Para hablar de mi experiencia particular con el COVID19 debo ponerme a recordar y ahora recordar esta experiencia en mi es reunir muchos momentos e información fragmentaria y darle cierto orden.
La COVID19 fue en un principio para mi una noticia lejana de algo que acontecía en China. Esto sucedía sobre el mes de enero de 2020. Lo sentía como una amenaza pero pensaba en que las autoridades sanitarias chinas podían controlar y resolver el problema. Sobre febrero se hablaba de casos en Europa. Morían muchas personas en Italia. Empezaron los casos en España. Todo sucedía antes del confinamiento.
Un viernes de mediados de marzo, la directora del colegio en que trabajaba nos anunció que se cumplía lo irremediable: íbamos al confinamiento por el plazo de quince días. Yo entendía que la medida era necesaria. No me sentía alarmado.
Pero esos quince días se aplazarían hasta hacer que el curso no se reiniciara.
No tengo un recuerdo duro del confinamiento dadas mis condiciones materiales y financieras. La administración me mantuvo íntegramente el sueldo y vivía solo en una casa espaciosa.
Mis preocupaciones fueron durante ese periodo elaborar tareas para mis alumnos e impartir clases on line. Elaboré un horario para atender diariamente a los alumnos y busqué también tiempo para estudiar. Por las mañanas hacía ejercicio porque tenía molestias de espalda. Tuve sensaciones de angustia cuando veía imágenes en la televisión de hospitales y residencia de ancianos llenos de enfermos y cuando daban cifras de muertos que la autoridades sanitarias trataban de contener. A veces imaginaba la situación de las familias de mis alumnos y otras familias en las ciudades de España, recluidas en pequeñas casas, hacinadas, contando lo mínimo para alcanzar el fin de mes, llenos de incertidumbre sobre su futuro y su situación laboral; y lo peor: al tanto de la dramática muerte en el hospital de algún ser querido del que ni siquiera llegarían a despedirse.
Cuando salía de casa para comprar y veía en las calles desoladas a personas que tenían que hacer su trabajo y luego a las personas que dentro del supermercado nos atendían me sentía privilegiado y con impotencia. Sentía que eran las personas que desde su quehacer anónimo directamente me mantenían y sin embargo poco o nada podías hacer para compensarles.
A diario contactaba o con algún amigo o con algún familiar. No recuerdo que echara de menos a nadie: sabía que estaban bien y confiaba en que nadie muriera. Si alguno de mis amigos necesitaba dinero por su estrecha situación, yo lo daba sin contrapartida. Entendía que estaba en posición de hacerlo.
Y tal como confiaba, de mis allegados nadie moría por COVID19. Ni familiares, ni amigos, ni tan siquiera conocidos de tercer orden. Tampoco conocí a gente que me hablara de muertos entre los suyos. Los muertos estaban para mi representados en las devastadoras cifras oficiales. Conocía, eso sí, gente que enfermaba con síntomas graves o leves pero nunca mortales.
Todas estas circunstancias me llevaron a no tener una sensación de peligro y por ello a no considerar peligrosa mi realidad inmediata. Esto chocaba para mi con muchas de las medidas preventivas que articularon las autoridades locales en el ámbito de la convivencia ciudadana. Las sentía innecesarias y se me figuraban más un producto del miedo que de una decisión cabalmente meditada. No obstante procuraba entender que los hechos lo habían desbordado todo y las decisiones administrativas que se tomaban provenían de personas que se veían en situación de improvisación y urgencia extrema. No podía ser de otro modo. En ese sentido, no las calificaba dentro de mi, como otros las consideraban, imposiciones, sino como errores necesarios. Llegaba a pensar: ¿Y si yo fuera alguien que llegado el momento tuviera la responsabilidad de decidir en circunstancias tan inéditas sobre lo que iba a afectar al día a día de otros? ¿Lo hubiera hecho mejor?
Esta consideración de que las decisiones administrativas podían fácilmente incurrir en error dada la urgencia del momento también se me antojaba aplicable a decisiones políticas más amplias, de ámbito nacional, o incluso internacional.
Pasado unos meses fueron determinantes en mi pensamiento la forma de pensar de mi círculo de amigos más próximo; una forma de pensar que llegaba a ser, en mi opinión de ahora, extremista. Sus afirmaciones continuamente irrespetuosas hacia la sensibilidad de otras personas que lo vivían con un miedo o una precaución que ellos no compartían no me gustaban. Me sentía escéptico frente a éstas y callaba. Pero al callar, sin alentarlas, me hacía partícipe. Y a esa forma de pensar me amoldé por dos motivos: El primero era que yo no me molestaba en tener una opinión razonada de lo que pasaba en torno mío y el otro era que yo asumía la concepción de ellos por complacencia y cobardía, para no sentirme juzgado en mi posición práctica y moral. En este círculo yo delegué inconscientemente la creación de esa concepción, porque no la sentía necesaria para vivir y porque además me ahorraba la confrontación con ellos. Así que no me cree mis consideraciones independientes y libres respecto al asunto.
Cuando llegaron las vacunas, la falta de miedo y mis opiniones dependientes y prestadas no me impelían a vacunarme. No me sentía en absoluto con la necesidad de hacerlo. Y de hecho, no lo haría nunca. A los pocos meses un amigo médico me dio ciertos argumentos que me hicieron desconfiar de la efectividad de las vacunas y me convencieron de mi decisión, pese a que no vacunarse podía acarrear limitaciones para el desenvolvimiento normal de mi vida personal. Pensaba: «mientras legalmente no nos obliguen, puedo evitar vacunarme». Tras hablar con él, a la falta de miedo y a mis opiniones se le vino a sumar el miedo a vacunarme. Literalmente, le cogí desconfianza y miedo a la vacuna. Y quise a muchas de las personas cercanas hablarles de que no lo hicieran o de que era un error haberlo hecho, pero no quería contribuir a la desconfianza y miedo en ellos: al fin y al cabo de lo que se trataba en mi opinión era que cada cual dentro de los márgenes legales optara por la decisión íntimamente más tranquilizadora. Mas tarde me afianzaría en mi creencia el hecho de que muchos se vacunaron y no podían evitar la enfermedad e incluso la muerte.
La opción a la que me agarré fue estar atento a todas las decisiones gubernamentales estrictamente obligatorias, acatarlas y guardarme mis opiniones que al fin y al cabo no iban a producir ningún efecto transformador en la situación social reinante, y que sólo lo que traían aparejadas era la confrontación dolorosa e inútil con mis seres cercanos queridos.
15 de abril de 2023
David Galán Parro