando un leve tintineo, inusual para él, anunció en la aplicación de la red social de su teléfono móvil la presencia de un nuevo mensaje. Auxiliado por sus gafas de presbicia vio, en el icono de la bandeja de entradas, centelleando como una pequeña lágrima roja, la solicitud de amistad. Picó en ella y reconoció un nombre: Khalid Khalwat (*). Un vago temblor nervioso acudió a su vientre. Aquel simple hecho, se le encaraba como una complicada situación imprevista.
«Después de tantos años, ¿qué querrá?…» se preguntó. Observó la muda sonrisa, apenas forzada, del solicitante en el perfil y tanteó una edad; después, le atribuyó un improbable carácter, imaginando una vida de trabajos ocasionales, de fatigas y carencias de todo tipo, de proyectos malogrados: un viaje brutal desde la más tierna infancia hasta el inevitable endurecimiento de su persona ¿Qué terreno común podría compartir él, hombre letrado y sin contratiempos, con un antiguo pupilo, tal vez embrutecido por el infortunio? ¿Podía haber evitado algo? ¿Acaso fuera determinante para sortear este destino, el influjo balsámico de su magisterio? «No, mis enseñanzas no alcanzan para tanto», sentenció, taxativo; y luego como si le tomara por sorpresa pensó: «Pero… ¿por qué tantos rodeos? La cosa debe de ser más sencilla. Es cuestión de naturalidad… ¿Quién no agradece al mentor espiritual la ayuda en los inciertos momentos del periodo adolescente?» Se hizo esta pregunta para romper la cadena de conjeturas fabricada por su miedo. En los últimos años se abandonaba sin advertirlo a la especulación que actuaba a la vez como coraza y cárcel de su frágil equilibrio espiritual. A ello lo había abocado su acartonada vida de soltero. Aceptó la solicitud.
Al instante un «hola» rebotó en la luminosa pantalla. La palabra, sin mayúscula, le sugirió incultura; y lo escueto del mensaje, incapacidad comunicativa o desidia. Defraudado, optó por responder con lo mismo, pero añadiendo el nombre de su interlocutor en el mensaje. Entonces aquel, al otro lado, pareció animarse y en un torrente frenético de apilados mensajes explicaba cómo había dado con él y que por motivos de una competición deportiva en la que participaba estaría unos pocos días en la ciudad. Deseaba de veras volverlo a ver por lo mucho que había significado en su vida, le decía.
A Julio se le encogió el corazón. Le costaba creer. Siempre se vio como un hombre anodino, incapaz de influir en las cambiantes vidas de aquellos a los que enseñaba, y por eso, aunque las palabras del antiguo pupilo expresaban abiertamente lo contrario, el halago no lo vivía con íntimo disfrute, sino como una pesada carga, como una cota de expectativas a superar para satisfacción de los obsequiosos que imponían livianamente el parecer sobre su persona. «Tal vez sea todo una cuestión de baja autoestima. O de orgullo. O de ambos a la vez…» volvía a divagar.
Al solicitante le convenía quedar al día siguiente debido a su ajustada agenda deportiva. Se intercambiaron los números y acordaron verse en el paseo marítimo.
2
Aquella tarde Julio lo esperaba sentado en uno de los bancos orillados al borde de la avenida. En el horizonte, los arrebolados cirros rasgaban el cielo en el que se consumían las últimas luces del día. Sobre la playa una pareja de gaviotas, una persiguiendo a otra, revoleaba como acariciando algo invisible y sinuoso suspendido en el aire. El vuelo se le antojaba a Julio un apasionado cortejo. «Cuánta natural belleza en un asunto de vulgar necesidad» filosofaba, y no reparaba que lo hacía para aliviar la ansiedad que le procuraba la inminencia del reencuentro.
