Al final del estrecho pasillo, tres peldaños casi escalera alcanzaban la puerta de acceso a la azotea. Por las mañanas mi abuela la abría y el arrastre del burlete y el chirrido de los goznes se oían por todo el caserón. Luego el aire fresco y la luz del sol inundaban el pasillo y las alcobas que daban a él. En una de ellas yo apuraba el sueño. «¡Arriba que los cuerpos se hacen gandules!» gritaba la vieja. Era verano y tiempo de vacaciones.
Durante el año mi abuela habitaba aquella casa, sola y huraña. Una robusta salud le permitía gobernarse sin ayudas por lo que rechazaba cualquier plan solícito de los hijos «Cada uno en su casa y Dios en la de todos», decía para defender esa soledad que la viudez le deparaba y que le era grata. Solo en verano yo era la excepción al dicho y ella cumplía con celo mis demandas infantiles.
Una mañana vinieron dos primos que no conocía y de los que alguna vez me habían hablado. «Mucho son para mis fuerzas. Con uno tengo. Ya hice lo mío y los años que me quedan pasan rápido» me confió rezongando en la cocina mientras preparaba el desayuno a la soldadesca como si fuera yo un oyente válido. Ya en la mesa mis primos y yo trabamos alborotada conversación. Estaba encantado. Aunque quería a mi abuela, pasar las horas con ella era aburrirse.
Éramos Carlos, el menor, que contaba con cinco años; yo, con siete, y en clara ventaja, Chema, con diez. Las diferencias naturales marcarían la jerarquía entre nosotros.
En las primeras horas del día el juego transcurrió afuera en la calle, frente a la casa, zangoloteando de esquina a esquina, trastabillando con el rudo empedrado, discutiendo por pelota o bicicleta. Pasadas las dos, mi abuela salió al balcón y anunció en un grito el almuerzo. Su mal humor no cejaba y no quería esperar.
Durante los juegos, Chema me había inspirado cierta desconfianza: hacía cosas imprevisibles como devolverme los pases con inusitada fuerza o jalarme de la camisa desaforadamente en los regates; o cosas arriesgadas como encaramarse a lo alto de las tapias y caminar por las albardillas. Luego se paraba y embelesado miraba un nido de pájaros sobre el cableado; o bajándose de la tapia se aparejaba a la marcha de un carricoche para contemplar, con deleite o como si le fueran familiares, las sonrosadas caras de bebé que se asomaban por el hueco del capacho. Parecía encontrar en ellas un remanso a algo que bullía dentro de él, incontenible.
Entonces, al término del almuerzo, nos miró. Carlos, demasiado pequeño no se apercibió de esa misma expresión comprensiva con que Chema observaba los pájaros o las cara de los bebés. Aprovechando que la abuela se perdió hacia la cocina, esbozó además una pícara sonrisa.
—-Hoy es un día especial —-dijo en un susurro—-. Tenemos que prepararnos para un viaje importante.
—-¿Un viaje? ¿Ahora? —-pregunté yo con cierta incredulidad.
—-¿A dónde? —-preguntó Carlitos con los ojos muy abiertos.
—-Eso lo verán después. Primero tenemos que entrenarnos y ponernos la ropa para el viaje.
—-¿Y abuela vendrá? —-volvió a preguntar el pequeño.
—-No, abuela no debe enterarse —-dijo Chema. Carlitos abrió la boca en un gesto de emoción; luego sonrió con complicidad, mirando a los lados por si ella aparecía—- Nos iremos pero estaremos cuando no nos eché en falta, durante la siesta
—-Entonces será un viaje rápido ¿no? —-dije yo.
—-Sí.
—-¿Y cómo iremos? ¿En bicicleta? —-proseguí
—-No —-y me mantuvo esa mirada retadora de quien se guarda una carta decisiva.
Al llegar la hora convenida fui a hurtadillas a la habitación donde Chema y Carlos compartían cama. Los encontré en pie esperando mi llegada.
—-¡A entrenar! —-urgió Chema y se tumbó boca arriba. Con las manos en la nuca comenzó unos abdominales, insólitos movimientos a los que no daba nombre entonces. Intenté acoplarme a su ritmo y al instante Carlitos me secundó. Eramos réplicas desacompasadas de los movimientos precisos de Chema. A continuación le imitamos en lo que serían las sentadillas y las flexiones. Estábamos ya tomándonos el asunto muy en serio.
