¿Dónde estas, madre, que no te veo?
¿Por qué te escondes en la reafirmación de la vida de otros?
¿Por qué insistes en perder tu voz? La necesito. Quiero escucharla. No le tengas miedo a mis consideraciones intelectuales y morales. Las arrojaré para ti, para que al fin sea tu voz hacia conmigo un sonido claro, contundente y definitivamente libre. Yo soy el producto de una época más ventajosa que la tuya pero eso no me otorga razones más ciertas.
No te hagas espejo de mi, ni de nadie. Yo al menos estoy hastiado de ver mi imagen a través de ti. No me asomaré a tu borde para eternizar la función que te hemos asignado, aunque la hayas pedido. A una madre hay que educarla para ser libre. Yo no lo hice bien, madre.
Eres un espejo en que se reflejan las necesidades, las ilusiones, las esperanzas, las ambiciones ajenas. Y tú no pareces querer ser otra cosa sino eso: un espejo al servicio vidas ajenas. ¿Qué pasará madre cuando no haya vidas que en ti puedan o quieran reflejarse? Sin utilidad te verás y añicos querrá hacerse tu cuerpo. No seas más por y para otros.
No sirvas más de espejo madre aunque te sientas perdida en el ocaso de tus años.
11 de marzo de 2023
David Galán Parro