Entonces lo vio acercarse. Ya no era aquel muchacho de estrechos hombros y precipitada altura que arrastraba el cuerpo con desgana. Ahora se le venía con su esbelto talle empujado por una inusual fuerza interna regalándole desde la menguante distancia sus inconfundibles rasgos árabes: la alineada sonrisa dibujada por unos labios casi femeninos; las pobladas cejas; los pronunciados pómulos de su rostro amanzanado; el rasurado corte de pelo, más viril, que se cerraba tupido sobre las entradas. El joven lo abrazó y en el cobijo cálido de su pecho se sintió frágil y algo envejecido. Al apartarse miró a Julio saboreando con alegría el reencuentro y bromeó sobre su prematura calvicie al igual que lo hiciera sobre su baja estatura cuando con casi doce años lo rebasaba. Empezaron a caminar, improvisadamente, sin rumbo y sin apenas cruzar palabra de puro aturdidos. Por allí cerca había una acogedora cafetería en la que Julio solía matar las horas vespertinas y en la que la conversación discurriría sin intermitencias.
3
—Entonces ¿Te decidiste finalmente por el baloncesto? —comenzó Julio, mientras ahogaba la bolsita en la vaporosa tetera.
—Sí.
—¿Y la Música?
—La Música tenía sentido mientras usted nos animaba a ella. Nadie continuó. Ni siquiera Amanda.
Enviado como maestro en prácticas al barrio más empobrecido de un municipio de interior, Julio había formado con todo su esfuerzo y conocimiento a una variopinta cuadrilla de pupilos en el bello arte de la interpretación musical. El grupo, de percusión étnica y canto, ensayaba en horas extraescolares y sus miembros no eran elegidos tanto por una capacidad innata como por la ductilidad que facilitaba el férreo empeño del joven maestro. La constante práctica musical empezó a dar sus frutos: la destreza aumentó; se templaron los díscolos temperamentos de los principiantes. La música, era tal vez, el único estímulo veraz que entraba en el alma de aquellos muchachos, supervivientes de un miserable y hostil día a día en el barrio. A la vista de sus envidiosos compañeros de oficio y de las interesadas autoridades municipales se mostraba inesperada y desafiante la hazaña cometida por el recién llegado: la de rescatar del fango a tanta mala cabeza, a tanto despojo social.
—Lo que usted hizo por nosotros fue muy grande y hermoso. Creo que todos se lo agradecen.
Un triste sentimiento de despedida (o derrota) embargó a Julio al oír las palabras: en su fuero interno reconocía que aquel titánico proyecto no volvería a su vida, que aquella victoria sobre los prejuicios, sobre las expectativas de los otros, sobre lo humanamente posible, no se repetiría. El tamaño de su voluntad así lo dictaba hoy.
—¿Y qué fue de Amanda?
—No consiguió acabar los estudios secundarios.
—¿Por qué?
—Por un problema familiar que nunca me terminó de contar. Algo me dijeron después…
Al parecer un tío de la muchacha, empresario, del que dependían económicamente sus padres y su hermano, abusaba de ella. No le creyeron o no le quisieron creer. Acabó enfrentada a toda la familia y buscó su evasión en las compañías de una noche, en la droga. Uno que trapicheaba en el barrio la encandiló y Khalid no volvió a saber de ella.
«Amanda…» repitió para sí y los sentidos se le nublaban. Parecía verla ahora, bajo la luz cenital de los focos del escenario, con los párpados rendidos, con su encendida melena rubia, relampagueando sus pequeñas manos contra la prieta piel de su djembé solista, descoyuntado su cuerpo menudo para fluir con los ritmos sincopados que emergían de los parches violentados por los percusionistas acompañantes. Esa era la imagen que había arrasado la memoria colectiva del público, y que, pese a la parcialidad del jurado, hacía incontestable el merecimiento del primer premio en el desenlace del concurso municipal. Ni siquiera las autoridades educativas y políticas que se atribuían, ufanas, el éxito, pudieron ensuciar el dulce momento de gloria. Pero esa magia se iba a desvanecer pronto por la inamovible decisión burocrática de los traslados de funcionarios que no conocía de la ilusión, ni de la necesidad de aquellos pobres mala hierba. Tal vez (sospechó), él fuera no más que una marioneta tironeada por la voluntad y la antipatía de algunos de sus colegas del gremio ¡Qué efímero y vulnerable le pareció todo lo que había conquistado!
