1
Una vez por semana, Itziar llama a Isabel, su amiga de la infancia, y habla largamente con ella. Cientos de kilómetros de tierra las separan. Dos o tres ocasiones al año son las que se permiten con mucha dificultad para encontrarse en persona; a veces a expensas de obligaciones familiares y trabajo. Los móviles suplen la distancia en los intersticios de ausencia.
Se conocieron en uno de esos remotos pueblos de interior de Extremadura en los que refluía la población trabajadora que emigró a País Vasco, Cataluña y Madrid en busca de mejores oportunidades y como niñas que eran entonces no conocían otra cosa que el juego en el caserón de la madre de Isabel o en los campos ardientes del erial extremeño, entre zarzales y alambradas.
Años después se verían en la canícula de las tardes somnolientas junto con otras allegándose a la sombra de las tapias de la iglesia a ligar con los muchachos que las pretendían con bravuconadas, chistes zafios y guitarreo. Isabel en esa época pasó a llamarse la Pim, de Pigmea. A diferencia de las demás no había dado el estirón y tenía el pecho plano y las caderas estrechas como si el tiempo no quisiera hacerla mujer. Además era ligeramente nariguda. Los muchachos la sentían con indiferencia y sin deseo, como una amiga, de manera que rara vez alguno se enrollaba con ella a no ser que anduviera muy borracho. Esas pocas ocasiones constituían la oportunidad y acaso la efímera felicidad de la Pim con un chico. Era la desesperada, la chica fácil. Itziar en cambio, más suspicaz, sabía guardarse y ser inaccesible. También lo valía, creían ellos.
En los siguientes años las muchachas afianzaron la amistad. Salían juntas a las noches de fiesta y verbeneo yendo del brazo inseparables y arrastrando con una botella de vino, cervezas y cigarros. Isabel era la que se emborrachaba casi siempre hasta caer e Itziar era la abnegada que le devolvía a casa. En aquellas salidas más de una vez por salvaguardar la mutua lealtad rechazaron y sacrificaron sus deseos de pretendientes apetecibles para ambas. Alguno las tildó por ello de boyeras pero no importaba. Tanto se querían que esa lealtad se volvió consigna de su amistad. Todo lo compartían y todo se contaban.
Hicieron estudio, trabajo y familia cada una como pudo en sus respectivos lugares de residencia. En los siguientes regresos al pueblo la vista de sus respectivos acompañamientos familiares informaba mutuamente y sin palabras confidentes del devenir amoroso de cada una. Noviazgos, separaciones, hijos, trabajos y preocupaciones se visibilizaban en los encuentros anuales en el pueblo. Esto en verdad, rezaba para todo el mundo.
Ahora, ya maduras y gracias a los avances tecnológicos, la comunicación es, como ya dije, semanal. Palabras, emoticonos, fotos y videos jalonan el intercambio afectivo entre ambas. Es el nuevo lenguaje al que pronto se hicieron como cabía esperar: jamás iban a quedar varadas en el tiempo como aquellas mujeres del pueblo que en su día las criticaban por sus aparentes hábitos disolutos. La conversación sobre sus vidas, anhelos, esperanzas y desdichas nació intensa siendo niñas y debe morir igual.
Al menos así lo siente Itziar.
Entonces un día, uno de sus mensaje no recibe respuesta. Sigue intentando el contacto pero es en vano ¿Estará enfadada? ¿Habrá perdido el móvil? Pasan dos, tres semanas y los mensajes se apilan vacíos; del otro lado un mutismo incomprensible que se le empieza a antojar irrespetuoso, aunque trate de arrojar de sí sentimientos negativos hacia la amiga. No hay señales de vida. Baraja, incluso, como no descabellada la idea de hacer un viaje y hacerle una visita personal para saber. Una sorpresa, de paso. Pero… ¿No será eso indiscreto?
Al mes recibe una llamada de un antiguo novio de Isabel, uno de esos a los que renunció para que la amiga, menos agraciada, lo disfrutara. «Isabel (le dice) está gravemente enferma» Parece ser que lleva meses así. Ya está en el hospital, pero no quiere trato con nadie. Él mismo en sus repetidos intentos de contactar ha recibido el incomprensible silencio por respuesta. Está desesperado. Como sabe en qué hospital se encuentra, viajará (él también vive lejos) para encontrarse con la exnovia. Ya tiene la maleta para salir. Intenta tranquilizar a Itziar. En cuánto sepa algo le informará. Entonces Itziar en un arranque de incontrolable desazón toma el móvil e improvisa unas sentidas palabras escritas: «Isabel, amiga, te quiero con todo mi corazón. Eres la persona más importante de mi vida. Siempre lo has sido. Quiero que lo sepas. Nunca la soledad vino a mi vida porque estaba tu abrazo, tu sonrisa, tu alivio. Mi amiga hermosa, mi Pim, ponte en contacto, conmigo. Si quieres., claro. Un beso enorme». Lo envía y dos vetas azules chivan que alguien al otro lado lo ha recibido y quizás lo ande leyendo.
