1
Se agiganta la noche desapacible en el pueblo. Viniendo desde la playa, un rugido de olas amenaza el sueño profundo de los lugareños y sobre las azoteas abiertas, el viento arrecia estremeciendo las planchas de uralita, agitando las prendas en los tendederos, zarandeando las raquíticas antenas de televisión.
En una de esas azoteas hay un hombre. El hombre se agarra al barandal del pretil que da a la fachada. El hombre tira y se desprende de la silla de ruedas en la que lleva ocho años prisionero. En un segundo esfuerzo encarama el torso al tubo. El tronco queda colgado hacia afuera, basculándose peligrosamente al borde del abismo. Mira el cabrilleo lejano del mar y luego el pavimento de la calle, y en el vértigo atroz, el mar y la calle se abrazan hermanados dentro de él. No hay testigos, no hay voces que lo disuadan. Es inquebrantable la decisión que ni siquiera el horror del momento podrá mitigar. Por fin vuelca el peso total de su cuerpo medio inútil hacia el vacío. En el instante efímero y definitivo la carne grávida rasga el aire y el sordo sonido del impacto se diluye en el rugir del oleaje y el viento.
Llegan el crepúsculo y la calma. En los preámbulos de su acostumbrado paseo matinal, una pareja de vecinos descubre un bulto impreciso entre dos vehículos aparcados. De primeras piensan en alguien que para descansar de su noche disoluta buscó parcial cobijo bajo uno de los parachoques. Sin embargo, un halo de sangre corona la enmarañada cabeza volteada hacia el alquitrán. El cuerpo está inmóvil y confusamente desencajado. Alarmados tocan a la puerta de la casa de tres plantas que domina el centro de la calle.
2
—Dicen que aquí en tu pueblo se pueden coger buenas olas con el boogie. Sobre todo por la parte del muelle viejo.
Ana no escuchó bien. Hacía rato que la estridencia de la música y el alboroto apantallaban las palabras del chico desconocido que insistía en ganar conversación. Los empellones del tumulto que bailaba en torno a ellos también interferían en el diálogo que pujaba por mantenerse.
—Sí —dijo ella, más por retenerlo que por entenderlo. En verdad le interesaba. Era guapo, con facciones recortadas y suaves. Unos preciosos ojos azul marino azoraban su pecho cada vez que acercaba la cara para percibir sus palabras entrecortadas. Tenía un cuerpo atlético. Sujetaba un vaso de plástico en el que apuraba un líquido ambarino. Ella apenas había probado su refresco.
El flirteo desacostumbrado la violentaba: una mezcla de vergüenza, miedo y deseo luchaban en su interior.
—Pues tendré que venir a menudo por aquí —aseveró él y sonrió con picardía—. Me verás por el muelle. Si estoy en el agua, me reconocerás por un neopreno rojo.
—Entre semana es difícil que salga —apostilló presurosa—. Tengo que estudiar. El primer año de carrera es siempre el más complicado, dicen.
—Claro. Pero los fines de semana son sagrados para las buenas estudiantes, ¿no?
Y ella sonrió recatada y nerviosa. Él la transgredía.
—¡Martin! Pedazo de marica —chapurreó una fuerte voz barítona sobreponiéndose al bullicio — ¿No le has comido aún la boca? La peña se va ya al Bisonte Rojo.
—Tus buenos amigos se van —se atrevió a decir y de inmediato sintió impostada su osadía.
—¿Mis amigos? No; mis colegas. Espero verte. En el muelle. Despéjate un poco de tanto libro. Vendré en moto por si cuadra y te apetece una vuelta.
—Lo pensaré.
No quería que el pescado estuviera enteramente vendido. O al menos que eso pareciera.
3
Destapó el stick y empapó su punta absorbente en el frasco de muestra. Luego lo tumbó sobre la mesa de estudio y esperó unos minutos la franja rosa en la ventana informativa. Una indeseada segunda franja se aparejó a la que esperaba.
Cogió el móvil. Eran más de las seis de la tarde y las maniobras ya habrían acabado. En el cuartel los móviles de los reclutas estarían ya disponibles. No acertó de primeras a marcar el número: estaba aterrorizada. La voz de él se puso de inmediato.
—Martín, estoy embarazada —y rompió a llorar.