—Aún conservo las fotos que nos hicimos en el momento de la recogida del premio. Una en la que aparece todo el grupo, y en la que Amanda no iba salir porque no paraba de llorar ¿se acuerda? —dijo Khalid para aliviar el resabio que arrastraba la historia.
—Creo… que sí —acertó a decir Julio desde su neblina.
—Y otra en la que estamos solos, usted y yo.
«Solos», como en muchas de las ocasiones en las que, acabado el ensayo y de regreso a casa, contemplaban fascinados el incendio celeste de la tarde con el coche detenido sobre el arcén de la carretera en la que él dejaba a su alumno. Allí, éste atendía embelesado al tierno y apasionado monólogo sobre la vida que le iba tejiendo el maestro y demoraba su salida del auto correspondiéndole con sucintas apreciaciones al principio, con francas confidencias después. Su mirada se volvía entonces más intensa como a la espera de un ademán imprevisible, tácitamente solicitado. Siempre lo hacía antes de apearse y de encaminar sus pasos hacia el cúmulo de casas pobres que se divisaba en mitad del erial salpicado de escombros y chatarra. Julio empezaba a vislumbrar algo que a él también le concernía, que lo apremiaba…
—Julio… esa foto ha significado mucho para mí.
—¿En qué sentido? —y en el temblor de la pregunta vio el reflejo de su propia inquietud.
Se hizo un silencio contenido acariciado por los tiernos cuchicheos de una pareja en otra mesa y punteado por el tintineo de las cucharillas disolviendo el azúcar. La intensa mirada de antaño planeó sobre la mesa en la que humeaban las tazas de té. Por alguna razón, la respuesta se hacía esperar para Julio que se esforzaba en contener los escalofríos que trepaban desde su fondo azorado…¿Qué temía?
—En todos los sentidos… —recomenzó Khalid. —Significa lo que quiero para mí. Aunque no continuara en la Música, sí aproveché el impulso que me diste. Acabé mis estudios de secundaria, que pude compaginar con el entrenamiento y la competición, y pronto empezaré los universitarios. En el club de baloncesto, aparte de mi actividad como jugador, me han propuesto entrenar a los alevines. Con eso obtengo algo de dinero y no malvivo, la verdad. He progresado, Julio. Mucho. En buena parte se debe a lo que me has hecho sentir…
Estas últimas palabras precipitaban a Julio hacia algo que aún percibía de forma difusa dentro de sí, hacia algo que le arrastraba al desasosiego, pero que era pospuesto una y otra vez por la inercia de la cotidianidad, por el arraigo a una resignada vida de pequeños placeres, por su insinceridad consigo mismo.
—Sí…Les hice sentir… —dijo escamoteando el tuteo — la vocación que toda actividad requiere para tomar impulso… y con estas condiciones subjetivas dentro de sí es mucho más fácil avanzar hacia los objetivos propuestos… —Y continuó como si repitiera un discurso manido por el uso, impersonal, en el que se sentía seguro, como rumiando palabras estropajosas tomadas de un vetusto libro de psicología barata. Con la perorata soslayaba penosamente los sentimientos más profundos del joven; y acaso, también los suyos propios.
Y así, como inmerso en un eco rancio e intempestivo de las íntimas ocasiones en el coche, el expupilo asentía dócil a todo, dejando languidecer su entusiasmo mientras él arremansaba poco a poco la conversación, haciéndola fluir por cauces más trillados y menos comprometedores.
Sus posiciones intactas iban a merecer pues lo previsible que da la ausencia de verdad. Al levantarse, Julio sintió el pálpito de que algo se perdía inexorablemente por su falta de audacia consigo mismo ¡Qué desoladas le parecieron las mesas de la cafetería en aquel definitivo momento! Necesitó, para no sufrir, despedirse con celeridad del antiguo alumno. Este, barruntando su zozobra, le estrechó tan solo la mano. En ella ya no se agitaba la efusividad inicial que deparara el reencuentro y sí, una especie de renuncia y tristeza.
