A las puertas de una venta

A través del polvo y el oro de la tarde que declina una sombría silueta incierta se divisa detenida en lontananza a la espera de la señal en la que un enano anunciará a toque de clarín su llegada. El bronco sonido de un cuerno, que todos menos ella reconocemos, apresta a los puercos a la piara. Entonces la figura difusa retoma su paso y al poco deviene montura y jinete. Se oye su monótono traqueteo metálico sobre el lomo mientras cabalga hacia la venta. Cuando al fin alcanza la entrada se aprecian la vieja armadura, la deforme celada, la adarga y la lanza endebles, resucitadas por la locura para la memoria de los hombres venideros. El caballo escuálido cabecea de hambre y sed. 

Nadie antes lo vio. Fue soledad y campo yermo su desatinado propósito hasta ese único momento. Él, ya parido por la imaginación alucinada del hidalgo, ahí al fin, tristemente corpóreo frente a ellas. 

La visión inconcebible ante los ojos aterrorizados de las dos jóvenes meretrices apostadas a la entrada amaga la estampida de ambas. Sin embargo, desde su ufano desatino, el corazón del caballero andante se llena de tiernas palabras con las que les exhorta y tranquiliza.  

¡Qué ingenuas y alegres miradas le bendicen entonces, primero chanceando de su estampa y luego colmándolo de hermosas atenciones!

¿Qué dechados opuestos se descubrieron en la pureza de ese encuentro imprevisto? 

Ellas que nunca pretenderían la gloria frente al loco que sí la pretendió; ellas, las analfabetas frente al letrado; ellas que ni se sabrían dignas de ese momento genuino y atemporal en el que quedarían encerradas con él para siempre en millones de hojas unánimes y celebradas.

¡Oh, ustedes las tolosas y las molineras, innombrables, embellecidas por la mente alucinada del caballero; recordadas por la pluma eterna del capitán Cervantes; amadas por los corazones solitarios desde lo más recóndito de la Historia! ¡Oh, ustedes, ángeles caídos, terrenales, compasivas, que moverán el mundo y nos redimirán de toda la gloria inútil y la sinrazón!

22 de agosto de 2023

David Galán Parro

Los enemigos de nuestra motivación

Concédele siempre más importancia a tu motivación que a tu capacidad.

Si no tienes una construcción segura de ti mismo, nunca apuestes por aquellas voces que te señalan como un ser excepcional bajo el punto de vista de las capacidades. Eso será tu perdición. Y máxime cuando esas capacidades han sido elaboradas con ayuda de ellos a partir de tus capacidades originarias. Quedarás vendido a las expectativas que ponen sobre ti y te lo harán saber en su momento mediante el reproche, la culpa y la vergüenza si no estas a la altura de sus expectativas. Y serás prisionero de ellas. Cuánto más tardes en zafarte de estos seres que socavan tu yo primigenio, más te despersonalizas y te destruyes. Hazlo cuánto antes, sin dudar. 

Las personas que quieren en verdad ayudarte priorizarán en ti tus motivaciones propias, por pequeñas que les parezcan, frente a tus capacidades. Sólo las personas que no quieren ayudarte pondrán las segundas por encima de las primeras especialmente para la consecución de sus planes y proyectos. Puede pasar que estas personas lo hagan inconscientemente pero este hecho no las exculpa de su acción en sí dañina. Y puede que nunca reconozcan ni internamente el daño provocado. Morirán autoengañadas.

Otra cosa a tener en cuenta es que no es sano medirnos por la fuerza de las motivaciones que tengamos. Ni capacidades ni motivaciones estarán jamás por encima de ti. Son solo partes de ti y por eso tú eres más que ellas. Nunca un mar fue mayor que un océano.

Y nunca las capacidades que están en ti serán el motor que impulse tu entrega en el hacer. No te confundas. Y no permitas que te confundan.

21 de agosto de 2023

David Galán Parro

No me dicen nada

No me dicen nada: La carne de tu voz no llega y por eso en mi desespero no me dicen nada. 

Enmudecen con tu silencio.

Son las voces encumbradas y encarceladas en polvorientos libros que lanzan al anfiteatro del mundo sus palabras llenas de conocimiento conquistado a través del tiempo y de las civilizaciones destruidas. No me dicen nada.

«Son relevantes. Hay que estudiarlas» afirman los eruditos. Cual estrellas gigantescas engullendo planetas: así son esas voces. Su pretensión es universal, pero es vana cuando la carne de tu voz no me llega.

Intento escuchar el discurso que a coro hilvanan para silenciar tu silencio, para arrancarme el dolor de vivir tu ausencia, para saberme intocable.

Pero de nada sirve: Sus palabras: Una indescifrable mascarada de tinta que no alcanza mi intelecto. Y menos mi corazón, ahora, por ti ocupado.

¿Quién lo diría? El universo sin cobrar sentido dentro de mi a falta de la mota de polvo que tú eres.

