
1. Los infortunados
¡Oh, Hebe, amada, nosotros que no habíamos elegido ir por aquellos parajes de piedras y espinos que quisieron lacerar nuestra carne hecha luz, ni por estas ciénagas de ahora que fatigan nuestros ya cansados pasos bajo la espesa oscuridad que la mudable luz de las antorchas apenas mitiga!
Por delante de mi caminas cabizbaja y en sepulcral silencio. En tu pecho se hamaca ese pedazo tuyo y mío, que no adquirió la palabra, caro a nuestros corazones anudados ¿Por qué este castigo? ¿Qué hacemos aquí, Hebe, como eslabones de una cadena de infortunados tempranamente vaciados de carne, sangre y huesos? ¿Qué hacemos aquí, ya eternamente incorruptos? ¿Qué hacemos atrapados en este instante imperecedero? ¿Acaso no merecíamos la dicha de envejecer juntos, de contemplar el crecimiento de nuestra simiente? Ya solo eso somos, Hebe, una atroz imagen sin ocaso, un despojo incorpóreo, eidolones. Esta condición nueva que nos ha otorgado injustamente el destino nos niega el abrazo y el beso definitivos en la despedida que nos aguarda. Eso somos, los tres. Chispean los lamentos apagados, casi animales, de quienes corrieron nuestra misma suerte, en esta fila de condenados que serpentea a través de los montes que nos llevan a las riberas del Aqueronte. Es despiadadamente escaso el tiempo que nos resta para ya ni siquiera regalarnos a los ojos: apenas lo que duraba el bello hundimiento de la broncínea cuadriga tras las cumbres heladas.
Es y será por siempre la noche cerrada.
Flamean las ígneas melenas de las antorchas que nos guían, hermanas de aquellas que nos parieron a este lado sin retorno, que nos sentenciaron a este desdichado destino. Fue inclemente el rigor de las hordas enemigas que arrasaron el hogar y que cebaron con la carne de nuestros cuerpos, el fuego. Fue inclemente esa, nuestra primera despedida. Y ahora Hebe, que oímos cercano el arrullo premonitorio de las olas de la ribera se cumplirá la otra, la despedida dentro de la despedida, como sombra en noche, gota en mar, polvo en montaña… ¡Una espada de dolor me raja el pecho, Hebe, y sangran mis ojos sus inevitables lágrimas!
2. El barquero (*)
Vela junto al río el viejo barquero horriblemente escuálido. Sobre su pecho tendida una larga barba gris enmaraña y un andrajoso manto le cuelga de un nudo desde su hombro. Dos ascuas centelleantes en el fondo de las cuencas son sus inmóviles ojos; con ellos rasga la bruma a ras del agua escudriñando alguna traza humana en la otra ribera.
Impasible, los espera.
El mohoso esquife fondea mansamente cerca de una peña, también atento a que el amo ejecute una vez más su eterno cometido.
Llegan los conocidos signos que catapultan la espera hacia al otro lado del río: El creciente murmullo de las voces aterrorizadas; la lívida hilera de luces de las antorchas en la espesura de la noche, apeñuscándose al borde del cauce; la confusión impaciente de los que aún no aciertan a saber cuándo aparecerá el barquero y cómo será el paraje que les acoja.
Sólo él, Caronte, dueño absoluto de ese intersticio de noche atroz, lo sabe.
Con su largo varal en una de sus manos y con la vela en la otra, recomienza su hábil maniobra hacia el encuentro de los infortunados cuerpos que ha de transbordar.
A su retorno sólo quedarán allá los sin óbolo, condenados a una centuria de extraviados pasos a lo largo de la ribera.
3. El sacrificio.
El horror aprieta el corazón de la joven madre cuando contempla el número inequívoco de monedas. Lanza una mirada de súplica, de perfecta incredulidad, a su amado como si con ella pudiera arrancarle al momento un pedazo de irrealidad salvadora. Rompe a llorar el niño en sus brazos presagiando el desgarro final.
Se ha cerrado el círculo de la dicha compartida de antaño y así como su carne y su latido se perdieron en el mundo de los vivos, ahora así se perderá su figura primero, en la neblina devoradora en la que el barquero, remando sobre la corriente, sumirá a la madre y al hijo, y luego en la neblina también devoradora que el olvido impondrá al padre al cabo de cien años de destierro en la ribera.
Dos óbolos extendidos en la mano nudosa del barquero sellan el trato para el transbordo de ambos al otro lado del río.
13 de abril
David Galán Parro
(*) Parte del contenido literario de este trozo esta extraído de la Eneida de Virgilio.
Muy bien escrito y expresado, David.
Enhorabuena!!!👌💯🥰
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