Era noche cerrada. «Lo que me has hecho sentir…» martilleaba incesante en su pensamiento de camino a casa ¿Qué temía él ante aquella manifiesta admiración casi amorosa? Como la gaviota perseguida, había esquivado las pretensiones del joven ¿Por qué? ¿Para eludir dentro de sí un impulso que no podía moralmente aceptar? ¿O era algo más profundo: un congénito horror a entregarse inevitablemente al amor, a experimentar el sufrimiento inherente a la vida? El ensimismamiento le impedía percatarse de la creciente precipitación de sus pasos. Entonces cruzando por delante de un club nocturno situado en la acera opuesta volvió en sí. El neón sangraba la densa piel oscura de la noche en la calle, dejando entrever una inesperada escena. Quedó paralizado. Un trasiego tumultuoso de cuerpos furtivos ante las puertas del antro propalaba el obsceno y disoluto flirteo de hombres en busca de hombres.
El vértigo se apoderó de él…
4
En una de las redes sociales, está aún habilitado el perfil con las fotos y los comentarios frívolos propios de su joven edad. Y allí, busca atropelladamente, cliqueando con nerviosos dedos el ratón, tumbando las teclas de su portátil como si con ello pudiera arrancar de ese efímero muro virtual lingotes de alivio para saciar su odio. En los labios se apagan las palabras masculladas y abruptas, que brotan de las entrañas de su alma emponzoñada y con la mirada extraviada en la pantalla las ve reaparecer en los pequeños bloques de los mensajes escritos que ansían una inmediata respuesta del desaparecido…
A los pocos días del encuentro en la avenida, Khalid lo había telefoneado. Entre llantos le explicaba que su madre aquejada de problemas cardiovasculares necesitaba con urgencia ayuda. La operación, a corazón abierto, podría efectuarse a tiempo mediante el pago de una cuantiosa cantidad de dinero que no tenía. Julio, tal vez para resarcir el sabor amargo de la anterior despedida, o para no hacer de la duda otra ofensa precipitó el ingreso en la cuenta indicada. Quedó pendiente entonces de una confirmación de la entrega, pero esta parecía hacerse de rogar. En la larga y tensa espera, Julio amasaba la sospecha. Trató de contactar con el joven: una y otra vez la exasperante voz del contestador lo convidaba a intentarlo en otros momentos, hasta que finalmente le anunció la inexistencia del número.
Solo le restaba localizarlo en las redes varias donde aún le sobreviviera su perfil, pero poco a poco, también los accesos a la imagen descarnada y sin osamenta del huido le fueron negados.
5
Extendió la toalla en la arena, se quitó la camiseta y sacó de su bolsa de tela uno de los libros en los que la lectura se le hacía infructuosa. Leía con desgana, como casi todas las actividades diarias que acometía. Todo intento se diluía en un conato de pasión efímera, en una borrachera de su voluntad mermada. Como no avanzaba, apartó el libro y decidió mejor contemplar el mar, perder la vista en el horizonte, buscar espacio, aire. Eran muchos los años en los que se había impuesto una actitud intelectual con la que había opacado sus sentidos, con la que había secuestrado a la vida, los colores.
A pocos metros de él, un niño de unos seis años apelmazaba con una palita las paredes de su castillo de arena. Reconcentrado, nada lo sustraía a su trabajo. En la inusual pericia de sus manos laboriosas se entreveían los castillos precedentes que tenazmente había construido. Julio observaba la pureza de la escena, la determinación de la voluntad creadora del niño, con ese asombro inagotable con el que se observa una hoguera, la luna o al durmiente ser amado. Frente a esa primeriza y viva voluntad, Julio encontraba la suya en otro extremo, muriendo.
