Tengo impresiones débiles

Debo ajustar mi visión de mi mismo a cómo realmente soy, siempre que me percate de ello. Aceptar lo que soy y ponerle nombre a todo según su contenido de verdad.

Tras la última clase de Filosofía, su director, Francisco Umpiérrez, me pide en un mensaje: «De las cosas que leemos o vivimos podemos decir si nos ha llegado al fondo de nuestro ser o nuestra alma, o si, por el contrario, todo ha quedado en la superficie» y luego me pide que exprese con total sinceridad, sin caer en la complacencia con él, cuántas cosas o aspectos de esa reunión me han llegado al fondo del alma, bien porque me hayan impresionado o bien porque me han tocado la sensibilidad.

Francisco habla de fondo y superficie del alma. Quiero ajustarme a lo que me pide pero compruebo que en mí la relación entre superficie y fondo tiene una característica de la que nunca antes me había percatado: Todo lo que llega a la superficie, todo lo que se imprime en ella, se produce de forma débil. Todo lo que llega no me impresiona, no me convulsiona, apenas me mueve a actuar en uno u otro sentido, no se queda de forma inmediata como contenido en el que pensar de manera recurrente. Me llega a la superficie y lo aparto con prontitud. Pero que yo lo aparte no quiere decir que no quede en mi. En la superficie están y ahí flotan como viejos navíos endebles a la espera de zozobrar. Y en efecto lo hacen: se sumen lentamente, sin urgencia, dejando un rastro enriquecedor en mi, para finalmente ir sedimentando ese fondo turbio que yo pensaba era esquivo a la impronta de mis débiles impresiones.

He aprendido algo de mi naturaleza psicosocial que me libera (no debo desesperar): Soy un hombre de impresiones débiles y sin embargo, estas impresiones que tocan primero la superficie van al fondo con el paso del tiempo y terminan formando parte de un vago interior espiritual.

David Galán Parro

30 de abril de 2023

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