El estercolero humano

Pintura «La muchedumbre» de Enrico Gasparri.

En un estrecho círculo de amigos íntimos, alcancé el ecuador de mi vida aprendiendo un código de palabras a las que dotábamos de un terrorífico contenido moral: Amistad. Sinceridad. Lealtad y traición. Bajo y elevado. Superficial y profundo. Apariencia y esencia. Vitalidad y decadencia. Espíritu fuerte y espíritu débil. Verdad y falsedad. Luz y oscuridad. Bondad y maldad. Mediocridad y excelencia. Trascendencia.

Con todas ellas trataba de hallar sentido, orientación, objetivo, estímulo, actividad a mi vida, a la vez que me daban la vertiginosa sensación de volar por encima de mis semejantes y de compartir con mis camaradas una altura desde la que avistábamos el mundo y lo enjuiciábamos de acuerdo al código. Todo fue devastación. La multicolor diversidad de sensibilidades se nos antojaba un estercolero de personas fracasadas, débiles, abúlicas, pusilánimes, previsibles, mediocres, inconscientes y cobardes.

Un día descubrí que pese a tener un mapa por el que guiarme y una teoría sobre cómo seguir volando, mi motivación y mis fuerzas estaban en un punto cero. Esa sensación de volar se reveló ilusoria. Muchos fueron los años en que delegué en mis amigos iniciativas, objetivos y motivaciones sin hacerlos propios. Entre el mundo y yo, estaban sus voces terribles y anacrónicas dictando las palabras que deformaban mis más inconfesados sentimientos, mi propia visión de mi mismo. Sencillamente me había dejado secuestrar la voluntad y el destino porque durante muchos años fue cómodo y cegador como lo es para un niño o un hombre que teme crecer.

Comencé pues a precipitarme a tierra y caí en lo que aún consideraba un inmundo estercolero humano.

Las palabras aprendidas quedaron vacías. No servían para mi nueva etapa. No servían para reconocerme puesto que se volvían ahora contra mí, implacables, con la misma saña con que yo las blandiera contra otros. Ahora vivía en el estercolero.

Entonces recordé la palabra con la que desde el estercolero se nos llamaba cuando sobre el cielo nos divisaban creídos, imponentes y acendrados: «la secta» 

Y a partir de aquel momento la palabra hubo de recorrer su insospechado camino: de dentro a fuera de mí, de lo íntimo a lo público.

Primero, fue la innombrable. Decírmela era sentirme traidor. Podía escuchar la recriminación inmediata con sólo asomarla a mis labios: «Te hemos dado todo lo que eres. Deberías mostrar lealtad y agradecimiento» martilleaba en mí. Mis nuevas amistades la decían y yo me sentía aún ofendido y llamado a defender a mis viejos camaradas.

Luego dejé de sentirme ofendido y responsable de mi silencio al escucharla en otros.

Luego pude balbucearla con la cabeza gacha sintiéndome traidor.

Luego pude mentarla mirando a los ojos de mis interlocutores sintiéndome limpio.

Hoy proclamo (su tiempo me costó) esta cruda evidencia y en la proclama se vuelve evidencia mi liberación: «Pasé media vida en una secta. En ella fui un despiadado sectario. Aquello era y sigue siendo el único y real estercolero».

David Galán Parro

25 de mayo de 2023

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