—Tranquila, Ana, tranquila. Ahora toca decidir algo…
4
En una de las mesas pegadas al ventanal se demora una estudiante. Es el último cliente de la jornada. Está subrayando en su libreta de apuntes mientras sorbe el café y mordisquea su sandwich. No parece llevar prisa. Ana la observa de soslayo mientras apila las sillas y las mesas. Esa actitud de la estudiante no le es extraña, pero sí lejana; en ella se transparenta su propia antigua determinación: los estudios lo son todo. Dentro, en cocina, su compañero ultima la limpieza. Ana se parapeta en la barra y va haciendo caja. Sigue observando a la estudiante, no mucho más joven que ella. El pasado truncado regresa al presente encarnada en la otra para recordarle sus fracasos, sus insatisfacciones. Su atención se nubla. Se le antoja la visión como crueldad del destino: no tendrá dificultades para estudiar y estar a la altura de las expectativas de una madre que le reclamará unas intachables notas académicas; no tendrá de forma inesperada un embarazo que le aboque a una vida indeseada; no tendrá una relación de pareja a distancia, en la que los encuentros se le antojen iguales y desapasionados; no tendrá un trabajo de turno partido, un festivo a la semana, un sueldo que apenas le alcance para ahorrar. No, no tendrá nada de eso.
La estudiante se ha levantado y ya se acerca a la barra. Su mirada evita a la camarera, reducida casi a un ente invisible dentro de su mundo de grandes y luminosas aspiraciones. ¿Será Ana un fantasma de sí misma? ¿Estará asomándose a un espejo en el que se refleja como un puro pellejo perdido y amargado, como un sobrante pútrido de las expectativas ajenas depositadas sobre su persona? Imagina (o inventa) el desprecio de la otra Ana, la Ana que pudo ser, la estudiante, hacia la Ana que es, la pobre camarera. Dos mundos que no se pueden tocar, pero ahora cercanos y lejanos a la vez.
Absorta deposita el cambio en la cóncava mano y oye el tintineo de la puerta batiente anunciando la última salida. El cierre de caja se vuelve hoy más complicado que nunca. Van clareando sus sentidos; va escuchando los reproches del compañero que se impacienta por salir mientras le ayuda con las cuentas. Pasan la reja de ballesta, echan la llave y se despiden. Ana cruza la calle. Del otro lado, la parada de autobús está, como es habitual a esas horas, desolada. Se sienta a esperar mientras trajina en el móvil para arrancarse las oscuras impresiones de hace unos momentos, para no pensar.
De repente, una llamada interrumpe sus distracciones. Daniel, el nombre del fiel compañero de Martín en el cuartel, aparece en pantalla. En sus prefijadas visitas quincenales para ver al novio, el compañero se enamoró lastimosamente de ella sin confesarlo. Ese hecho le otorgaba a Ana un sutil aire de superioridad.
—¿Qué quieres, Dani, corazón?
—Ana… Martín ha tenido un accidente en jeep. Está en el hospital militar muy grave.
Y había sido afortunado.
Al parecer el jeep volcó por causas aún no esclarecidas, precipitándose por una de las pendientes del terraplén por el que cruzaba el convoy de su unidad. Los ocupantes quedaron atrapados dentro del habitáculo. Los bomberos tardaron en rescatar con vida del amasijo metálico al cabo Martín que en ese momento era el conductor y había quedado fatalmente atorado de cintura para abajo. El accidente sesgó la vida de dos compañeros.
El tiempo se ha detenido para Ana. Ya no es ella, ni siquiera el pellejo odioso, el residuo que quedaba del reflejo de sus aspiraciones malogradas. Es otra cosa peor.
Pasan varios autobuses, entre ellos el que debía llevarle a casa.
