Todo por tu bien, Estela

Las paredes lucían un rosa cálido y en ellas había pequeñas láminas con princesas y unicornios. Sobre un anaquel un par de orondas muñecas sonreían satisfechas al visitante. Todo en la habitación se entregaba al sosiego que ella necesitaba para reconcentrarse en su juego inocente. Arrellanado sobre un mullido puf al pie de la cama, él aguardaba. La niña le daba la espalda. Solo los leves estremecimientos de su fosco cabello rizado insinuaban el diligente y amorosa trajín en el que se prodigaba para él yendo con sus manos juguetonas del horno a los fogones en su cocinita de plástico. Se volvió, toda ojos puros y cristalinos, para ofrecerle en un platito sus manjares incomibles, solo comibles en su tierna imaginación. Él se sentía emocionado y triste a la vez. Era el invitado especial; el tío desconocido de vida nómada por el mundo que papá y mamá habían convenido que viniera a visitarla por vez primera aquella noche.

—Tu cena, tío Tony.

—Gracias, Estela. Tiene muy buena pinta ¿Y quién te está enseñando a cocinar? —-dijo él simulando que pinzaba algo del plato y se lo llevaba con deleite a la boca— Lo haces muy bien. Está muy rico.

—Papá me enseña. Él sabe cocinar cosas muy ricas. Me gustan mucho. A mamá también le gustan. Él dice que siempre nos hará cosas ricas porque quiere vernos contentas. Y cuando llegue Cristian, también a él le preparará cosas ricas.

Una joven voz de mujer se escuchó trepando por el hueco de la escalera:

—Estela, cariño, deja que el tío Tony venga a cenar. Ya seguirá luego contigo.

La niña hizo un gesto de fastidio y Tony se levantó no sin antes regalarle una forzada sonrisa. Era lo mínimo que podía hacer. Quería besarla pero tal vez no fuera oportuno el gesto. Salió.

En el comedor, todo estaba ya dispuesto y Tony encontró a la madre escanciando el vino en dos copas.

—Para mi solo un poco, Vivian; tengo que conducir.

—Y para mi nada. Tengo que cuidar de él —y se acarició la avanzada  tripa  —Son órdenes del médico. 

—Imagino que en estos meses todo te ha ido igual de bien. Eres una mujer fuerte para estas cosas —añadió Tony esbozando una lacónica sonrisa. 

Entonces un hombre maduro de complexión atlética y barba   cuidadosamente rasurada entró. Portaba una bandeja tapada que colocó en el centro de la mesa. De unas aberturas en la campana metálica se escapaban hilachas de humo.

—Leo, mi amor, la ensalada que preparé está en la nevera pequeña. Tráela —el hombre salió diligente— Entonces Tony… —comenzó— ¿Cuáles son tus planes a partir de ahora?

—¿Mis planes?

—Sí. A trabajo me refiero ¿Has pensado algo?

La ensalada llegó y fue depositada junto a la bandeja humeante y luego esta, destapada. Un suculento pollo horneado se bañaba en su jugo seduciendo a los tres comensales. El marido fue troceando y sirviendo.

—Bueno…sí…Frank… En el taller de Frank puedo ayudar a conseguir los repuestos. El negocio le va bien y creo que necesitará a alguien que le haga ese trabajo. Muchas veces se le van las mañanas para conseguir las malditas piezas en los desgüaces cercanos y se retrasa en los arreglos. Ahora mismo las piezas de primera mano están prohibitivas y a él le interesa bajar el precio abaratando los repuestos…

—Me estas hablando de Frank, tu hermano pequeño, ¿no? —le interrumpió ella.

—Sí. Él puede darme ese trabajo.

—Ya

Se hizo una pausa en la que el filo de los cubiertos hacía tintinear la porcelana de los platos mientras desmenuzaban las presas de pollo. Tony entonces se interesó por la vida doméstica de Estela: cómo había sido su recién incorporación al colegio; qué amiguitos tenía; qué actividades hacía con abuelos, tíos y primos; si había conseguido montar en bicicleta o estaba aprendiendo a nadar,… Interrogaba con una avidez que Vivian colmaba pacientemente detallando las respuestas.

Se hizo otro breve silencio en el que ya se apuraban los restos del asado. Entonces el marido dijo condescendiente:

—Tal vez me haya quedado un poco seco.

—No, ha estado estupendo —se adelantó Tony

—¿Y tu madre Tony? —preguntó Vivian de improviso.

—¿Mi madre?… Murió… un cáncer en el páncreas. Era ya tarde cuando le fue detectado.

