El interrogatorio

a Marcos Hernández Bolaños

1

Ascendió por una escalinata a la planta superior del edificio oficial. La serie de corredores y dependencias que a su paso dejó era laberíntica y oscura. En ella, hombres y mujeres sin rostro, casi sombras, se aglomeraban sentados en las ringleras de sillas plásticas a la espera de ser atendidos en los departamentos. Él sin embargo no tuvo que esperar. Tras la puerta ligeramente entornada una voz imperiosa mentó su número. Entró. Las siluetas de dos funcionarios a los que la penumbra igualaba el rostro se recortaban detrás de una mesa metálica. En un extremo de ésta, uno de ellos tecleaba concentrado en un portátil. Hacía frío en la sala.

—¿Nombre?

—Manuel Benavides López.

—¿Edad?

—Cuarenta y tres años.

—Vaya, se conserva usted muy bien. No le castiga mucho el destino. Vida almibarada. De tener callos en sus manos no será por picar piedras…

—¿Cómo? No entendí

—No importa ¿Situación sentimental?

—¿Estoy obligado a responder a esto?

—¡Auxiliar, tome nota! En «Resistencia a la autoridad», de momento, falta leve —ordenó al subalterno para de inmediato seguir— ¿Soltero, casado, separado, divorciado, patriarca de un harem, macho alfa en una licenciosa comuna hippie…?

—Soltero… soltero… pero tengo una chica.

—¿Y cómo se entiende eso, amigo? Dígame ¿En qué trabaja?

—De oficinista administrativo…

—Las oficinas están llenas de hombres como usted y como ellos estará bien abastecido ¿Desde cuándo padece el problema?

—¿Problema?

—¡Anote, pinche! —urgió de nuevo al subalterno— De momento, máxima nota en el apartado «Falta de autorreconocimiento de transtorno compulsivo» —-y volviéndose hacia el otro— Sí, amigo, me ha oído bien: Pro-ble-ma… ¡y gordo!

—Eh…bueno…desde los catorce… más o menos…

—¡Madre mía! Usted es de la vieja tropa ¡Qué espécimen de generosidad masculina nos brinda la naturaleza! ¡Auxiliar, quitémonos el sombrero ante tal eminencia! Seguro que ya las chicas en su época se andarían fijando en sus granitos delatores al borde de los labios, ¿eh?

—¿Granitos?

—Sí, bueno, usted sabe… no se haga el nuevo— y le guiñó un ojo cómplice a la par que le sonreía maliciosamente para confraternizar con él. Éste creyendo encontrar algo de comprensión en el funcionario confesó:

—Bueno… una prima mía, sí,… algún comentario cruel hizo en su momento.

—¡Menuda su prima, tan joven y tan experimentada ya! —rió— ¡Quién fuera joven para vérselas con ella…! Y dígame, ¿Cómo empezó la cosa?

—Los amigos…

—¿No me diga que usted era de esos que en manada se lo montaban?

—¡No, no,… nunca participé en nada de eso! Ni siquiera en los intercambios de material explícito que entre ellos se hacían. Me mantenía al margen…

—¡Ah viejo zorro! Para parecer más casto y espiritual y sentirse por encima de la vulgar masa pueblerina ¿no? Usted es de lo peorcito, amigo…

—Bueno no lo hacía con esa intención…

—Es de lo peorcito, amigo, y punto. Mucha represión la suya. Va muy mal: acabará persiguiendo niñas a la salida de un instituto de secundaria, ya verá.

—Jamás pensaría tal cosa…

—Ya. Y dígame ¿Sabe por qué le hemos convocado, verdad?

—No, exactamente. Yo sólo obedecí al requerimiento oficial que en la pantalla de mi ordenador salió de forma imprevista en la tarde del 16 de marzo y que me emplazaba a este lugar y hora. Dí mis datos en la entrada y efectivamente el requerimiento se había enviado desde estas oficinas.

—Buen chico… buen chico… no hubo que emplear agentes, ni patada en la puerta… sobre todo: Co-la-bo-ra-ción ¿Sabe a quiénes representamos mi subalterno y yo?

—No.

—¿Le suena la DOEAPPS, Departamento Oficial de Eliminación de Adicciones Potencialmente Peligrosas para la Sociedad?

—No.

—Pues me place comunicarle oficialmente señor Benavides que a partir de hoy lo sabrá por exceso: va a sentir nuestro aliento caliente en su cogote. Ya hemos elaborado su ficha tras un previo rastreo de sus movimientos en la red y le encantará saber que es usted un firme candidato a la supervisión continua y exhaustiva de nuestro insigne departamento. Sentirá el hocico de nuestros sabuesos entre sus glúteos. Pero no se preocupe, todo será beneficio, ya verá, si no para usted al menos para la sociedad.