Una joven que venteaba su toalla llamó desde lejos al crío. Este, alzó su cabeza y se incorporó, echándose a correr en cortos y nerviosos pasos en dirección a ella semejando un pequeño y grácil correlimos que estuviera buscando crustáceos sobre las pétreas nervaduras de la plataforma de abrasión. La joven lo recibió con la toalla extendida, lo cubrió y le fue quitando cuidadosamente la arena húmeda adherida a su cuerpo. La criatura se dejaba hacer paciente. Al término, tomaron los avíos y se encaminaron hacia la escalera de acceso a la avenida aproximándose por el lado por donde Julio estaba. Él, en un gesto huraño, ladeó la cabeza para evitar el encuentro con la mirada de la extraña, cuando escuchó su nombre entonado con inusual sorpresa. Se volvió. La silueta femenina se recortaba oscura sobre el fondo celeste, a contraluz. No alcanzaba a reconocerla. “Julio” repitió la voz, ahora familiar. Él apantalló con su mano los ojos punzados por la luz hiriente del sol. En el interior sombrío del perfil se avivaban poco a poco los colores a la vez que en su conciencia se recomponía la ígnea imagen de la niña, entonces, percusionista.
—¡Amanda! —Y se levantó. En el movimiento sintió que se le escurría la necesidad de abrazarla, o más bien, que ya andaba extinta— ¡No me lo puedo creer! ¿Qué haces aquí? —preguntó con afectado entusiasmo.
—Vine a pasar unos días a la ciudad con mi pareja. Mañana volvemos. Llevaba años sin tomarme unas vacaciones y conseguí hacer coincidir unos días con las de él, para darnos una escapada.
—¿Y el niño? ¿Es tu hermano?
—No. Mi hijo.
Julio sintió el temblor vergonzoso del equívoco. No era normal aquella falta de observación a sus años. Su elegida vida aislada así le pasaba factura. Entonces un hombre rubio, maduro, de rasgos nórdicos se acodó sobre la baranda de la avenida, observándolos desde arriba. Amanda le hizo una seña de espera.
—Es él.
—¿Tu pareja?
—Sí, un buen hombre con el que he rehecho mi vida. Nos conocimos en el hotel donde trabajamos.
—¿Y él es tan buen padre, como la madre? —dijo forzando una sonrisa y en un tono adulador que buscaba resarcir su anterior desliz.
—Él no es el padre.
Julio se empequeñecía por momentos ¿Por qué se había convertido en un proscrito de las relaciones sociales? ¿Por qué le costaba tanto adquirir un poco de sentido común? ¿Por qué estaba confinado a vivir en continua fricción con el medio? ¿Qué tipo de espécimen humano era él a estas alturas?
—¿Se acuerda de Khalid?
Julio miró al niño y de repente reconoció en la sonriente carita amanzanada, la del huido, a la par que cobraban sentido las discrepancias de sus rasgos árabes con los nórdicos del padre putativo expectante en la baranda.
—Espera —le dijo Amanda y ascendiendo por la escalera, acercó el chiquillo al padrastro con el que intercambió algunas palabras. El hombre se sumió entonces en la abigarrada corriente de transeúntes que fluía por la avenida con el correlimos de patitas aprontadas asido de su mano.
—Vayamos a una terraza —le convidó la joven.
Quería hilvanar su pregunta en un lugar más recogido.
6
—Khalid se puso en contacto conmigo hace unos cuatro años. Estuvimos hablando.
