Una alumna ideal

Ella le esperaba en el antiguo desván reconvertido en dormitorio y estudio. Allí se aislaba de los gritos y las discusiones del ambiente familiar. Había acomodado sus libros, sus pinturas, el ordenador de mesa y también el piano que él le regalara antaño. A través de un amplio ventanal se veían la montaña y a su pie, las urbanizaciones de reciente construcción. Aquellas casas nuevas habían sepultado el erial pedregoso en el que jugaba de niña con sus amigas: La Negra Puri, Ofelia la Coneja, Cristi la Pija. Muchas veces recorrieron aquel paraje donde arreciaba el viento lanzándose hacia las playas cercanas. Parecían seguir la dirección de las ráfagas que les arrastraban al encuentro del mar abierto. En una de esas veces, ya de adolescentes y en ausencia de mirones se atrevieron a bañarse todas desnudas, aunque Cristi solo lo hiciera sin el top del bikini. La Negra además le había robado un paquete de cigarros a su hermano y se lo habían fumado a medias. ¡Qué época! Eran emocionantes los veranos en el pueblo atestado de gente foránea que gritaba y reía en las terrazas al borde de la arena y venían ellos, los muchachos, con los que intercambiaban promesas y besos impredecibles. Pero ahora eran otros tiempos. Purificación se había ido a la ciudad; era madre soltera y trabajaba a destajo. Ofelia no había sobrevivido a la leucemia; fue dolorosa su pérdida. Y Cristina Morante, nunca fue realmente amiga: su carácter distante y calculador la perdía.

Se sentía sola. Había concluido sus estudios universitarios de asistente social y le horrorizaba enfrentarse a una vida laboral no elegida. Llevaba paralizada meses, casi un año. No lo sabía pero empezaba a acusar en su ánimo un cansancio vital, una exacerbada molicie. Una ansiedad continua y sutil se cocinaba lentamente dentro de ella.

Quizá por eso para rehuir aquellas sensaciones incipientes se había obligado a ocupar sus horas muertas cada vez más domésticas y claustrofóbicas. Participaba a veces desaforadamente en redes sociales y tomaba cursos on-line de cualquier cosa, de inglés, de pintura, de macramé pero se aburría pronto de ellos. Probó con clases de bailes latinos. Creyó que le iría bien pero en el tumulto de las salas de fiesta se descubrió con preocupación carente de toda habilidad social. Se había vuelto retraída sin darse cuenta.

Aquel día sería distinto. Él venía a retomar sus enseñanzas de piano para ella. Le hacía falta un dinerillo. Tenía que amortizar todos aquellos años de formación en la Escuela de Música realizándose como profesor de piano Y que mejor que a través de ella: una alumna que le sería siempre fiel, incondicional, que disponía de tiempo libre para estudiar y con la que sentiría que todo fluiría y avanzaría. Un par de alumnos más del pueblo que ella misma le podía conseguir de su época de dinamizadora cultural solventarían sus estrecheces económicas. Sería fácil hacerlo. Aún conservaba en la agenda los teléfonos de las familias. Llamaría y le promocionaría. Además podía retomar el contacto con su amiga Lucía quedando, aunque fuera un poco forzado, a tomar un café en alguna tarde de esa misma semana. Había oído que andaba de cantante solista con una orquesta animando fiestas en pueblos y hoteles. Le hablaría de él. Por ahí también se sumarían más ingresos. La cuestión era que él no se sintiera inactivo y que hiciera lo que le apasionaba. Le arreglaría todo, le ayudaría sin nada a cambio. Era lo mínimo: en los años compartidos, él se había desvivido y tras la ruptura ella no había vuelto a sentir nada parecido con otro chico. La resignación y el dolor habían dado paso a la dulce necesidad de compensar al ahora amigo.

Una voz áspera trepó por el patio de luz anunciando su llegada. El roce de unos zapatos se oyó después subiendo por la escalera. Estaba nerviosa. Año y medio sin verlo. Se había acicalado, se había soltado el cabello. La ligera abertura de una camisa de lino blanco insinuaba la fragilidad de sus breves pechos. Le impresionaría con su porte juvenil y algo despreocupado. Tocaron a la puerta.

