¡Al fin quien me empequeñece y me aplasta para acogerme en el regazo de su amor universal!
¡Al fin quien arroja mi dolor, gota miserable, al océano infinito del tiempo y el espacio sin desprecio!
De primeras su voz me llega críptica y por ello pretendo descifrar bajo las letras una poderosa significación en el ínfimo espacio de un poema.
Me equivoco. Vana es mi pretensión. El tonto mira al sabio dedo, negándose la visión de la luna.
Tú me iluminas lo existente sensible, con sus formas evanescentes, grandiosas y pequeñas, llenas de eidolones, y me pides que las ame pese al terror que nos trae el vivir.
Tú, me prometes lo existente abstracto, eidolones, formas perennes modeladas por las formas evanescentes y me pides que las ame pese al terror que nos trae el morir.
¡Al fin quien nos impele a la audacia!
Navego en el críptico mar de tu lenguaje sobre olas que se aproximan desde eones insondables.
No serán estos los ojos que alcancen la sangre y la carne de tu palabra, Walt Whitman; serán otros, no míos, los que en un futuro volviendo a desempolvar este libro, único y digno superviviente de la destrucción venidera, alcancen a vislumbrar el hermanamiento definitivo entre tu palabra y el orbe.
6 de marzo de 2023
David Galán Parro
NOTA: Texto basado en el poema de Walt Whitman «Eidolones»