—¿Se me acusa de algo?

—¡Pinche, en «Actitud Retadora» ponga un excelente!—y volviéndose de nuevo al interrogado le espetó— ¿Ha hecho algo que pueda y deba decirnos?

—¿Qué deba decirles? Si ni siquiera sé qué constituye para ustedes un hecho delictivo.

—¿Quiere salir de dudas, señor Benavides? Tenga en cuenta que nuestro ámbito de acción es amplio pues incluye lo potencialmente peligroso para la sociedad. Y eso se cuantifica. Los algoritmos no fallan. Cierto número de visitas al día a webs monotorizadas por nuestro departamento son reconvertidas en datos informativos que evaluados por unos indicadores objetivos de riesgo son enviados a la centralita de nuestras oficinas y rebasado el límite, la consabida ventanita oficial se tomará automáticamente la molestia de requerirle en la pantalla de su ordenador ¿Va entendiendo?

—Más o menos. Pero también entiendo que no se me puede acusar de nada.

—Claro, pero se le preacusa, usted es un elemento sospechoso. Esta ahí, entre el sí y el no, caminando en el filo, en el área potencial y bordeando peligrosamente la delictiva. De momento queda catalogado por nuestros algoritmos como un ser que padece un nivel grave de adicción al consumo de la pornografía, o hablando eufemísticamente, un onanista empedernido, un veterano y rancio pajillero, un desviado de picha despierta, un contrahecho sexual,… 

—No entiendo a qué viene ese tono… Ciertamente he sufrido a lo largo de los años un trastorno y he luchado, reconozco que inútilmente, por superarlo pero… Llegados a este punto ¿Qué se supone debo hacer?

—A ver, señor Benavides, yo le agradezco que facilite las cosas cuando reconoce al fin que padece un problema pero no es de nuestra incumbencia determinar que remedios debe aplicar al caso. No nos pagan para eso. Vaya a un especialista. 

—¿Y si no me lo puedo permitir? Entre la hipoteca y mi sueldo seguramente no alcanzaría.

—Ya, pero nosotros no somos las Hermanitas de la Caridad. Nosotros sólo hacemos el trabajo sucio de advertirle en qué elemento social peligroso se está usted convirtiendo. Cuánto pesen sus consideraciones morales en su conciencia una vez le informemos es asunto suyo.

—¿A qué se refiere con lo de elemento social peligroso? No creo haber perjudicado a nadie con mi trastorno, siempre lo he llevado en la intimidad. Es muy vergonzoso reconocerlo públicamente ¿Me entiende?

—Tampoco nos incumbe el estado de su reputación, señor Benavides. Pero vayamos al grano. En el informe individualizado que hemos hecho se refleja que usted se masajea la culebrilla al menos tres veces al día. Mañana, tarde y noche. En la oficina, en su casa, a destajo ¿No es así? Puede mentir si quiere.

—Sí… bueno… es así.

—¿Lo sabe la parienta? ¿Le ha pillado infraganti? ¿Ella es invidente? ¿Sabe que cuando está en la faena roza el adulterio? Yo se lo confesaría a ella si aún lo escondiera y algo de  honestidad me quedara.

—¿Sabe? Esta entrevista me parece bastante ofensiva y denigrante…

—¿Ofensiva y denigrante?—enfatizó el funcionario alzando de repente la voz— ¿Y qué espera que le demos el premio Nobel por Buena Conducta, señor Benavides? ¡No! ¿Usted no sabe con quiénes está tratando? La escoria moral no está de este lado de la mesa ¿Sabe?

Se hizo un tenso silencio entre ambos en el que goteaba el tecleo incesante del subalterno en su portátil.  El interrogador se había despegado del respaldo de su asiento y congelaba una mirada hostil sobre el rostro del preacusado.

—No, yo sólo digo que todos tenemos nuestro derecho a la presunción de … —recomenzó lentamente el interrogado.

—Por favor, sr. Benavides. Actualícese un poco —y se dejó caer en el respaldo— Usted le repito es un elemento social desviado pasivo, un delincuente sexual en potencia, una lacra social en retaguardia, una amenaza para la futura infancia,…

—¿Para la infancia?

