Ejercicio de reescritura (1)

Extracto del cuento «Enemigos» de Anton Chéjov

Texto original

Hubo un silencio. Kirilov le dio la espalda a Aboguin, se quedó quieto un minuto, y después salió despacio del vestíbulo hacia la antesala. A juzgar por sus movimientos mecánicos e inciertos, por la atención con la que ajustaba la tulipa destartalada sobre una lámpara apagada y por cómo observaba el grueso libro que estaba abandonado sobre la mesa, era obvio que en aquel momento no tenía intención o deseo por nada, y que no estaba pensando sobre nada, e incluso que se había olvidado de que había otro hombre de pie en el vestíbulo. La oscuridad y el silencio en la sala incrementaron su sensación de pérdida. Abandonó la antesala pasando hacia su estudio, y lo hizo levantando la pierna derecha más de lo necesario, y rozando el marco de la puerta con sus manos, y en aquel instante se sintió extraño, como si se hubiera colado en la casa de alguien, o bien, por primera vez en su vida, se hubiera emborrachado, y ahora se encontrara experimentado sensaciones desconocidas. Sobre una de las paredes de su estudio, entre las estanterías, podía distinguirse una línea blanca de luz; además del aroma pesado y químico del ácido fénico y del éter, esta luz entró a través de la puerta parcialmente abierta, que llevaba desde su estudio hasta la habitación… El médico se hundió en el sillón opuesto al escritorio; durante un minuto contempló adormilado sus libros iluminados, y a continuación se levantó y se dirigió hacia la habitación.

Texto reelaborado

Kirilov calla y le da la espalda a su interloculor. Queda quieto durante un minuto frente a él y como si recobrara cierta voluntad sale despacio del vestíbulo hacia la antesala. En sus movimientos inciertos y mecánicos, en el celo con el que se prodiga al ajustar la destartalada tulipa de una lámpara apagada, en la observación ciega de un grueso libro abandonado sobre la mesa se entreve la ausencia de intención, deseo o pensamiento alguno, el olvido incluso, casi instantáneo, del visitante que le espera aún en el vestíbulo. La sensación de pérdida es más intensa si cabe en mitad de la penumbra y el silencio que dominan las dependencias de la casa. Abandona la antesala y pasa al estudio y lo hace levantando la pierna derecha más de lo necesario, rozando el marco de la puerta con sus manos, sintiéndose con ello extraño, como huésped en casa ajena, como bebedor primerizo experimentando inéditas sensaciones. Sobre una de las paredes de su estudio, la luz que se filtra desde la entornada puerta del estudio dibuja una fina linea blanca entre las estanterías. También penetran el pesado aroma químico del ácido fénico y el éter. Se hunde  en el sillón opuesto al escritorio y contempla apático los libros iluminados que colman los anaqueles. Al cabo de un minuto se levanta y se dirige hacia la habitación contigua.

David Galán Parro

11 de abril de 2023

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