5
—Nunca pensaste en lo que pudiera suceder. Tu padre, en paz descanse, hubiera advertido lo mismo que yo. Ese muchacho no era para ti, hija mía. No estaba a tu altura ¿cuáles eran sus aspiraciones? Yo te lo diré: ninguna. Era indisciplinado y vago. Su vida era un desorden. Eso se veía en los amigos que tenía…¿y tú qué hiciste? Seguirle ciegamente. Y me decías que al menos amaba su trabajo de militar… ¡por favor, hija!… ese muchacho no tuvo otra opción, no alcanzaba para unos mínimos estudios, no sentaba cabeza. Y ahora míralo ahí, encamado, casi vegetal ¿Quién te asegura que no fue él, el culpable, con su historial de disparates y desvergüenzas, el que se ha cobrado dos vidas? ¿Y me dices que te quería? Cómo te puede querer alguien al que nada le importa tu futuro. Y tu futuro eran tus estudios. En el fondo te despreció, hija mía. Y su desprecio era consciente. Despreciaba tu inteligencia, tu fuerza de voluntad. Y tenía que despreciarte para no sentirse inferior, para no perderte. Era un acomplejado. Un inmaduro. Un irresponsable. Yo siempre lo vi. Nunca controló nada. No duraba un mes en cada trabajo que cogía. Y tú te creías sus justificaciones. Pero tú estabas ciega…o no y preferías quemar las naves y huir hacia adelante por llevarme la contraria; y te dejaste anular por su falso control de la situación ¿o acaso fue él el que asumió la crianza de Gloria? En esta vida no cuenta lo mucho que se quiere a un hijo, Ana; lo que cuenta es saberlo querer. Y saber querer es saber educar. Y Martín no puede educar a Gloria porque ni siquiera ha hecho el esfuerzo de educarse a sí mismo como hombre y como padre.
6
Sentía un nudo nervioso en el vientre. La última vez que había estado allí fue pocas semanas después del alta médica de Martín. De eso hacía lo menos tres años; y aunque nadie le había reprochado nada, él sentía que al postergar el encuentro abandonaba egoístamente al amigo ¡Qué fácil y cómoda se presentaba su vida en la que aún no habían acontecido verdaderos problemas!
Lo primero que encontró fue una suave rampa metálica que evitaba el desnivel entre la acera y el peldaño de entrada a la casa. Apoyó el equipaje en la jamba y tocó el timbre situado a media altura. A los pocos segundos alguien liberó la hoja desde el portero automático. Le esperaban. La puerta entreabierta cedió a su empuje, y la luz matinal se coló devorando las sombras en un ancho pasillo. Vio a Ana que bajaba presurosa por una escalera a la izquierda. Llevaba un ajustado pantalón vaquero y una blusa blanca fruncida. Adosado a la pared del hueco, un riel ascendía, y en el final del mismo, imaginó una plataforma salvaescaleras.
—¡Daniel, corazón! —y abrazándole le estampó un beso en la mejilla—. ¡Qué bien te veo! La misma cara aniñada. Por ti la vida no pasa ¿eh?
Él no podía decir lo mismo de ella: La violencia del pasado y la experiencia de ser madre habían operado ciertos cambios infames. Ya en el abrazo se insinúo una flacidez muscular que transpiraba abandono y derrota. Había desaparecido en ella la turgencia con que se fascinaba en las horas muertas del cuartel. Su tez parecía ahora deslucida y con prematuras arrugas en la comisura de ojos y boca. Una mirada lánguida y patética desacreditaba a la de antaño, atractiva y vigorosa. No era la amiga que le tuvo a su merced.
—Tu dormitorio está en la tercera planta. ¿Cuántas horas de vuelo han sido? Bueno… ya me dirás después. Subimos primero para dejar las maletas en el rellano. Martín está en la azotea. He puesto algo para picar, mientras preparo el almuerzo.
Empezaron a subir.
—¿Y tu madre? —preguntó él.
—Con Gloria en la playa. Desde que se jubiló me ayuda en lo que puede, pero convivimos a regañadientes. Me he acostumbrado a cierto grado de infierno. No teníamos donde ir. La casa sigue a su nombre y está muy apegada a ella.
Daniel escuchaba mientras se esforzaba en reconocer el interior reformado. Habían derribado tabiques, ensanchado los vanos de las puertas y sustituido los ostentosos muebles antiguos, por otros, más pequeños y funcionales. Estos cambios querían facilitar el tránsito de la silla de ruedas a la vez que ganar amplitud y luminosidad en la casa. Pero este último fin no terminaba de cuajar: una atmósfera opresiva y oscura dominaba en todos los rincones. Acaso los irremediables sentimientos de resignación, de culpa, de ciego rencor habían enlodado tanto el corazón de los moradores que, sin ellos adivinarlo, exudaban sus miasmas dentro del hogar.
—Estoy de paso. No quiero molestar. Serán unos pocos días.
Se pararon en uno de los rellanos. Ella lo miró con inusitada intensidad para aseverar…
—Los que necesites Daniel, corazón, los que necesites… ¿Dónde vas a estar mejor que aquí? Tu presencia es muy importante para mí—. Y estas últimas palabras resonaron extrañamente voluptuosas en el interior del huésped como si de repente una adormecida virilidad se abriera camino.