—Sí, por los datos recabados la pedofilia será su destino, señor Benavides, poco o nada puede hacer: Gasta en Chicas Jóvenes Calientes un sesenta por ciento de su semen; en latinas Principiantes, un diez; y en Jovencitas Asiáticas apartado Chinas un treinta…¿Ha trabajado alguna vez en un campo de rehabilitación chino? ¿No? Le vendrá bien. Nuestros colegas chinos se esmeran muy bien en reeducar a los bobos de asignatura pendiente como usted. Esos no se andan con contemplaciones.

—¿Cómo se me puede acusar de tener unas fantasías que quedan sólo en el terreno de mi intimidad sexual?

—¿Intimidad? Desde que usted entra en la red y visita esos antros virtuales ¿En dónde cree que anda? ¿En una playa privada de nudistas? ¿En un night club de maridos putañeros? ¿En una logia masónica sexual? A la luz pública queda usted ¿O aún no se ha enterado?… Señor Benavides desengáñese de usted mismo. No se tenga como un ciudadano ejemplar, como una persona bondadosa, como un ser lleno de amor puro y casto, porque no lo es. Usted es de lo peor. A nosotros no nos engaña. A la luz del día brilla su apariencia de persona equilibrada, pero a la luz de nuestros focos se descubre su más repugnante esencia. Un favor le hacemos cuando lo desenmascaramos incluso para usted mismo.

—Pero ¿Van a decir que mi problema lo he creado yo? Soy una víctima de ese pérfido negocio que produce lo que consumo.

—¡Apunte, pinche! En «Esgrime razones políticas subversivas»: Cum laude ¡Otro con el discurso moral anticapitalista para echar balones fuera! —y de nuevo girándose hacia el interrogado— Ya, ya,… ¿Y usted prueba la mierda de perro de la calle porque la cagan los perros? Usted elige lo que consume, señor Benavides ¿a quién pretende engañar?

—No, no digo eso. Es difícil escapar de lo que produce ese negocio cuando uno vive bajo la presión de unas estresantes condiciones laborales y de unas pésimas, financieras. Deben entender esto. Les pido que empaticen en este sentido y sean comprensivos…

—Sí, claro. Ahora resulta que su trabajo y sus finanzas son las responsables, junto con ese sórdido negocio, de que la sin hueso luzca como un hueso. Por favor, señor Benavides, por sus respuestas, todo justificaciones y evasivas, nos confirma la peor de las sospechas, es usted un elemento altamente incorregible en el marco de su adicción próxima al delito. Esto es, ya no bordea el delito, ya podemos anticipar el delito, ya está en el delito mismo.

—¿Me va a decir que soy un delincuente?

—Sr. Benavides, cuándo usted entró por esa puerta, no podíamos adivinar sus respuestas. Usted tiene un serio problema que ha reconocido. Pero también ha reconocido que no puede arreglarlo. Si no puede arreglarse el problema que le lleva al delito, ya esta en el delito. Luego en consecuencia…

—¿En consecuencia qué?

—Tengo que informarle que queda detenido…

2

Se despertó empapado en sudor, con una plomiza sensación en su cabeza que le desmadejaba el cuerpo. La luz de la mañana iba dibujando el resquicio rectangular de la ventana entornada. A su lado, la tez rosácea de Amparo se entreveraba por el pelo enmarañado que se desbordaba sobre la cálida almohada. Ella se revolvió dulcemente presintiendo el despertar de él y le recibió con una plácida mirada desleída por el sueño. Lo encontró recostado y mirándola pusilánime, casi suplicante.

—¿Qué ocurre, Manu?

—He tenido una horrible pesadilla—y volvió a tumbarse colocando su cabeza cerca de la de ella.

—¿Ah sí? ¿Y qué, cariño? ¿No me dejarías fuera? ¿Saldría yo en ella, no? —dijo despreocupada, sonriéndole y arrebujándole en un abrazo.

—Bueno…más o menos…

—Ya.

Entonces ella pausadamente fue perdiéndose bajo la sábana y se deslizó sobre su pecho y su abdomen hasta trajinarle finalmente la entrepierna con besos, lametones y caricias. Él se sentía como un traidor, un cobarde, alguien condenado al ostracismo moral, al repudio y a la soledad perpetua. La dopamina, decían, en los de su baja ralea andaba descarriada dentro, haciendo que la excitación tocara techo y precipitara la inevitable caída, la vergonzante disfunción del palo viril. En esas cábalas estaba, cuando desde bajo de la sábana le vino la voz de ella susurrante y arrastrando mansamente las palabras:

—Cariño, nos vendría bien un poco de salsa para levantar mejor esto. Unas peliculitas picantonas para ver juntos, tal vez. Débora, me dijo, que le funcionan de mareo cuando lo hace con Alberto.

David Galán Parro

19 de abril de 2023

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