El inquilino

El alba dibujó el resquicio distraído de la ventana y fue devolviendo a la alcoba su habitual penumbra diurna. Las viejas formas útiles del mobiliario  en torno al catre emergían cocinadas por la claridad indiscreta. Entrevió las severas lineas de las estanterías, del escritorio ocioso, de los libros amalgamados en los anaqueles; y como manchas abigarradas, la ropa desperdigada en montículos por doquier. Algunos de esos leales objetos le sobrevivirían a la noche profunda, sin retorno, que le reclamaba. El dolor no cejaba. Pronto la morfina le traería una vez más la paz efímera con la que el existir recobraría sentido. Recordó aquello que su madre le dijera alguna vez de niño: «Las despedidas definitivas eligen su momento cuando menos creemos». Postrado en el camastro, sin esperanza ni temor, una de ellas ya había elegido para desgarrarle del ejercicio de las letras y en la desgarradura habían quedado petrificados los libros donde miríadas de voces resonaban a través de los siglos y con las que construía para sí mismo un presente llevadero. «La escritura, esa desaforada pasión con que me hice idealista y con que desprecié a los allegados, a los de carne y hueso que se entregaban sin contrapartidas… Y en cambio ¡qué llenos de vida se me antojan mis criaturas! ¡Cómo las he amado sin medida en cada historia que inventé!», pensó «¿Acaso no es esto también una soterrada y lenta despedida en vida, pero una despedida invocada por la rutina intelectual y desapegada de uno mismo con los demás?» La claridad se desangraba ya al pie de la cama y trepaba desde allí hacia el cabezal al encuentro de su rostro estragado.

Unos pasos se insinuaron tras la puerta. Su hermana o su hija le acercarían esperanzadas y con cautela el frugal desayuno…

Entró en la alcoba. Unas cajas tapadas se alineaban bajo la ventana de la cual se habían quitado las contraventanas, el ajado marco aferrado al vano y las astrosas cortinas: ahora la diáfana luz de la mañana retozaba entre las níveas paredes dándole la bienvenida. No habían desamueblado. Se había decidido rescatar y sanear el escritorio y las estanterías: el palo santo era una reliquia prohibitiva. En cambio el catre fue sustituido por una cama doble: todavía ella era presa de las pesadillas propias de la edad y él acudiría a su vera solícito. 

De pronto una reminiscencia lo nubló al ver intacta la distribución del mobiliario. Era la desagradable escena de la noche en que se precipitaron las últimas palpitaciones del viejo. Lo recordaba enclaustrado a llave echada en aquella habitación entonces lóbrega; luego de forzada la cerradura, los infructuosos esfuerzos de sus miembros desvaídos tratando de zafarse de los tirones perentorios del enfermero, de la tía de Marta y de Marta misma. Fueron agotadores esos días postreros en los que el rechazo del viejo hacia su hija y el consiguiente llanto impotente de esta eran su tormento. Ver a Marta separada de su padre por el asco que el viejo se tenía hacia sí era demoledor. El alcohol en vida había triturado su escaso amor propio haciendo que el infeliz se impusiera un absurdo castigo egoísta que desoía las súplicas de los más allegados y que lo ajusticiaba por la vorágine disoluta y destructora que arrambló con todo y todos. En vano se perdió en la lectura de aquellos mamotretos anacrónicos donde decía encontrar la sabiduría humana legada y con ella el alivio a la insoportable ansiedad y vacío que le inspiraba el paso cotidiano del tiempo. Tampoco sus criaturas imaginadas pudieron sustraerle a la debacle final. 

Entonces una tímida voz a sus espaldas preguntó:

—¿Es esta la habitación, papá?

—Sí, Ana.

—¿Y quién dormía aquí?

—Un anciano al que tu tía le alquilaba la habitación por poco dinero. Ve y abre esas cajas.

La niña arrugó su carita en un gesto de extrañeza dirigido al padre y luego haciendo reposar su tablet sobre la madera bruñida del escritorio se preparó con curiosidad a iniciar el destape. Entonces su rostro se iluminó a la vista de los insospechados interiores. Adentro irradiaban sus risueñas muñecas, sus libros favoritos, los leves utensilios de su cocinita de plástico; todos esperando estrenar sus posiciones en la nueva habitación…

Y así, sin ambos saberlo, se iban lentamente cumpliendo aquellas premonitorias palabras que un día oyera de su madre el niño soñador que creció  terrible y atormentado.

David Galán Parro

29 de mayo de 2023

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