—-Ahora a ponerse el traje —-dijo Chema y salió de la alcoba. De vuelta traía una tijera de cocina y sacando de debajo de la cama unos sacos de esparto se puso a confeccionar a tijeretazos dos sisas y un cuello en uno de ellos.
—-Hagan lo mismo —-ordenó y me extendió la herramienta. Cuando acabé con el mío seguí con el de Carlitos.
—-Estos trajes son necesarios para el viaje —-dijo mientras iba asomando su cabeza por el roto que hacía de cuello. Una vez vestidos con aquellos rudimentos de esparto, Chema nos ordenó salir al corredor y de allí, a la azotea.
—-Es hora de entrar a la nave.
Yo no veía nave alguna, solo la pérgola con su lona de cuero raído, un mobiliario de plástico bajo ella formado por dos hamacas y una mesita cuarteadas, y el tendedero con sus lineas oxidadas en las que mi camisa y mis calzoncillos lavados se venteaban con frenesí.
—-¿Qué nave, Chema? —-pregunté.
—-La nave —-y señaló el baño exterior que mi abuelo, ya harto de descanso entonces, había construido ilegalmente en uno de sus arranques activos no tanto para agradecerle a la vida como para conjurar de ella su último suspiro. Aquella estrecha dependencia que hizo de baño auxiliar solventando urgencias inoportunas en otros tiempos en los que en la casa retozaba o trajinaba la vida era ahora un mamotreto de paredes mal enjalbegadas que no tenía uso cierto.
Adentro convivían felices el lavabo, el inodoro, la ducha con una sucia cortinilla de flores estampadas y una lavadora vieja que mi abuela había desterrado allí por achacosa. Sobre la taza del inodoro, a la altura de la testa de un adulto, aparecía suspendido el depósito de la cisterna y una cadenita colgaba delicadamente de la palanca que accionaba el flotador en su interior.
Entramos. Chema cerró la puerta y pasó su pestillo; luego un único ventanuco. En aquel avaro ámbito, los tres éramos multitud. Había que organizarse según él. A mí me asignó estar de pie dentro de la ducha, a Carlitos cogiéndolo por las axilas lo encaramó sobre la tapa de la lavadora inútil y por último él se sentó sobre la que clausuraba la taza del váter.
—-Bien muchachos, ha llegado el momento. Estén callados y muy quietos. Cualquier movimiento brusco dentro de la nave puede abortar la misión.
Hicimos silencio. Afuera un pájaro piaba ignorando la consigna de mi primo
—-Cada uno tiene algo que hacer en esta misión. A ti te toca tripular el vuelo —-y tironeando del tubo suelto del desagüe de la lavadora se lo alcanzó a Carlitos que lo asió por un extremo a modo de mando.
—-¿Y yo, qué hago? —-pregunté desconsolado.
—-Tú, esperarás a que yo termine de inspeccionar el exterior. En caso de que no vuelva saldrás a mi rescate.
—-Pero a mí no me gusta esperar. Es aburrido. Yo quiero salir a inspeccionar contigo.
—-No, iré solo. Soy el capitán de la nave y es una orden. ¡Silencio que vamos a despegar!
Entonces, allegó una jabonera a la boca y hablaba y chistaba como si se comunicara entrecortado con los operarios de una base de control. Cuando los de allá le dieron permiso, inició la cuenta atrás del despegue:
—-…tres, dos, uno… ¡CERO! —-y agarrando la cadena de la cisterna tiró de ella como si fuera lo último que hiciera en vida.
El estrépito de la tromba de agua sumiéndose por el bajante hacia el turbio infierno se me antojaba convulsionando las paredes del baño. Carlitos se tapaba los oídos y Chema me miraba alucinado. De repente se incorporó con un salto y levantando la tapa del váter nos gritó fuera de sí:
—-¡Rápido, rápido, vengan, chiquillos y miren cómo nos alejamos de la Tierra y nos acercamos a la Luna —-e hizo que nos asomáramos a la taza blanca y bruñida.
Estábamos fascinados. La tromba de agua se perdía en la oscuridad del vacío sideral y nos impulsaba en aquella penosa construcción de mi abuelo hacia lo remoto inexplorado para convertirnos en los dignos precursores de un mañana infinito y sublime.
David Galán Parro
1 de junio de 2023