Al cabo de dos días de incertidumbre un mensaje, escueto y contundente, golpea la pantalla en el móvil: «No vengas, Itziar, no quiere ver a nadie. Es imposible. Estoy volviendo a casa.» La amiga mira con horror el mensaje. Lo relee. Llama. Salta el vacío silencioso del contestador. No sabe cómo rellenarlo, qué decir. Es como estar en el centro de una habitación a oscuras con ganas de gritar el nombre de la amiga desesperadamente sin distinguir si para insultar o si para exigir explicaciones. Cuelga. Se agolpan en su pecho la incredulidad, la rabia, la impotencia, el desengaño ¿Quién es verdaderamente Isabel? ¿Por qué le ha ocultado su enfermedad durante meses? ¿De qué otras cosas perentorias y graves no le habrá hecho partícipe en su vida? ¿Le habrá presentado un escaparate falaz de si misma? ¿Por qué no quiere contar con ella para ofrecerle no la ayuda, casi siempre innecesaria, sino la posibilidad de ayuda? ¿Por que no confía en ella? «¿Por qué, Isabel, por qué me abandonas de esta manera? ¿Por qué no me das respuestas?…»
Pocos días después otro mensaje, también conciso, informa del fallecimiento.
2
Con la aldaba golpea la puerta del caserón encajada en un arco de medio punto; la misma puerta rústica por la que trasegaba cuando niña con la amiga en busca de juego o merienda. La tarde se demora y el sol repite su calor obstinado, quieto, aplastante de todos los años. Y lo repetirá así siempre, sordo a la desesperanza de los lugareños. Entonces una voz trémula quiere oírse a través de la ciega madera para calmar el apremio del visitante. Cede el postigo superior y un arrugado rostro casi masculino se asoma por él. Al principio no reconoce a la joven. Luego ensaya un nombre probable y la otra le corrige. El rostro anciano se ilumina, la mirada tambalea de emoción, unas manos trémulas se alargan hacia las facciones prietas de la visitante, la toman, unos mullidos labios amorosos se prodigan en las caras mejillas.
—Itziar, pasa, pasa,…
Muebles antiguos, bodegones en las paredes, orfebrerías varias. Se sientan. La anciana se acuna en su mecedora levemente, se diría a la espera de las consabidas palabras de pésame. Intercambian entonces retazos de información sobre el destino de vidas ajenas que poco o nada importan ya. Tal vez ambas lo hagan para reconciliarse con la idea del irremediable paso del tiempo y no lo sepan. Desde los portarretratos caras color sepia contemplan la conversación que se alarga y se detiene. La joven se ve sorprendida por la inusitada lucidez de la vieja en los vericuetos de sus historias. Su voz ya va goteando de puro cansancio.
Entonces las dos mujeres se miran. La anciana amasa la respuesta a la pregunta que intuye inminente.
—¿Por qué doña Julia…? ¿Por qué no quiso contar conmigo?
El silencio que se hace parece un testigo omiso, cobarde.
—No lo sé, mi hija. Sólo Dios lo sabe.
Entonces la joven reclina la cabeza en su pecho, devastada. Quisiera dormir para ahogar el sufrimiento. Vuelve a sus entrañas el ardor que sintiera el día de la triste noticia. Es el fuego de la rebeldía contra la ausencia de respuestas válidas. Es el orgullo herido que no ha aceptado el rechazo de su útil amistad. Es la impotencia de sentirse pequeña y vulnerable frente a la sinrazón y el arbitrio de la vida. Levanta entonces la mirada crispada hacia la anciana que oscila suavemente en su mecedora y encuentra en sus pequeños ojos enterrados una luz llena de calma, una comprensión e indulgencia infinitas. No puede entender su fuerza bajo ese cuerpo encogido, estragado por los años.
Los breves labios de la vieja intentan el consuelo:
—Itziar, hija mía, no estés enfadada. Isabel se fue con Dios sabiendo que tú la dejabas ir cómo ella quería irse. Se fue tranquila. Respetaste su última voluntad pese a tu dolor y eso te hace grande. Y debes estar orgullosa de ti. No pidas a nadie que te quiera según lo que tú entiendes por querer. Esto es pretencioso e injusto y provoca sufrimiento innecesario. El verdadero amigo no consiente jamás esto.
Itziar escucha. Sus ojos, anegados en lágrimas, arden.
Su corazón, ya no.
David Galán Parro
11 de julio de 2023