Siguieron subiendo ahora por el tramo que daba a la azotea. Él tenía que encarar la difícil presencia del amigo accidentado; presencia que de alguna forma había rehuido durante años.
7
Se acercaba el final de su estancia en la casa y esa noche Ana se esmeró en preparar una copiosa cena. Sobre la mesa departieron sobre la nefasta política nacional, rememoraron las graciosas insolencias del cabo Bravo en la cantina del cuartel que sorteaban la autoridad de los jefes y convinieron que fuera Ana quien le acercará al aeropuerto al día siguiente cuando cayera la tarde. Poco a poco, una plúmbea modorra se fue abatiendo sobre los comensales. Martín entonces se excusó agotado y se retiró a dormir tomando la plataforma salvaescaleras. Tal vez una fiebre inesperada anticipaba los síntomas de una gripe que lo debilitaba. Por su parte, la madre de Ana debía acostar a Gloria y previó que no volvería: en su dormitorio, en un televisor prendido hasta la medianoche encontraba más deleite que en las conversaciones poco prácticas de su hija. De modo que a la mesa quedaron Ana y él, en silencio, como si esperaran una desnuda intimidad. Pronto los ronquidos del esposo y amigo se iniciaron en la planta de abajo. Ana se levantó y fue a por otra botella de vino. La descorchó y lo convidó sin preguntar. Luego se sentó y lo miró…
—¿Estas con alguna mujer o sigues sin compartir el oro de tu soltería?
La pregunta tomó a Daniel por sorpresa.
—Estoy soltero —balbuceó. Dentro de él se removían sus antiguos anhelos ¿Qué le iba a decir a ella, a la mujer que había defenestrado a todas, a la que se había resistido al olvido?
—Pues… el arroz se pasa.
Y Daniel rió la broma, pero en la impertinencia del tono burlón que le apremiaba creyó sentir un fondo despechado. Tal vez aquella vida sufrida traía aparejada un resquemor inconfesado que emergía a veces, irreconocible.
—Me dediqué más bien a estudiar dentro del cuartel y allí fue donde terminé la carrera de ingeniería.
—Ah… bien…Pero los estudios no lo son todo. Deberías disfrutar de la vida, buscar pareja… —dijo ella repitiendo viejas palabras no suyas —…tú que puedes.
Pese al tono, protector y victimista, no fue compasión lo que Daniel sintió de repente: un vago sentimiento de ventaja quería resarcir su orgullo de hombre rechazado y le animó a contradecir con énfasis a la amiga…
—¿Disfrutar? ¿En qué sentido? ¿Qué te hace pensar que no disfruto de ella? Si no tengo pareja es porque no he querido o no me ha llegado todavía el momento.
—¿El momento? —y en un gesto caprichoso y sensual ella colocó sus pantorrillas desnudas sobre el hule. Su mirada parecía retarle —. El momento es el presente que siempre está de alguna manera delante de nosotros, esperando a ser adivinado, Dani, y es bien distinto de lo que nos empeñamos en tener en nuestra cabeza. Solo que a veces no lo vemos o no queremos verlo para no sufrir.
El vino tal vez andaba desatando viejas posibilidades hasta entonces inconcebibles. En él iba emergiendo de nuevo aquella voluptuosa sensación del primer día pero ahora multiplicada.
—Hablo del momento de estar enamorado… —quiso aclarar.
—¿Y quién habló de enamorarse? No todo se hace en la plenitud de un amor puro y perfecto. Hay otras muchas razones.
—¿Cuáles? Yo no me conformo con otras.
—El cariño, la ternura, la compasión, o el mero disfrute sexual… Quieres conformarte con un imposible. La realidad es más rica de lo que tú te crees. Por eso aunque tienes una sensibilidad superior a la de tus compañeros de cuartel que buscan en su noche de juerga el alivio a un calentón, de ellos podrías aprender también a tomarte las cosas de una manera más relajada y dejar que fluyeran en ti nuevas sensaciones que podrían llevarte a otras experiencias…
—¿Qué experiencias? Esas en las que nos movemos, revolviendo migajas de sentimientos incompletos… ¡No! Yo quiero ofrecer otra cosa a una mujer, Ana. Tú me conoces.