Amanda escuchó los detalles del encuentro que Julio procuró referir parcialmente. No se mostró conocedor de la información que comprometía la intimidad de ella: lo que fuera su degradada situación familiar, sus escarceos con la droga, su desaparición repentina con un joven narcotraficante. Tampoco dio luz al infame desenlace; y mucho menos al reclamo soterrado con el que Khalid le agitó y le develaba. De alguna manera quería salvaguardar la imagen que ella tuviera del árabe o no influirla con sus apreciaciones. No tenía derecho. No conocía la relación que había traído al hijo. Solo se hizo eco de las andanzas que Khalid le aportó de sí mismo. El semblante de la joven se torció en un gesto de incredulidad, primero; luego, de resignación. Sintió entonces legítimo hacer las confidencias oportunas que le liberarían de su enquistado despecho, pese al tiempo transcurrido y a su falta de comunicación con el antiguo mentor. La historia contada por el árabe iba a diferir ahora radicalmente…
Khalid llevaba dos años en el instituto cuando arribó su compañera. Desde el primer momento Amanda percibió el cambio. Líder entre sus colegas como dechado negativo, parecía desencantado y en rebeldía con todo. Una procesión de niñatos insolentes secundaba sus antojos brutales, a la vez que era ajena a la otra, de penas, que le caminaba por dentro. Aquellas compañías, nada le aportaban. Se sabía solo, desnortado. Tal vez la marcha del profesor, su incipiente amigo, desfondó la base sobre la que sostribaba su fuerza vital. La pérdida era inaceptable, intolerable. «Hablaba mucho de ti. Con sentimientos encontrados porque no entendió nunca tu ida: Te culpaba y te echaba de menos. Fuiste como el padre que lo abandonó y no pudo conocer» Amanda era, sin saberlo, la única que conseguía acercarse al escolar que fue y en ella buscaba alivio y apoyo. El destructivo comportamiento ético del muchacho tenía su excepción en la amiga hasta el punto de hacerla intocable en el instituto. Era su protegida, la perla entre tanta inmundicia, el vestigio humano de aquel pasado luminoso, auténtico y pueril que gravitó en torno a la presencia del querido, y a la vez execrado, profesor. Luego empezarían poco a poco a intimar, a amancebar su querer: él desnudándose con sus lágrimas; ella acogiéndole en el seno de un naciente instinto maternal. Amanda se dejaba llevar, pero barruntando que aquella relación estaba abocada al fracaso.
«Lo que me has hecho sentir…» Empezaba a encontrar la respuesta cierta: eran sentidas aquellas palabras que le regalara Khalid en la tarde del reencuentro, como así también su ladrocinio final. Lo primero, pensó, era fruto de su amor ya madurado; lo segundo, del traicionado, de su odio culpabilizador. Ahora lo sabía o creía saber. Algo lo hermanaba con el ladrón: extraviado y solitario como él, había luchado por encajar en vano en la maraña de relaciones fugaces que le iban saliendo al paso en su periplo vital, arrebatándole su ingenuidad primigenia, desbancando su esperanza de ser amado. Pero algo también le confrontaba con el otro: en aquella historia, como en toda vieja partida de pasiones, jugaba con cartas ventajosas: él era el ser libérrimo anhelado (según lo atestiguaba el relato que iba conociendo); el árabe, un prisionero de su propio anhelo despreciado. Cerraba la tríada la narradora que, en el desigual juego, llevaba las cartas más ingratas. Así las descubriría ahora.
—Pasamos dos años en los que tanto él como yo, no dábamos un palo al agua. Yo tenía que defender la relación de otras chicas que lo buscaban. Cambié. Me volví dura, una verdadera hija de puta. Él comenzó a trapichear con lo que le pasaban por fuera, en la calle. Éramos la pareja de malotes del instituto. Luego vinieron los celos de mi parte y como una falta de interés de él hacia mí. Pensé: «Si no hay progreso en los estudios, ni en la relación, mejor será empezar a sentar cabeza y coger un trabajo de lo que sea» Yo tenía entonces dieciséis, él dieciocho. Le convencí y tomamos la decisión juntos.
En la historia que iba urdiendo la joven surgían las medias verdades. Era cierto, en la versión del árabe, que la muchacha se había descarriado paulatinamente; como cierto era que había dejado los estudios en mitad de una relación destructiva con un traficante en ciernes. Solo que en su versión, Khalid se cuidó de no incluirse en el relato. ¿Por qué? ¿Acaso lo movía la vergüenza de contar a su antiguo mentor una realidad decepcionante e ingrata sobre la dirección que había tomado su vida? «Fuiste como un padre para él…», resonaba.
