Extracto del cuento «Enemigos» de Anton Chéjov.
Texto original
Allí reinaba una calma mortal. Todo, hasta el último detalle, hablaba con elocuencia sobre la tormenta que acababa de pasar, de su agotamiento, y todo ahora descansaba. Una vela, colocada sobre un taburete, metida entre una multitud de botellas, frascos, cajas y latas, y una gran lámpara sobre el vestidor, iluminaban toda la estancia. Sobre la cama, al lado de la ventana, estaba echado el niño con los ojos abiertos y una expresión sorprendida en el rostro. No se movía, pero daba la impresión de que sus ojos se oscurecían por momentos y se hundían en su calavera. Al lado de la cama, con las manos echadas sobre su cuerpo y con el rostro escondido entre las sábanas, su madre estaba arrodillada. Igual que el niño, estaba inmóvil, pero se adivinaba la vida en la curva de su cuerpo y en sus manos. Se había dejado caer sobre la cama con abandono, como asustada de echar a perder la postura cómoda y relajada en la que se había configurado su cuerpo exhausto. Las sábanas, los trapos, los cubos, los charcos sobre el suelo, los pinceles y las cucharas tirados por cualquier parte, la botella blanca llena de agua de cal, incluso el mismo aire, pesado y recargado: todo se había detenido y parecía hundido en la calma más absoluta.
Texto reelaborado
Allí, reinaba una luctuosa calma. Todos los detalles de la estancia hablaban con elocuencia del tormento vivido y descansaban apacibles: una vela sobre un taburete escondiéndose entre botellas, frascos, cajas y latas abandonadas; una gran lámpara sobre el vestidor consumiendo la incierta penumbra del lugar; y en la cama, al lado de la ventana, el niño yaciendo inmóvil. En su rostro desfigurado por una mueca de sorpresa, sus ojos abiertos parecían sumirse por momentos en la oscuridad de las cuencas. La madre, con las manos echadas sobre el cuerpo del hijo y escondido el rostro entre las sábanas desechas, permanecía arrodillada a su lado. Un tenue temblor en la curva de su espalda y en sus manos era el resquicio por el cual se asomaba el dolor inquebrantable. Rendida se había dejado caer sobre el catre y así permanecía como si se negará a abandonar aquella postura cómoda y relajada en la que todavía esperaba encontrar las palpitaciones huidas de él. Sábanas, trapos, cubos, charcos sobre el suelo, pinceles y cucharas rodeaban a la mujer y al niño difunto. También el aire, pesado y denso. Todo era mudo testigo del drama y todo se entregaba a la calma perfecta que imponía la muerte
20 de abril de 2023
David Galán Parro