—Sí, no pero te engañes, Daniel ¿Qué sabes tú lo que queremos las mujeres? ¿Por qué te eriges en el guardián de un amor ideal en el que muchas mujeres no desean vivir? ¿Para protegerlas de qué? ¿Del dolor al desamor? ¿Acaso esa preocupación no será una proyección de tu propio miedo? Hay mujeres que cuando quieren algo y están seguras de poderlo tener lo toman y ya está, no le dan más vuelta al asunto. Abandona ya tu vieja moralina, que no es otra cosa que miedo a no ser suficientemente hombre para una mujer, miedo al desamor…
—No…no creo que sea eso…
—¿Entonces?
—Es una lucha constante entre lo que quiero y lo que debo hacer; una lucha que me desgasta, Ana,…
—¿Y qué es lo qué quieres hacer?
Aquella sensual mirada de antaño regresó para recordarle que luchaba contra su odiosa condición de hombre vulgar y pusilánime. Respiraba con el pecho lleno de zozobra. La llamada del deseo era despiadada con él. Entonces se repuso y antes de decir, calibró su respuesta.
—Nada.
8
Al borde del promontorio, se ve una débil y lívida llama a punto de ser devorada por la gravedad inmensa de la noche. Es la luz interior de un automóvil opacada por sus lunas tintadas. Tras ellas dos siluetas permanecen inmóviles. De repente, una se incorpora y apaga la luz.
—¿Escuchas el silencio, Daniel? ¿Lo oyes? —susurra Ana—. Es el rumor del mar que llega hasta aquí. Es lo único que me calma y me salva del desencuentro con la vida cuando no puedo más.
—Sí, te entiendo…
—No… tú no me puedes entender. Esa es una palabra muy corta con la que abarcar lo que siento —y una amarga sonrisa se esboza en su rostro, como quien desde el dolor enquistado de la experiencia observa la candidez lejana de un niño risueño. —Los días se agotan, Daniel, iguales e inevitables. Tú tienes un futuro abierto. Yo, un presente cerrado. Tú ascenderás dentro de la empresa, te darán nuevos proyectos en los que trabajar de manera renovada; yo, en cambio, estaré en la quietud exasperante de este pueblo remoto, sin siquiera poder volver a aquel empleo de camarera que poco o nada me aportaba…
—Pero… ¿Y Martín? ¿Y Gloria?
—¿Martín? ¿Qué quieres que te diga? ¿Estoy en posición de quejarme frente a él? No le digo nada de cómo me encuentro. Y tampoco le pregunto. Es la resignación compartida. El matrimonio: esa carga que debemos llevar pase lo que pase. Pero ¿cuál es el límite cuando flaquean las fuerzas, Daniel? ¿quién lo pone? ¿qué queremos salvaguardar en la resistencia? ¿nuestra reputación, las buenas acciones esperadas por otros?… ¿Y Gloria? Sí, es mi hija, pero… han pasado cuatro años desde que la tomé en mis brazos sin apego alguno y todavía no he dejado de sentirla como un obstáculo más… No soy una madre ejemplar, Daniel, no lo soy. A veces me descubro culpándola de mi vida no elegida, y luego me torturo sintiéndome infinitamente egoísta por pensarlo. No he aceptado aún el hecho de su nacimiento. Yo la tuve, sí,… —se le va la voz en un acceso de dolor contenido que le desfigura el semblante—…porque Martín lo quería así y también porque un aborto era inconcebible en la estrecha cabeza de mi madre. No elegí que apareciera ¡No lo elegí! —se aprieta las sienes sumida en el repentino dolor— No tengo el aliento suficiente para amarla como se merece. Esa es la verdad. La dura verdad. Luego todo se precipitó y todo era tomar decisiones a destiempo e improvisadas. Y hasta hoy, esta ansiedad y esta culpa que me ahogan día tras día… —y empieza a sollozar como si un acerado puñal la atravesará— …porque no puedo amar a mi hija, Daniel, ¡No puedo! y ya nunca podré, porque estoy condenada al monstruoso egoísmo que me devora por completo mi sentimiento de madre. Soy un podrido engendro de la naturaleza, Daniel, una aberración que no merece vivir,…—y desmadejada deja caer su rostro sobre el pecho de él.
—¡No digas eso, por Dios, Ana, no digas eso,…!
Desbordados por el dolor y la compasión, se estrechan en un abrazo desenfrenado en el que esta vez Daniel siente que se quiebra una resistencia dentro de él abatida por aquella atroz excitación sexual, aquella oscura fuerza viril que para cebarse ha rondado y esperado el momento más insondable de la sima, de la debilidad creciente de ella. Ahora Ana aparta el rostro de su pechera empapada y lo levanta hacia él. Esta arrasado por las lágrimas. Las miradas se reconocen ya en el vértigo de la confusión plena; ya los labios se rasan ansiosos y buscan el alivio en los otros; las manos se deslizan trémulas por las suaves telas, primero; por la claridad de las pieles desnudas, después; al final, todo es una humedad secreta en los lugares más íntimos.
