La verja

La tarde en que lo supo estaba sentado en el césped contemplando la cordillera. Esta se veía mas allá de los cerros, ahora reverdecidos por la primavera y salpicados de arboledas que se perdían ladera abajo. La lejanía y la cegadora claridad azulaban la silueta de las montañas de tal manera que parecían levitar despojadas de su base terrestre, reducidas a casi fantasmal presencia, a elementos etéreos, libres. Una veta plateada ribeteaba el contorno: las cumbres estaban nevadas.

Entre aquel paisaje y él se interponía la verja. Sus grises alambres fragmentaban en rombos la vista y los postes entre los que se extendía el enrejado parecían medir el libre aliento de la hierba verde.  Pero ya se había acostumbrado a ello y no en cambio, al momento en que los gritos despreocupados de los visitantes del parque le arrebataban el sueño de la mañana o la siesta. Entonces se desperezaba y recomenzaba su turbio acecho a la caza de un bolso distraído en un banco, de una bicicleta tumbada en la hierba, de una cartera asomándose imprudente en el bolsillo trasero de un pantalón. Sabía que los días más propicios para la faena eran también los mas incómodos pues el parque se llenaba de tantos niños y jóvenes (ya no se sentía tal) que la bulla y el juego se hacían ofensivos, principalmente cuando asolaban y retozaban por aquella parte donde él se había finalmente apostado. Había elegido aquel límite del parque, bajo un sauce, para colocar la esterilla, las mantas y los bártulos traídos en su maleta ajada por el traqueteo inclemente de su carro rengo. Muchos eran los días que habían pasado desde su llegada, muchas las horas de sol y lluvia, muchas las noches a la intemperie. Ahora al menos el frío nocturno era soportable.

Aquel hermoso paraje tras la alambrada y el murmullo de la espesura sobre su cabeza no le daban la paz. Esperaba la noticia que Marta le traería. Era lo mínimo que ella podía ya hacer por él. Atrás quedaron los angustiosos años en los que la joven novia se desveló para arrancar de él un poco de cordura. Lo probó todo: ayudarle en sus estudios infructuosos, reducirle sus juergas bestiales, animarle a perderse en pequeños viajes en la caravana familiar lejos de las influencias que le desbarrancaban, y cuando las asignaturas de universidad agotaron su clemencia, buscarle modestos trabajos en los que asentara una mínima vida sencilla. Pero no. Esa no era su senda. Nada le colmaba el vacío del instante presente. Necesitaba el fango, las ortigas, la dura maleza que le desgarrara la piel, la pedregosa tierra con la que curtir sus pies lacerados. Era su destino: Ser un desarrapado de boca mellada, de tez demacrada y seca, de labios cuarteados, de mirada ingrávida, desfondada, de carnes macilentas que se arrastraban como fardo; era en suma, no más que un impenitente de treinta y cinco años succionado día tras día por un pico de heroína. Todo el amor que acaso le prodigaron de niño no refluía hacia nada ni nadie. El oscuro misterio de cómo se estraga la vida a sí misma se encarnaba en él.

Y sin embargo, Marta no le había abandonado del todo. Y menos en la difícil situación en que se encontraba ahora, de manera que acudía una vez en semana a aquella zona del parque para informar al ahora amigo, y cuando no podía, lo hacía a través de su amiga más íntima, acaso su novia.

Pero las noticias empezaron a no ser tan alentadoras y andaban apremiando la decisión que se resistía a tomar. Su negativa a visitar en el hospital a la madre moribunda no parecía aflojar del todo. Debía evitar el encuentro con los demás, con el hermano y la hermana prósperos y acomodados, para los que representaba una pesadilla viviente. Eso decía y Marta condescendía y le dejaba engañarse cada vez que se veían. Pero era la madre quien inspiraba en él el terror a la culpa que le destrozaba el corazón y le impedía presentarse. Marta lo sabía. La culpa de no ser el hijo esperado, el prodigio último de la educación refinada que le diera. Aún así, en aquellos días decisivos la joven intentaba derribar su obstinación y parecía que iba consiguiendo su propósito. Ninguna madre en el lecho de muerte podía rechazar a un hijo descarriado. Ninguna. La naturaleza viva o guarda a su prole o se extingue rezaba su creencia. La insistencia y una última amenaza con no verle habían mudado el parecer del infeliz y al menos pudieron convenir una fecha límite.

