Flor de loto

Con diecinueve años era la más joven de las cajeras del supermercado que hacía esquina en mi calle. Beatriz tenía unos ojos negros y brillantes, una tez blanca y fina y un pelo largo color caoba recogido en trenza. Si hubiera estado en el departamento de charcutería o de carnicería, donde las dependientas apeñuscan su pelo en cofias, nunca me hubiera fijado en ella. Tengo debilidad por las trenzas largas y sueltas de las mujeres.

Mi padre en la ferretería me había puesto en nómina por lo cual yo gastaba sin mesura a golpe de tarjeta. Bea me extendía el datáfono y me sonreía más allá del protocolo: «Pásela cuando quiera» Un día en que no había cola en la caja me animé a bromear: «Lo que se dice querer… la verdad…» Se ruborizó, pero para mi sorpresa la broma trajo el tuteo. Otro día solté que eso de ser cajera le favorecía y me preguntó el por qué. Le confesé entonces mi devoción por las trenzas. Finalmente, en un incidente con un cliente inflexible la defendí. A partir de esto mis preguntas no le parecían indiscretas y los pormenores de su vida personal me fueron dados.

Bea convivía en un pequeño apartamento con su madre y sus hermanos. La madre limpiaba escaleras de edificios privados pero su sueldo era lo bebido por lo servido. Beatriz los mantenía a todos. Una paga de invalidez que cobraba Sandro, su hermano mayor, y las becas y el comedor escolar gratuito de Simón, el menor, desahogaban la economía familiar pero rara vez la cuadraban a fin de mes. La madre era el problema y no cejaba en su adicción. Las discusiones con ella eran constantes.

Un día, en mi apartamento, arrebujados y desnudos entre sábanas fui sonsacando otros detalles. Al parecer, el padre los había abandonado a todos de improviso cuando Bea rondaba los once. El hombre trabajaba muy esporádicamente y se despreocupaba de Sandro, el único varón entonces. Bea solía decir mi difunto padre. Bestial debía ser su despecho, o su indiferencia, entendí aquel día. Una amante y la llegada de un hermano ilegítimo con ella habrían precipitado la huída, aseguraba. Y la amante no estaba menos devastada que la esposa: esta se consumía por boca; aquella, por nariz. Para el padre disoluto, ambas eran casi intercambiables. Siempre arramblaba con lo peor. Era su destino.

Con el abandono, la adicción de la madre se agravó haciendo mella definitiva en Beatriz. Una improductiva rebeldía que costó algunas relaciones fugaces con chicos y múltiples partes de expulsión en el instituto la decidieron a sentar cabeza y a buscar trabajos de lo que fuera. En el plazo de dos años hizo de todo: primero, tándem en la limpieza con su madre; luego, debido a las discusiones con ella, lo mismo pero sola; luego, de camarera, de repartidora; y finalmente, de cajera. Se había curtido: una flor de loto cerca del pubis la representaba rubricando su victoria sobre el duro pasado y encarando con determinación el futuro incierto.

Bea se desvivía por sus hermanos. Con una tía suya se turnaba para pasear al mayor en su silla de ruedas. Solía llevarlo al parque. Sandro tendría por aquel entonces veintitrés años. Yo me esforzaba por entender lo que a borbotones mascullaba en las salidas en que paseábamos con él y con Simón. Fueron muchos los fines de semana asoleándonos los cuatro en el parque. Sandro me veía llegar de lejos y gritaba con euforia algo parecido a mi nombre a la par que convulsionaba su único brazo útil en un remedo de saludo. Me quería muchísimo.

A través de la bruma difusa del recuerdo de aquella época yo contemplo a la sacrificada Beatriz con admiración. Pero es una admiración de fondo gélido, repugnante; una admiración desde el burladero de una vida acomodada, desdeñosa incluso de la fuerza que presupongo en Beatriz, sabiéndome sin ella, sintiéndola casi incompatible a mi naturaleza, o lo que es peor, reveladora de mi falta de coraje, de mi pusilanimidad. Y siempre fue así al poco de conocer los detalles de su vida problemática. Si uno debe hacerse con un hogar, yo no veía en la vida de Beatriz que pudiera germinar el mío. No tenía agallas para acompañarla en aquellas circunstancias. Yo había abandonado los estudios de puro gandul y me esperaba mi puesto de trabajo en la ferretería de mi padre. Ahí me salvaría. No me iba a complicar mucho más.

Entonces un día conocí a Clara. Me tocó atenderla al mostrador. Una fuga bajo el lavabo del baño en su piso compartido de estudiantes hizo que viniera a mí. No sabía arreglarla. Me ofrecí. «Te sale carísimo si cuentas con un fontanero» le dije. El favor a domicilio me lo compensó al poco con favores furtivos que se solaparon a mi ya rutinaria relación con Bea.

Cuando Bea se enteró que andaba con otra por medio de una amiga que nos había visto en el cine fue fulminante en despacharme.

Así que a día de hoy ni estoy con Bea; ni con Clara ni con ninguna.

Es por eso que ahora me estremezco cuando echando por la acera que orilla el parque oigo de lejos el grito eufórico y veo el brazo convulso de quien me saluda deseándome aún lo mejor en la vida. 

Y a su lado, indiferente a mí, una victoriosa flor de loto.

David Galán Parro

25 de julio de 2023

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