Una inofensiva llovizna se ha iniciado afuera. Al cabo de una hora las luces largas se encienden y el vehículo maniobra para regresar por la carretera que le ha llevado furtivamente hasta lo alto del promontorio. Rueda despacio y precavido en su descenso. De repente la leve llovizna arrecia y deviene aguacero. Las escobillas delanteras se afanan en apartar la masa líquida que ciega con estrépito el parabrisas. Es infructuoso el intento. Quien rige dentro ha debido perder el control del vehículo que se desbarra fatalmente hacia la cuneta anegada. La máquina se ladea, hunde una rueda en la corriente que fluye y el faro al que se apareja se cierra. Queda finalmente atrapada en mitad de la zanja. Se oyen amortiguados los gritos de horror de una mujer en su interior mientras el aluvión embiste en la puerta del piloto. En la oscuridad cerrada la tromba no ceja durante otras dos horas.
A varios kilómetros de allí, en la terminal de las salidas nacionales, una voz nasal apremia a embarcar a través de la megafonía al pasajero Daniel Carreño Suárez. Será en vano: esa noche no alcanzará su vuelo de regreso a casa.
9
«Ana, mi vida carece de sentido. Ya no te culpo por lo que hiciste el año pasado; tampoco a Daniel. No quiero que vivas más con ese horrible lastre que te ha sumido en el dolor y la culpa. Ese hecho vino a constatar lo inevitable, amor mío: la amarga distancia entre tú y yo, que se acrecentaba en circunstancias trágicas de las que no supimos reponernos por más que lo intentamos. Circunstancias que secuestraron definitivamente nuestras esperanzas. Sé que has hecho todo lo que has podido. Tu camino era y debe ser otro. Yo lo sabía desde el primer momento en que te vi, aunque viviera sin rumbo, sin aspiraciones… por eso aquella ligereza mía. Quise después esforzarme para estar a tu lado, a tu altura y aprender de tu fuerza de voluntad, de tu disciplina, de tu compromiso. Por eso me enrolé en un intento de acercarme a ese espíritu fuerte que emanaba de ti. Siempre te admiré y siempre me sentí ese hombre inapropiado que se interpuso entre tu destino y tú. Yo te desvié y aunque Gloria es un momento imprevisto de ese desvío, que yo en mi empeño de evitar el aborto utilicé para retenerte, me niego a verla como el producto de un error o de un interés egoísta de mi parte. Ella es una bella posibilidad de enmendar lo que no conseguimos ser. Así quiero que vivas con ella: libre al fin de mí, aliviada de esta carga inmensa que represento, puesto que he perdido toda esperanza, amor mío, y nada puedo daros ya. Por favor concédeme una última voluntad: cuando los años hayan enfriado tu dolor, y puedas mirar el rostro adulto de tu hija, explícale esta decisión mía, que sé, que solo tú tienes la fuerza de entender, de aceptar y perdonarme por ella. Vuela, amor mío, con Gloria, lejos al fin de esta prisión moral que ha sido hasta hoy toda tu vida, y enséñale ese hermoso camino que es vivir sin sentir ataduras con el otro, aunque el otro sean los seres que nos aman; porque los seres que realmente nos aman lloran de emoción cuando nos contemplan libres y redimidos al fin, de toda culpa y remordimiento…»
Entonces acostó delicadamente el lápiz sobre el escritorio. Las lágrimas le surcaban el rostro. Plegó la carta, la introdujo en el sobre en el que se caligrafiaba Despedida y apagó la pequeña lámpara. Luego salió hacia la oscuridad del pasillo, activó la plataforma salvaescaleras y encajó la silla en ella. Desde la alcoba Ana sintió el sonido mecánico del ascenso pero no hizo amago alguno de levantarse. Se figuró que sería una de sus muchas noches de insomnio en las que despejarse a la intemperie era el bálsamo a sus tormentos inefables. Cerró, no sin preocupación, los ojos tratando de conciliar el sueño.
Afuera el fragor del viento se oía bestial. Iba a ser la última noche que pasara Martín en su azotea.
David Galán Parro
11 de diciembre de 2022