Árido de vida, el descampado que nos acogía se desbordaba hacia el mar con sus negras rocas de fuego extinto. Tras la montaña se rendían las últimas luces acariciando con su lánguido oro el paraje terroso a nuestro alrededor.
¡Cuántas horas de soledad contemplando las piedras perladas por la maresía! A eso me acostumbré desde niño y al sonido de un viento salobre como única voz compañera de mi caminar errabundo por lugares de polvo, tierra y más tierra.
Ahora ella a mi lado. Su voz, su mirada, sus pequeñas manos, su respiración llegando para colmar ese vacío de antaño al que me resigné.
En lo remoto de aquel lugar hecho de mar y rocas, el momento se me antojaba como un eco íntimo de otros ya vividos y la presencia de ella como algo develado que anduvo tras esa trama confusa de pasos que ha sido mi vida hasta ahora.
El mundo, ella y yo: la terna indestructible se cerraba bajo la piel del crepúsculo decreciente.
Yo le regalé aquel descampado yermo que le hablaba del oscuro hombre solitario que se arrancaba de mi.
¿De qué me hablarán sus lugares?
Aún no los he visto y sin embargo ya me llaman a su encuentro para revivir a la cándida niña que no me adivinaba, para descifrar a la mujer intrépida que hoy me busca y me salva.
11 de febrero
David Galán Parro