El estreno de La cabina tuvo lugar en diciembre de 1972 y posiblemente habría sido inconcebible algunos años antes.
El objeto destaca por el color rojo. Y el color por el que se conocía a los simpatizantes republicanos también era el rojo. José Luis López Vázquez entra en la cabina sin ningún tipo de cuestionamiento. Una vez lo hace, ya no hay vuelta atrás. En ese momento, el protagonista es, inevitablemente, un marginado de la sociedad (o al menos, para el sistema de aquella época). De ahí que la cabina actúe como una especie de recipiente incomunicado y claustrofóbico, y como un objeto de burla para los vecinos que pasan y se detienen. Vecinos que, por el contrario, cambiarán tajantemente de actitud con el regreso de los operarios a escena.
Los señores que recogen la cabina van vestidos con colores militares; son los mismos que la depositaron y la dejaron abierta al principio. Por su comportamiento, más que operarios telefónicos, los individuos actúan como máquinas, como si hubiesen recibido órdenes irrevocables de establecer una táctica. Cuando aparecen, lo hacen con una pita, un sonido atronador. Las risas de los vecinos cesan de golpe; parecen ser los únicos que de verdad merecen el respeto y la sumisión del pueblo. Todos se apartan enseguida, porque para ellos los operarios representan un poder superior. Un poder que supera los conocimientos del técnico que trata de abrir la puerta, y que está por encima de los bomberos y de los propios agentes policiales: el de la clase militar.
Durante el recorrido hacia lo desconocido, la película adquiere un tinte distinto. José Luis López Vázquez se cruza con otra víctima, pero en ningún instante vemos a ningún conductor observar las cabinas con extrañeza. Algunos se burlan desde su coche, pero su actitud no resulta lógica (que no incoherente) cuando se trata de un hombre atrapado. Otros contemplan el panorama como diciendo “Mira, por ahí va otro mal afortunado…”. Todos ignoran la cabina, o lo que es lo mismo, a nadie le llama la atención. Porque el hecho de atrapar a alguien que simpatice con el color rojo se convierte en un acto integrado en la sociedad, en el sistema. Incluso la veneración hacia los difuntos (hacia Dios Todopoderoso) tiene más interés que los que sufren las consecuencias de defender el rojo. Los únicos encarcelados por la incertidumbre son aquellos encarcelados por la propia cabina. Ellos desconocen su destino, mientras que la sociedad tiene muy claro cuál es el precio a pagar por ayudar al “otro”.
Por otro lado, Antonio Mercero también presenta uno de los estamentos más marginados de la sociedad. Los payasos, el núcleo más desgraciado del pueblo, al otro lado de la “frontera”, observan atentos al protagonista como si se tratara de un espectáculo de circo. Existe cierta compasión en sus ojos. Parece que ellos son los afortunados cuando los comparamos con el hombre de la cabina roja.
Con la presentación de la fábrica, llega el momento de la revelación. Todos los atrapados por las cabinas, todos los que se han visto relacionados con el color rojo, serán engullidos por un destino común. Y esto ocurrirá más allá de la urbe, en la discreción absoluta, casi en el exilio, como el reflejo de un sistema que, idealizado por muchos, estaba lleno de oscuridad de puertas para dentro. Un sistema incesante que retomará el inicio de este relato con la misma frialdad con la que empezó.
Carlos Martín Vega
8 de diciembre de 2022