Por eso, no me dicen nada, porque aunque yo insista en que sepulten tu voz con su sabiduría secular, tú, amada, corpúsculo pequeño que en torno a mi orbitas, al ser urgente sin estar conmigo te haces grito entre las voces de todos los otros; las voces que ahora no me dicen nada.

David Galán Parro

12 de agosto de 2023

Eco

Hace algunos años escribí:

«En la playa, retozando entre toallas y hamacas, rompiendo la calma y el descanso ajeno, niños y niñas juegan a la guerra de bolas de arena. Ellos contra ellas. Uno mira de reojo a una y sonríe malicioso mientras apelmaza y agranda su proyectil. «Ahora verás» le anuncia. Y dentro de unos años se lo susurrará de nuevo (o a otra) en la intimidad de sábanas húmedas, acabado su juvenil cortejo. Pero aún no lo saben. Vuelan las bolas persiguiendo los ágiles y esquivos cuerpos desnudos. «No, no, aquí no se puede jugar, niños, hay mucha gente» les sermonean las orondas señoras embutidas en sus trajes de baño. Pero no pueden escuchar: júbilo salvaje agarrado al momento fugaz. Yo no era así. La cobardía me hizo perder la voz de mi anhelo, me convirtió en un proscrito de la alegría de vivir. Y todo se construyó inexorablemente sobre ella y por eso, inconscientes, me desprecian. Juegan y la tristeza se apodera de mí.»

Así acontecía la escena entonces. Y así hablaba mi apesadumbrado fondo gris, mientras mi pequeña sobrina, bajo mi tutela, trajinaba en solitario con la pala y el rastrillo, llenando y vaciando de arena el cubo. Esa era su faena. Esa, y la de contemplar absorta y risueña el juego de los demás.

Entonces yo tenía a mi favor la certeza de una dedicación profesional en la Música. El presente era un árbol frondoso pródigo en frutos que apenas madurados se desprendían para alimentar una estable vida artística sin contratiempos. Pero ¿Eran aquellos frutos los ansiados por mí? Quise quererlos para no defraudar voluntades ajenas. Y aunque todo estaba encaminado, todo se gangrenaba, moría. La angustia de no ser lo esperado por otros, de saberme braceando en vano en una mar de plástico, de convertirme en un hombre inconcluso, sin mis errores y los sufrimientos por mí y para mí escogidos anegaba cada segundo de mi día a día. Un presente dadivoso aniquilando un futuro genuino y propio.

Hoy, todo es diferente. No hay futuro, no hay esperanza. Allá lejos la Música no me depara la trascendencia, porque a ella he renunciado. Ahora en mi desarraigo tengo otra certeza (o consuelo) áspera esta vez, de cuál es mi destino, mi condena: contemplar la vida sin vivirla y ser escritor.

Sentado en un banco de piedra, flanqueado por turistas, que al igual que yo se detienen ante la imponente Catedral de X, para colmar con algo de sentido estético un instante de sus desnortadas vidas, aparece ante mí, ella, rasgando con su cuerpo liviano y espigado el aire tibio que recorre la plaza. Liberada su melena azabache, vuelve su rostro ovalado hacia mí y los negros cristales insinúan infinitas miradas posibles. Son todas y ninguna. Como mi incierto futuro. Sus pómulos amanzanados se asoman bajo un sombrero de ala ancha. Fulgura su piel canela al borde de sus coloridas prendas fruncidas. La tenue correa de una pequeña bandolera de rafia cruza su pecho y talle casi ingrávidos. Una amiga le acompaña y le dispara fotos ante mí. El acto se me antoja frívolo y estentóreo. Ensaya diversas posiciones frente a la Catedral de X, pero me adivino su receptor único, su pedazo de naturaleza escogido. Me come a dentelladas, me destroza: lo sabe. Todo es así, animal y primario, aunque nunca quise asumirlo. No apartaré la mirada esta vez. Es irrisorio el gesto, lo sé, pero es lo que alcanzo. Estoy hastiado de no desafiar a la vida. Con la misma desenvoltura con que aparece, se recoge y retoma su deambular caprichoso. Desde lejos, me devuelve su rostro y esboza una sonrisa esperada, inevitable, cómplice, presa entre nosotros, que su acompañante ni siquiera barruntará. Todo debe diluirse en la fugacidad necesaria del momento para que obre la magia, para que palpite el misterio. Estoy en vano consignando esta indefectible pérdida (todo momento lo es) a golpe de palabra huera.

¿Acaso tú, a escasos tres años de nacida, mujer aún por llegar, linda muñeca afín a mi carne célibe, prefigurabas en tu sonrisa absorta, mientras contemplabas el vertiginoso juego de aquellos niños y niñas que se revolcaban en la espuma pasajera que lamía la arena, lo que serás: el eco de mi naturaleza contemplativa, huidiza, a la que le horrorizó siempre vivir y a la que no le quedó, por ello, más que la ficción como refugio necesario para sortear el dolor atroz de una existencia cobarde?