Ya se iba cerrando la tarde y él seguía sentado con sus ojos perdidos en la lejanía inconclusa y en la cordillera que levitaba por encima de la nubes quemadas. Aún rondaban despreocupados por allí, enamorados, niños y niñas, gente alegre y algo bulliciosa cuando sintió una trémula voz de mujer que le llamaba desde atrás. No se volvió. No quería volverse. Algo invisible gravitaba en el aire, la premonición, el presentimiento de algo atroz e irreversible, que contrastaba con la placidez del lugar. Pensó en los días que aún le faltaban para cumplir con la visita estúpidamente pospuesta. Casi podía contarlos. Una leve punzada se deslizaba en su bajo vientre.

—Antonio —oyó de nuevo. No era la voz de Marta. Él sabía que llegado el momento, Marta no tendría la frialdad requerida—-. Lo sentimos mucho, Antonio. Marta y yo… Tu madre… Te ayudaremos si te dejas, pero tienes que intentarlo, Antonio… Tienes que intentarlo…

La voz siguió destejiendo el discurso hasta que las palabras gotearon entrecortadas, hasta que diluidas fueron viento y hojas estremecidas y voces infantiles y ladridos y canciones lejanas y chapoteo de agua en fuente…

Cuando recobró vagamente la conciencia vio ante sí después de mucho tiempo la verja. Y la sintió como nunca la había sentido antes, o como quizá nunca alguien alcanzó a sentirla, con una repulsión, con una hostilidad que casi le quemaba el pecho: aquella maraña gris, aquella aberración metálica imponiendo un orden incontestable, aquellos finos hierros que parecían anticipar los absurdos barrotes de cualquier cárcel inminente, aquellos rombos que presagiaban el horror de su vida venidera. No. Su naturaleza en continua fuga, en continua rebeldía, no podía soportar aquel imperativo engendro de hierros hecho para su tortura moral…

—-Perdone, señor…

Ahora sí se volvió. Era un joven prendido a la delgada cintura de una chica quien le solicitaba.

—-Perdone ¿Sabe si se puede pasar al otro lado y tumbarse por allí?  —preguntó señalando más allá de la verja— ¿O está prohibido?

Entonces Antonio se incorporó lentamente clavando en el otro una mirada extraviada como si no entendiera, caminó hacia la verja y agarrándose con dolorosa crispación, comenzó a tironear de ella desquiciado mientras gritaba:

—-¡Sí! ¡Sí! ¡Claro que sí! Sí, pueden ¿Quién lo impide? Nadie lo puede impedir ¡Nadie!… ¡Mira! ¡Les ayudaré a salir!—-. Y tiraba y tiraba y la verja se desprendía por la parte sujeta a los postes, dejando una abertura—-por aquí, salgan, salgan, rápido, por aquí, afuera, afuera, afuera, no tengan nunca miedo, disfruten, vivan, están a tiempo, ustedes están a tiempo…

La gente comenzó a detenerse confusa en torno a la patética escena. Después de un rato una de las mujeres que la contemplaba horrorizada se apresuró a avisar al guarda que andaba por allí.

Cuando llegó la verja estaba prácticamente arrancada por aquel linde y algunos ya la habían traspuesto felices con botellas y guitarras. 

Antonio fue reducido a golpes y detenido. Seguía gritando, pero ahora llamando a su madre mientras lo llevaban a rastras.

David Galán Parro

13 de junio de 2023

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