Muchas veces me encuentro con el problema sobre qué escribir. No tengo historia, o si la tengo no puedo enfocarla hacia un tema. Otras veces no hay una idea definida sobre algo. No hay una posición frente a algo. estoy perdido. La sensación de vacío me embarga. Me desespero y me frustro. Pero quiero y tengo que ser productivo. Tengo que llevar a cabo mi actividad y hacerla con un nivel mínimo de estímulo, de entusiasmo.
Tengo la impresión emotiva que me ha dejado un cuento de Chejov. No se ha desvanecido todavía. Esta la representación en mi mente de una de sus intensas escenas: Un médico y su mujer acaban de perder a un hijo de seis años que muere de forma dramática tras una dura y larga enfermedad. La mujer esta postrada al lado de la cama y reclinada sobre el cadáver del hijo. Están devastados. La casa está silenciosa y desolada. Los criados han sido retirados de la casa. Tocan al timbre y el mismo médico es quien acude. Alguien le requiere sus servicios. Está desesperado: su caso es urgente. El médico le informa sobre el luctuoso hecho que acaba de acontecer y se niega a ofrecer ayuda. Sigo leyendo y comienza la escena que transcribiré. La fuerza emocional esta entre lineas. Vuelvo a la escena y reeleo. Es impresionante cómo el dolor apresa a los personajes y se aferra a ellos hasta lo inhumano. Ya tengo la motivación, el estímulo. Es el momento de arrancar y me dispongo a reescribir el trozo de texto, con una representación clara y con un alto nivel emocional dentro de mi. Estoy agarrado al contenido. Busco la expresión, el estilo, el tono, en los que moverme. Es mi voz narrando lo que Chejov ha dejado dentro de mi.
Ha nacido un nuevo procedimiento…
11 de abril de 2023
David Galán Parro