David Galán Parro

1 de junio de 2022

Khalwat

1 Recién en casa y aún sin desvestirse, Julio Mederos ambientaba el hogar con su ritualizado encendido de luces nocturnas y velas aromáticas, cuando un leve tintineo, inusual para él, anunció en la aplicación de la red social de su teléfono móvil la presencia de un nuevo mensaje. Auxiliado por sus gafas de presbicia vio, […]

Sin respuesta

La enfermera salió y ambas hermanas quedaron solas. La penumbra anegaba la sala. Había sido un día intenso en la planta de oncología y Margaret estaba cansada. Demasiadas visitas, demasiadas conversaciones fútiles, demasiada normalidad evasora. A Vicky le pareció por eso sepulcral y a la vez aliviador el silencio que se hizo. Contemplaba desde la butaca allegada a la cama de la hermana las vetas de fuego que rasgaban el cielo sobre la ciudad. «Es ya el crepúsculo» pensó «la noche llegará pronto y será larga». 

Entonces la voz apagada y trémula de la enferma preguntó: 

—¿Habrá vida después de la muerte, hermana?

Vicky, sobrecogida, contuvo el llanto: Margaret siempre se había declarado firmemente materialista.

………..

Cool jazz flotando en la penumbra rota por el neón de los focos  inquietos del garito. Letargo en las miradas sensuales que se buscan. 

Un camarero deposita dos copas con líquido ambarino sobre una mesa vintage alargada. En un lado de ella, en un mullido sillón desvencijado se arrellana el cuerpo espigado y fibroso de un hombre maduro. Sus gafas de pasta se vuelven ostentosas en su rostro afilado. Su chaqueta informal, sus pantalones ajustados y su barba descuidada quieren restarle años a los años. Autosuficiencia intelectual.

Frente a él, los ojos de una joven fulguran extasiados: ansía su discurso sublime, revelador, profundo.

—Betty, tu trabajo sobre La inmortalidad del alma en Platón es insuperable —dice él con voz arrulladora y tras un breve sorbido con la pajita añade—. No he tenido en mis manos algo parecido en todos mis años de docente en la universidad.

La alumna sonríe complacida y triunfante. Yergue sutilmente los  hombros y la levedad de los pechos se insinúa bajo la camisa desabotonada. Deja que el fino cuello asome para él cuando retira y pinza sus negros mechones ondulados hacia la nuca. 

Entonces sobre la mesa la pantalla del móvil del profesor se ilumina anunciando una llamada entrante. Clara pone y un corazón al lado. Tranquilamente voltea el aparato y lo ciega. Ella intuye…

—La cuestión es: ¿Habrá vida después de la muerte, Betty? —dice mansamente, sin apuro. 

Y la pregunta sin respuesta dará para toda la noche con la alumna.

4 de agosto de 2023

David Galán Parro

La ceguera del novio

Llegamos mi novia y yo al aeropuerto. Las cosas no van muy bien entre nosotros por lo que el viaje, arreglado por mi, representa una distracción o un remedio último. No aguanta mi desidia, mi desorden, mi inmadurez, suele decir. Casi le supliqué para que viniera.

No facturamos maletas de modo que pasamos directamente por la cinta y la puerta de seguridad. Nos dirigimos a la entrada que da a la zona exclusiva para viajeros. Es un corredor de cristal y en cada uno de sus extremos hay una puerta también de cristal que una vez traspasada impide el acceso desde el otro lado. Yo las traspaso. No siento a mi novia detrás. Me vuelvo y no la veo. Se habrá rezagado o despistado. Espero a que aparezca. Corre el tiempo. Ya deben de estar en la fila de embarque. El avión va a salir. Tal vez sea una broma pesada. En un intento que sé inútil empujo el cristal que no quiere ceder. No hay nada en él a lo que asirme y tirar. Además podrían saltar las alarmas y todo sería escándalo y complicación ¿Qué debería decir? ¿Que he perdido a mi novia y que en el momento de su desaparición llevaba un vestido rojo ajustado y tacones negros? Imagino las sonrisas burlonas que me llenarían de oprobio. Me siento vencido. Lo único que puedo hacer es subir a ese maldito avión que va a despegar y no malgastar el dinero invertido: una cruel opción que no obstante es endemoniadamente práctica.

Me apresuro hacia la puerta de embarque. Cuando corro por los pasillos de la terminal me da por mirar al ventanal de la izquierda que da a las pistas: A lo lejos por encima de una hilera de aviones que esperan su despegue una diminuta mancha roja planea libremente y al instante asciende y se adentra en el vientre plomizo de las nubes que encapotan el cielo.

En verdad no me ha dejado: Simplemente que, como ella misma dice, le agobia volar en cabina.

1 de agosto de 2023

David Galán Parro