La ceguera del novio

Llegamos mi novia y yo al aeropuerto. Las cosas no van muy bien entre nosotros por lo que el viaje, arreglado por mi, representa una distracción o un remedio último. No aguanta mi desidia, mi desorden, mi inmadurez, suele decir. Casi le supliqué para que viniera.

No facturamos maletas de modo que pasamos directamente por la cinta y la puerta de seguridad. Nos dirigimos a la entrada que da a la zona exclusiva para viajeros. Es un corredor de cristal y en cada uno de sus extremos hay una puerta también de cristal que una vez traspasada impide el acceso desde el otro lado. Yo las traspaso. No siento a mi novia detrás. Me vuelvo y no la veo. Se habrá rezagado o despistado. Espero a que aparezca. Corre el tiempo. Ya deben de estar en la fila de embarque. El avión va a salir. Tal vez sea una broma pesada. En un intento que sé inútil empujo el cristal que no quiere ceder. No hay nada en él a lo que asirme y tirar. Además podrían saltar las alarmas y todo sería escándalo y complicación ¿Qué debería decir? ¿Que he perdido a mi novia y que en el momento de su desaparición llevaba un vestido rojo ajustado y tacones negros? Imagino las sonrisas burlonas que me llenarían de oprobio. Me siento vencido. Lo único que puedo hacer es subir a ese maldito avión que va a despegar y no malgastar el dinero invertido: una cruel opción que no obstante es endemoniadamente práctica.

Me apresuro hacia la puerta de embarque. Cuando corro por los pasillos de la terminal me da por mirar al ventanal de la izquierda que da a las pistas: A lo lejos por encima de una hilera de aviones que esperan su despegue una diminuta mancha roja planea libremente y al instante asciende y se adentra en el vientre plomizo de las nubes que encapotan el cielo.

En verdad no me ha dejado: Simplemente que, como ella misma dice, le agobia volar en cabina.

1 de agosto de 2023

David Galán Parro

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