—Lo siento Tony. No sabía ¿Cuánto hace de eso?

—Cuatro años. Estuvo un año y medio luchando. Mi situación no ayudaba a su recuperación. Le deprimía mucho. Lo pasaba mal. Llegó un momento en que ya no pudo visitarme. Tampoco yo deseaba que lo hiciera. Por suerte en ese tiempo Frank le pudo conseguir una cuidadora. Estuvo bien atendida hasta el final. No alcancé a verla. La chica cogió amistad con Frank y luego intimaron. Y ahí están… esperan un hijo.

—¡Vaya, me alegro mucho por él, de verdad. ¡Felicítale de mi parte!

—Sí, a él le han ido bien las cosas…

—Y a ti pronto te empezarán a ir bien, Tony, ¡seguro! Leo y yo hemos estado hablando del asunto. Lo hemos meditado mucho. Vamos a ayudarte. Pasarás ahora por un periodo de adaptación. Empezarás otra vida. Necesitas trabajo. Nuevas amistades. No te podemos dar lo primero pero sí lo segundo. Y lo más importante: podrás venir a ver a Estela. Siempre que quieras. Será bueno para ambos.

Tony callaba y se hizo de nuevo un silencio en el que la lejanía abstraía la estridencia de unas sirenas de policía viniendo desde los barrios aledaños. Ultimamente estaban siendo frecuentes en aquellas calles, más conflictivas y castigadas por el azote de las bandas. La guerra, decían, había regresado y el patrullaje policial venía a rememorar viejos tiempos. Ellos, de momento, estaban a salvo, o eso creían, aunque ninguna precaución era superflua: el vecindario había decidido contratar una empresa privada para reforzar la seguridad.

—Además de esas nuevas amistades puedes recuperar aquellas de tu época de instituto…—prosiguió Vivian en un afectado tono animoso y comenzó a explayarse en el repaso de las antiguas amistades aún receptivas; y en las divertidas anécdotas en que la inconsciencia juvenil daba vivos colores a sus vidas— El otro día me tropecé con Margaret ¿te acuerdas de ella? Le dije que te había visto. Se acordaba de ti… Siempre le gustaste… Ahora lo dejó con aquel ferrallista… Bebía demasiado… Es solo recomenzar el trato. Disfrutareis. No pretendáis nada… o sí,… ¡Oh perdona! Hablo como si fuera tu madre,…

Volvió el silencio. La ensalada ya sobrevivía escasa en su fuente.

—Sí, Tony, tienes una nueva vida por delante —apostilló de repente el marido. Entonces Tony se quedó mirándolo. No podía creer que aquel hombre le hablara de aquella manera. Tenía que ser una premeditada pose; algo con lo que esconder la inseguridad que le inspiraba la aparición repentina de él en la vida de su familia.

—¿Estás bien con Vivian, Leo? —y la pregunta rezumaba desconfianza.

—¿Cómo?

—¿Que si estas bien con Vivian? ¿Y con Estela? —insistió Tony

—¿Por qué me preguntas eso?

—Quiero asegurarme…

—¿Asegurarte de qué, Tony? ¿De qué? —intercedió Vivian con acritud.

—De que todo irá bien para Estela y para ti.

—¿Y quién te da el derecho a tutelarnos?

Tony agachó la cabeza.

—-Es mi vida, Tony, y yo la elijo con sus errores y aciertos.

La mirada recriminatoria de Vivian caía sobre él. Permaneció un momento así, como rumiando algo. Al cabo de unos segundos levantó el rostro y la miró. Ella no esperaba ni su mirada ni su voz suplicantes:

—Prométeme al menos que le dirás algún día la verdad.

—Pero ¿cómo se te ocurre pedirme eso?

—Prométemelo, por favor, Vivian,…

—¡No me puedes presionar, Tony! Eso es algo que no toca decidir ahora.

—¿Y cuándo entonces, Vivian? Solo prométeme que lo harás algún día, por favor, Vivian…

—¡No, Tony! No tienes derecho a pedirme eso…

—Hemos pensado que… —intentó moderar Leo.

—¿Cómo que hemos? Es Vivian quien decide. Tú qué pintas en esa decisión.

—¡Pinta, Tony, pinta!… Porque con él comparto mi vida y eso lo decido también yo… ¿Cómo puedes salirme con esto Tony? Intentamos ayudarte todo lo que podemos…

—¿Ayudarme? Mejor decir compensarme.