—Empecé a trabajar en el comercio propiedad de un tío mío al que convencí para que contratara a Khalid de reponedor y alejarlo así del trapicheo. Pero Khalid no se esforzaba y discutía continuamente con los compañeros. Durante el año que estuvo en el comercio quedé embarazada. Mis padres se disgustaron mucho al saberlo, porque las veían venir. El niño era casi un intento de salvar mi relación con él y de reafirmarme frente a terceros. Decidimos entonces irnos a vivir de alquiler. Tuve al niño ¡Quería tenerlo! Ya Khalid por entonces no trabajaba y se pasaba el día en casa, desocupado. Yo sabía que había vuelto a vender, y por las cantidades de dinero que traía, era a mayores, pero me hacía la loca. A mis padres, que no podían verlo, les mentía con que había encontrado trabajo y que juntos íbamos tirando solos hacia delante. Y hacia delante íbamos, pero de boca al precipicio.
La joven seguía avanzando por el haz de su historia de amor defenestrada, por aquel tormentoso concubinato que iba desbarrancándose por momentos y le succionaba sus últimas energías. En el desenlace aguardaba un envés inesperado solo para su oyente.
—Una mañana en la que tuve que regresar antes a casa debido a una indisposición en el trabajo me encontré la puerta de la entrada entornada. La empujé suavemente. Escuché desde el fondo del pasillo, viniendo del dormitorio, unos gemidos. Llamé a Khalid y la respuesta fue un sonido sordo como de un cuerpo dando contra el pavimento. Al asomarme, él estaba en la cama desnudo y el otro, uno de sus amigos, en el suelo bajo la ventana, paralizado. Me derrumbé. Trató de explicarme, de consolarme, repitiéndome que todo era un error de su parte, una prueba absurda nada más porque estaba confundido; que aquello no volvería a pasar. Pero yo no podía parar de llorar. A partir de ahí nada sería igual. La cosa se enfrió entre nosotros. Yo me iba distanciando. Él, despechado, traía a otros a casa, o desaparecía para frecuentar garitos nocturnos. Y no dejaba de vender. Todos mis intentos por reconducir mi vida con él habían fracasado para siempre. Dejamos la relación y me fui con mi hijo, a convivir en otro piso con una amiga, también madre. A pesar de todo yo mantenía el contacto para que el niño viera a su padre. Pero Khalid empezaba a llevar una vida muy descontrolada y problemática de la que pensaba alejarme más pronto que tarde por la seguridad de mi hijo.
Entonces detuvo su narración para reunir fuerzas: iba a adentrarse en un terreno escabroso y lúgubre, doloroso de rememorar.
– Un día me llegó al móvil un mensaje anónimo… – le costaba referir – En él me amenazaban con darnos a mi hijo y a mí una paliza si no conseguía un dinero que supuestamente debía Khalid por una venta mal hecha. Yo no tenía apenas ahorros. Era horrible. Estaba aterrorizada. Tampoco podía contarle a nadie. Ahí comprendí en lo que se había convertido mi vida por el hecho de ser la exnovia de un camello. Intenté contactar con él, pero no lo conseguía…
Y no lo haría nunca.
Solo a los pocos días y sin previo aviso, en mitad del paroxismo de su lacerante angustia el dinero llegó. Como salvavidas y también como probable señal de que el padre de su hijo, sobrevivía en algún infierno recóndito desde donde exorcizaba sus pecados.
En este tramo final, su historia se cruzaba con la del maestro y en la intersección de ambas, esta era el envés de aquella. Julio decidió callar y sintió que el robo y la huída redimían de alguna manera al árabe.
7
Años más tarde, en una operación rutinaria en un cajero, se percató de que el saldo de la cuenta estaba extrañamente abultado. Llamó a su consultor bancario y este le confirmó lo que sospechaba. No era un error. Entonces, preguntó desde dónde se emitía el abono o quién lo ejecutaba. El del banco no lo podía averiguar. Sólo aparecía el concepto del ingreso.
Rezaba así: A mi único amigo, a mi único padre.
David Galán Parro
13 de febrero de 2022
(*) Nota: Khalwat (lit., “soledad») tiene varios significados en el sufismo , la jurisprudencia islámica y la religión drusa , que de alguna manera derivan del concepto de estar solo o retirarse del mundo. (Wikipedia)