Hace algunos años escribí:
«En la playa, retozando entre toallas y hamacas, rompiendo la calma y el descanso ajeno, niños y niñas juegan a la guerra de bolas de arena. Ellos contra ellas. Uno mira de reojo a una y sonríe malicioso mientras apelmaza y agranda su proyectil. «Ahora verás» le anuncia. Y dentro de unos años se lo susurrará de nuevo (o a otra) en la intimidad de sábanas húmedas, acabado su juvenil cortejo. Pero aún no lo saben. Vuelan las bolas persiguiendo los ágiles y esquivos cuerpos desnudos. «No, no, aquí no se puede jugar, niños, hay mucha gente» les sermonean las orondas señoras embutidas en sus trajes de baño. Pero no pueden escuchar: júbilo salvaje agarrado al momento fugaz. Yo no era así. La cobardía me hizo perder la voz de mi anhelo, me convirtió en un proscrito de la alegría de vivir. Y todo se construyó inexorablemente sobre ella y por eso, inconscientes, me desprecian. Juegan y la tristeza se apodera de mí.»
Así acontecía la escena entonces. Y así hablaba mi apesadumbrado fondo gris, mientras mi pequeña sobrina, bajo mi tutela, trajinaba en solitario con la pala y el rastrillo, llenando y vaciando de arena el cubo. Esa era su faena. Esa, y la de contemplar absorta y risueña el juego de los demás.
Entonces yo tenía a mi favor la certeza de una dedicación profesional en la Música. El presente era un árbol frondoso pródigo en frutos que apenas madurados se desprendían para alimentar una estable vida artística sin contratiempos. Pero ¿Eran aquellos frutos los ansiados por mí? Quise quererlos para no defraudar voluntades ajenas. Y aunque todo estaba encaminado, todo se gangrenaba, moría. La angustia de no ser lo esperado por otros, de saberme braceando en vano en una mar de plástico, de convertirme en un hombre inconcluso, sin mis errores y los sufrimientos por mí y para mí escogidos anegaba cada segundo de mi día a día. Un presente dadivoso aniquilando un futuro genuino y propio.
Hoy, todo es diferente. No hay futuro, no hay esperanza. Allá lejos la Música no me depara la trascendencia, porque a ella he renunciado. Ahora en mi desarraigo tengo otra certeza (o consuelo) áspera esta vez, de cuál es mi destino, mi condena: contemplar la vida sin vivirla y ser escritor.
Sentado en un banco de piedra, flanqueado por turistas, que al igual que yo se detienen ante la imponente Catedral de X, para colmar con algo de sentido estético un instante de sus desnortadas vidas, aparece ante mí, ella, rasgando con su cuerpo liviano y espigado el aire tibio que recorre la plaza. Liberada su melena azabache, vuelve su rostro ovalado hacia mí y los negros cristales insinúan infinitas miradas posibles. Son todas y ninguna. Como mi incierto futuro. Sus pómulos amanzanados se asoman bajo un sombrero de ala ancha. Fulgura su piel canela al borde de sus coloridas prendas fruncidas. La tenue correa de una pequeña bandolera de rafia cruza su pecho y talle casi ingrávidos. Una amiga le acompaña y le dispara fotos ante mí. El acto se me antoja frívolo y estentóreo. Ensaya diversas posiciones frente a la Catedral de X, pero me adivino su receptor único, su pedazo de naturaleza escogido. Me come a dentelladas, me destroza: lo sabe. Todo es así, animal y primario, aunque nunca quise asumirlo. No apartaré la mirada esta vez. Es irrisorio el gesto, lo sé, pero es lo que alcanzo. Estoy hastiado de no desafiar a la vida. Con la misma desenvoltura con que aparece, se recoge y retoma su deambular caprichoso. Desde lejos, me devuelve su rostro y esboza una sonrisa esperada, inevitable, cómplice, presa entre nosotros, que su acompañante ni siquiera barruntará. Todo debe diluirse en la fugacidad necesaria del momento para que obre la magia, para que palpite el misterio. Estoy en vano consignando esta indefectible pérdida (todo momento lo es) a golpe de palabra huera.
¿Acaso tú, a escasos tres años de nacida, mujer aún por llegar, linda muñeca afín a mi carne célibe, prefigurabas en tu sonrisa absorta, mientras contemplabas el vertiginoso juego de aquellos niños y niñas que se revolcaban en la espuma pasajera que lamía la arena, lo que serás: el eco de mi naturaleza contemplativa, huidiza, a la que le horrorizó siempre vivir y a la que no le quedó, por ello, más que la ficción como refugio necesario para sortear el dolor atroz de una existencia cobarde?
David Galán Parro
1 de junio de 2022