La espera del dios

Me dices «enajenado»: La imagen que tengo de mi mismo no se corresponde con lo que soy. No me conozco. Tú me conoces. Tú tienes de mi, la imagen objetiva. Eso dices… ¿Cuál se corresponde con lo que soy según tú? La que te has hecho con tus expectativas sobre mi ¿Quién te da el derecho a tratarme según tu imagen? ¿Por qué eres tú el juez, el que decide en esta relación cuál es la imagen que prima? ¿Quién te concedió el derecho? Te lo digo yo: Tú mismo.

Hablas de amor. Como tu amor ninguno. Es el más elevado, el no complaciente conmigo. O lo que es lo mismo «te quiero a mi medida, según mis principios. Espero que tú te amoldes a ellos. Date prisa que me canso y me «duele» esperar y vas a perderme y, en consecuencia, a perderte» ¿Quién te pidió esa espera? ¿Quién te hace merecedor de ella? ¿Quién te concedió el derecho? Te lo digo yo: Tú mismo.

Vuelves a hablar de amor y dices: «Mi amor no fue ciego. Yo te conocí perfectamente. Conozco tu raquítico tamaño del cuál escaparás si te unes a mi. Yo te ayudaré.» La ceguera puede darse o porque no conoces al ser amado o porque no lo quieres ver, apantallando su imagen con tus propias expectativas ¿Sabes lo que se sufre cuando las expectativas que pones sobre alguien se interponen en el autoconocimiento de alguien? ¿Sabes lo que se pierde por el camino? Obviamente no lo sabes porque nunca estuviste en este lado de la ecuación tóxica. Entonces ¿Por qué hiciste de tu amor por mi algo destructivamente ciego? ¿Quién te concedió el derecho? Te lo digo yo: Tú mismo.

No derrames lágrimas por mi. No lo hagas nunca. No tienes derecho. No te creas herido o traicionado. Hazles creer a los demás si quieres. Pero no me hagas partícipe de la distorsión interesada que te haces de tu propia vida para sobrevivir.

No juegues a ser dios: No calientes un líquido contenido a presión. No mezcles aceite y agua. No ganes mar con tierra. No aproximes a la pólvora, el fuego. No intimides a un gato en un cuarto cerrado. No revientes el sueño de la osa acercándote a sus crías. Te repito: no juegues a ser dios porque la naturaleza se cobra sus muertes y yo estoy hecho de esa naturaleza refractaria que no acepta tus cartas. 

No te odio, créeme. Solo que no quiero volver a ser rehén jamás de expectativas ajenas y menos de las que están hechas por una sabiduría a la altura de libros muertos.

29 de diciembre de 2022

David Galán Parro

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