Él seguía igual. Clareaba algo más su cabeza por la coronilla, pero seguía igual. Quizá sí un aire cansado, resignado, le entristecía sutilmente el semblante. Entonces él se le adelantó tendiéndole la mano y a ella el gesto inesperado le decepcionó. Parecía forzado, protocolario. Desde luego ella no iba a interponer el habitual cálculo con que se había empezado a separar de la gente en general. Con él, nunca.

—Espero Claudio que este horario te venga bien.

—Sí… No hubiera aceptado si me viniera mal.

Por la respuesta no tenían que irle tan mal las cosas como se había figurado en la conversación telefónica en la que habían concertado el encuentro. Sintió que aquella circunstancia la desplazaba sutilmente.

—¿Quieres antes que te traiga algo? ¿Café? ¿Zumo?

—Gracias, Alba, pero no. Tal vez, un poco de agua al final. Ahora es mejor empezar —y se dirigió con las partituras hacia el piano. Las colocó sobre el atril y le ofreció el taburete. Cuando la vio sentada, no quedó conforme con la posición: debía corregir la altura del asiento. A ella se le antojaba que ejecutaba los preparativos con cierta profesionalidad afectada y que así lo hacía para trazar una precavida linea de contención. Todo se iba congelando. Pensó en esa alada espontaneidad de antaño y la sintió lejos, muy lejos, como si fueran otros los que la habían disfrutado y no ellos mismos…

Escuchó entonces que le pedía leer la partitura antes de tocar el primer ejercicio. Lo intentó y trastabilleó en los primeros compases. Su nivel de lectura había mermado.

—No te preocupes. Es solo falta de práctica.

Pero el comentario no la tranquilizó.

A partir de ahí, la clase fue discurriendo con más errores que aciertos. Se empequeñecía por momentos ante él. Había imaginado que las cosas se darían de otra manera. Sin embargo nada fluía. Ni la lectura, ni los dedos a ras de las teclas, ni las palabras que se entrecruzaban. Todo se desmoronaba ¿o acaso no sería que imaginó equivocadamente todo recompuesto? Año y medio tal vez fuera todavía poco tiempo. Se sentía pequeña, torpe, miope e inmadura. La sensación era casi tangible. Era como una dureza en el vientre.

De repente se percató de un detalle: él la corregía rehuyendo su mirada. Y lo hacía especialmente cuando ella repetía infructuosamente los pasajes que se suponía debían estar a su alcance técnico. Cada equivocación era una mirada de reojo ansiando la indulgencia de él como profesor, pero extrañamente sentía que en su actitud esquiva había una inusitada recriminación, una severidad innecesaria. Y se hundía, y se hundía…

El minutero en el pequeño reloj sobre la tapa del piano consumió su vuelta.

—¿Quieres un café antes de marcharte y me cuentas que tal va todo?— natural, debía parecer natural.

—Otro día mejor. Llevo prisa. Un poco de agua como te dije, sí necesito.

Era su petición inicial. La había olvidado ¿Por qué todo tenía que ser tan vergonzante? Bajó y regresó con el vaso. Tenía de alguna forma que enmendar el despiste

—Sí, otro día que no estés apurado… Quisiera hablarte de unos proyectos que te pueden interesar. Entre ellos uno para amenizar fiestas con Lucía, una amiga mía que se dedica a cantar y que puede necesitar un pianista acompañante para algunos bolos  ¿la conoces?

Un tenso rictus demudó el rostro de él. Era el único momento en que pareció perder su calculada compostura.

—Sí… —musitó

—¿Ah sí? ¿Y de qué?

—Somos… amigos

El tono le delataba. Alba no necesitó más detalles. Aquella dureza en el estómago seguía ahí, insoportable, apretando y apretando,  para liberarse de una vez por todas, para estallar en llanto incesante…

Se despidieron no sin antes convenir el día y la hora en que tomarían la próxima clase.

Pero esta nunca llegó. En verdad Alba ya no la sentía ni necesaria ni ilusionante.

Tampoco los planes que amorosamente había imaginado para él.

David Galán Parro

5 de agosto de 2023

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