—Pero… ¿Te estas oyendo, Tony, por el amor de Dios, te estas oyendo?… —gritó ella ya sobrepasada— ¿Acaso somos responsables de tu situación? ¿Acaso te debía pedir permiso para rehacer mi vida con quien yo quisiera, Tony? ¿O para educar a mi hija? ¿Cómo puedes llegar a retorcer de esa manera nuestras nobles intenciones? ¿Cómo puedes…?

Entonces Tony sintió que todo se desmoronaba irremediablemente en su interior. La vergüenza y el asco hacia sí mismo le volvían a embargar y aunque estaba acostumbrado a esa sensación (acaso la había sentido cada segundo de su vida) ahora era más lacerante si cabe porque Vivian, y no él, entonaba el reproche.

—Tranquila, cariño —intercedió Leo— Son muchos sentimientos encontrados. Tony, intento ponerme en tu lugar, de verdad. Tienes que dejar que Vivian se tome su tiempo y sea ella quien dé los pasos si quiere hacerlo. Y si en el futuro Estela conoce la verdad será con la madurez adecuada para comprender y aceptar. Lo importante ahora es que ganes poco a poco la relación con ella. Y la ganarás. Te vamos a apoyar. Ten paciencia.

—¡No puedo tenerla!… ¡No puedo!… —y su voz se tornaba lastimosa.

—¡No digas eso, Tony! Vas a empezar una nueva vida que lo facilitará todo. 

—¡No! ¡Ella nunca sabrá!… ¡Nunca sabrá!…—dijo mientras se desbordaba en lágrimas amargas. Entonces arrastró la silla hacia atrás, doblándose como si un dolor punzante le atacara el bajo vientre. Reclinó la cabeza y se atenazó en gesto crispado las rodillas. Estuvo así, desmoronado unos minutos al cabo de los cuales fue apaciguando el llanto. Luego liberó el nudo de sus brazos, se incorporó y excusándose, se levantó para ir al baño. La pareja esperaba en la mesa. Comprendían que todo debía suceder de aquella manera. Era normal que Tony se sintiera así. Tenían que asumirlo con templanza y cautela. Las cosas estaban recomenzando para él y debían ayudarle a salir adelante. Todo se hacía por el bien de la niña. Y de él.

Al volver del baño vio a Estela junto a los padres. Tal vez al escuchar el llanto, la curiosidad y una sensación de desamparo le habían empujado a acudir al encuentro de los adultos.

—¿Quieres que Tony te acompañe de nuevo al cuarto y le enseñas más   cosas? A él le va a encantar— decía ahora repuesta Vivian con los ojos aún vidriosos por la tormenta recién acaecida. 

La niña aceptó y tomando la mano de Tony fue con él por el pasillo de vuelta a la habitación…

Al llegar la medianoche, Vivian lo acompañó hasta el vestíbulo. Exhaustos, se miraron con pasado ¡Qué otra cosa no podía hacer ella sino perdonar! ¡Cuánto sufrimiento había tolerado por sobrellevar con él una vida que no cuajó! Ni siquiera la precipitada venida de Estela la iba a detener en su decisión irrevocable de abandonarle. Los hijos, le dijo en aquella ocasión, no son rehenes de nuestras falsas esperanzas. Y él no alcanzaba a aceptar entonces y no iba a hacerlo nunca y no iba a cambiar. Ni siquiera ahora cumplida ya su condena. Pero esto Vivian no lo sabía. O quizás sí y se engañaba y presentía…

Se despidieron. Al cerrarse tras él la puerta sintió de golpe la inmensa tristeza del momento. Encendió un cigarrillo, se arrebujó en la chaqueta para rehuir el frío y descendió por la pequeña escalera de entrada bajo el soportal. Se le vino a la mente la última vez que vio a Frank. Fue a través de la mampara del penal hacía dos años y entendía ahora que nunca sabemos cuán definitorias son algunas despedidas o en qué insospechado momento cumplen con su cometido. Entonces dos sombras en la acera opuesta salieron a la mácula luminosa que vertía una farola. Se recortaban a contraluz pero aún así Tony los reconoció. No se inmutó. Eran tal como los imaginaba. No iba a huir. Se acercó.

—Es la hora, Tony.

—Bien, adelante.

Lo conducirían a un lugar recóndito y allí resolverían con discreción lo pactado. 

Respetada su última voluntad, él tenía que cumplir con su parte sin sospechar que todo lo que iba a acontecer entonces le allegaría la bruma irreal de un sueño, el cariz de una melancólica despedida, el inusitado sentimiento de ser al fin digno pedazo de algo eterno y sublime.

6 de mayo de 2023

David Galán Parro 

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