Amor asesino

Ella vuelve del trabajo. Sube con fatiga por la escalera del edificio sin ascensor hasta el cuarto piso. Tras la puerta se oyen los arañazos desaforados de él mientras va abriendo. Se le abalanza entonces a las pantorrillas, ladrando agudamente, meneando su pequeño rabo inquieto, saltando sobre sus patas traseras. Parece que quisiera encaramarse al tronco espigado de ella y ella se inclina y lo coge. Ahora su frágil cuerpo de caniche se convulsiona excitado en los brazos; su hocico, una húmeda piedra blanda, deja su rastro en las caras mejillas. Ella le prodiga palabras amorosas en tono maternal. Él se va anegando paulatinamente de calma: Al fin ella está con él o más bien esta ya dentro de él, colmando su necesidad de compañía, mitigando su espantosa sensación de soledad.

Pero solo ahora que ella está en sus entrañas como presencia inequívoca de amor; ahora que ella es su cobijo y su alimento, su fe y su todo; ahora sí es cuando podrá apalearlo hasta morir, porque él mismo aceptará como incontestables las razones de ella y por eso de que es admisible y justo su propio asesinato.

15 de julio de 2023

David Galán Parro

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