Soy un niño febril en el asiento trasero del coche de mi padre. Rodamos por la autopista. Él y la prisa rigen al volante. El aire bracea en todo el habitáculo trayendo una ligera sensación de riesgo. Veo los otros coches rebasados por la potencia que imprime mi padre a la máquina. Es la más veloz del mundo y mi padre el más decidido de todos. Admiro secretamente su osadía. Atrás van quedando coches torpes y distraídos. Los veo perderse por la luneta trasera y a veces me permito un gesto cruel, una peineta. Anhelo la victoria, la llegada única a una meta que nos aguarda en el horizonte. Me vuelvo hacia delante y miro por el parabrisas. Entonces vuelvo a sentir la inevitable y cíclica decepción: Siempre el intento infructuoso. No somos los primeros y nunca lo seremos. Torpes y distraídos los otros que no alcanzamos siempre nos vencen.
David Galán Parro
18 de mayo de 2023