En una clase de Literatura, el profesor nos preguntó: «¿Para qué sirve en general el diálogo?»
Las respuestas fueron varias:
1) Para hacer avanzar la trama.
2) Para imprimir dinamismo y dramatismo a la historia.
3) Para imprimir intensidad emocional a una escena.
4) Para representar la psicología del personaje por medio del mismo personaje y no por medio del narrador.
En el final del relato «Araby» del libro de cuentos de Dublineses de Jame Joyce el protagonista, un joven enamorado, ha cruzado la ciudad en tren para llegar a un edificio comercial en el que quiere adquirir un artículo de regalo para la chica a la que pretende. Llega tarde y casi todas las tiendas están cerradas. En una a las que todavía tiene acceso, una señorita y dos jóvenes caballeros charlan apostados en la puerta de entrada. Transcribo el diálogo:
«—¡Bah nunca dije tal cosa!
—¡Claro que la dijiste!
—¡Claro que no la dije!
—¿Acaso no dijo ella eso?
—Sí que lo dijo. Lo oí.
—¡Bah, menuda… trola!»
Fijémonos: Es un diálogo en el que el protagonista participa de manera pasiva, oyendo nada más. No conoce en absoluto a los interlocutores que en el relato son personajes secundarios muy circunstanciales; de hecho desaparecerán sin decir más en esta escena final. No sabemos de qué trata el contenido de lo que discuten. No hay verbos de diálogo tras sus intervenciones. El diálogo es muy abstracto.
Entonces cabe preguntar ¿Qué función tiene este pequeño diálogo del que no conoceremos a sus interlocutores, ni conocemos su contenido y que por ello es difícil de encajar para el desenvolvimiento de la trama?
La tercera de las respuestas se amolda más a su efecto: Para imprimir intensidad emocional a una escena. ¿Y cuál es el sentimiento que Joyce quiere intensificar en esta escena? El sentimiento de decepción que concurre en el ánimo del protagonista (y también en el del lector que le acompaña) ante su intento fallido en una situación decisiva para él. El diálogo se explicita entonces como un elemento del paisaje urbano que no atiende a la necesidad perentoria y sublime del protagonista y la desprecia con su naturaleza banal y despreocupada. Joyce nos golpea indirectamente con su cruda intrascendencia y derriba las ilusiones amatorias del protagonista que también son, llegando al final del relato, de alguna manera ya nuestras.
14 de julio de 2023
David Galán Parro