Si me odias, sé firme en tu odio. Que la firmeza sea la huella inequívoca de tu amor de antaño. Aunque hayas amado de manera desacertada por no saber amar. Eso no importa ahora. Somos ciegos en el amor y por ello, también en el odio. Que el error de tu odio no menoscabe su firmeza; y que ésta, en todos los aspectos de la vida, sea para mi un valor al que aspirar. Ya sabré yo con quién, dónde y cuándo aplicarla.
Si me odias, sé firme en tu odio. Que la firmeza, sea también la huella inequívoca de tus convicciones más profundas y, para ti, justas y verdaderas. Yo te quise amigo por esta otra firmeza: la de ser fiel a unos principios de vida. El que sean erróneos no importa ahora, como tampoco el atribuirte garante juez a la hora de prodigarlos sobre los demás. El hombre que busca la justicia puede muy bien caer en la injusticia y pese a todo, ser amado, y por ello exculpado. Alonso Quijano también fue amado y exculpado a lomos de Rocinante.
Si me odias, se firme en tu odio. No bajes la guardia. No retrocedas. Úsalo para inventar un chivo expiatorio con el que tapar tu realidad dolorosa y miserable que ya tal vez no tengas tiempo de afrontar. Eso es un alivio.
Pero si así no fuera y así un día tu odio cayera, y en ese día no alcanzaran tus fuerzas porque la vergüenza y la culpa te abruman, no te obligues a venir a mi, porque yo, aunque tú no lo sepas, estaré cerca de ti, para celebrar contigo la caída de tu odio y abrazarte con todo el dolor del mundo.
Es extraño: nosotros a la luz del día y ellos reencontrándose al caer la noche.
Son ellos, los otros dos, los que se descubren desnudos a través de palabras escritas que la distancia impone.
Son ellos, te digo, los que se deslizan furtivos y, traspuestas las tediosas horas, sobrevuelan el plácido sueño de las masas que levantan con anónima tenacidad esta maravilla llamada mundo. A éste le roban una parcela para amarse.
A ellos dos, mi amor, les envidiaremos algún día esa felicidad que comparten en secreto.
Son los amantes que nos dejó la noche para que desesperemos de nuestra singladura miserable de máscaras, trajes y relojes.
Esta noche retozaron más ávidos, más compenetrados, más alejados de este mundo físico. Sus mensajes de amor quedaron cifrados. Nadie, ni ahora ni nunca, podrá desentrañar el enigma de ese lenguaje íntimo. Los trovadores enmudecerían fascinados de saberlo. Los más dotados arqueólogos venideros llorarán de impotencia sobre la osamenta de su pasión inescrutable.
Pero espera…
Ya la sombra infinita se expande en el firmamento. Ya regresan los ejércitos laboriosos a su descanso tras la dura jornada.
Ya ellos, los otros dos, ansiando de nuevo volver a esta nuestra joven carne para hacer de las suyas…
Entras como vendaval para arrancarlo todo. Lo anterior a ti eran pequeñas brisas en las que yo hacía concesiones para simular o anticipar algo parecido a tu venida. Pero ¿cómo iba yo a saber de tu fuerza que todo lo devasta?
¿Qué me salvará ahora?
No me salvan las voces muertas que habitan los libros, aunque en ellas se encuentre la sabiduría necesaria para sobrellevarte.
No me salvan las sonrisas satisfechas de los comensales, las botellas descorchadas escanciando su vino, las canciones en las mesas donde me pierdo para olvidarte un instante.
No me salvan las auroras que dan nacimiento al mar de cada día.
Estas en mi pecho, sobre cada respiración, doliendo, haciéndome saber que no son de otro estos pulmones que ansiando el aire muerden despiadados mi corazón. Te llevo inevitablemente conmigo.
Y yo me pregunto: ¿cómo me salvaré después cuando, tras el vendaval que eres, todo sea volver sin ti a mi vida de trajes grises y apremiantes relojes vendidos a la rutina?
El trabajo de hoy tiene como objetivo criticar el comportamiento intelectual. Algunos intelectuales creen que la realidad está ahí para ser pensada y ser narrada, pero lo cierto es que la realidad está ahí para ser vivida y ser transformada. Y la realidad que vives y transforma ha sido previamente creada y es fruto de transformaciones sucesivas previas. Pero en esa realidad también está el pensamiento cristalizado. ¿Qué es el pensamiento cristalizado? El pensamiento que ha planificado los objetivos a cubrir y ha guiado la actividad de los agentes prácticos. El comportamiento intelectual que yo critico es el comportamiento de algunas personas que piensan la realidad sin vivirla, que piensan la realidad con escasa experiencia sensible sobre la misma.
Lo que yo les pido a estos intelectuales es que aumenten su experiencia sensible y les pongan el índice cero a las conceptualizaciones. Los conceptos se elaboran con percepciones y representaciones. Pero si tu experiencia sensible es pobre, entonces tus percepciones y representaciones serán escasas. De ahí que los conceptos que pongas en movimiento, por una parte, tengan pocos materiales de los que nutrirse, y, por otra parte, carezcan de blancos a los que apuntar. Hay otro aspecto a tener en cuenta, los conceptos suponen también la negación de la sensibilidad, la reducción de la multiplicidad a la unidad, y la superación de las apariencias para quedarse solo con las esencias. Así que repito: deja de conceptualizar durante un tiempo y enriquece tu experiencia sensible. Otra ventaja: si enriqueces tu experiencia sensible, dominarás el pensamiento directo; mientras que, si tienes una pobre experiencia sensible y una tendencia dominante hacia la elaboración conceptual, tu pensamiento será inevitablemente tortuoso en muchos casos, y en muchos otros, formal, esto es, vacío.
Con esta atroz lucidez que de repente devela lo insípido de una vida organizada y previsible.
Con estos relojes de muerta espera que solo atienden a la sonrisa tuya que el mañana promete.
Con estas palabras (¿para qué las quiero?) que van inevitables y necesarias al papel como la lluvia a la tierra y solo obedecen a una lógica universal aún por desentrañar.
Con estos libros que colman mis estanterías, si en ellos no escucho tu voz.
1 Se agiganta la noche desapacible en el pueblo. Viniendo desde la playa, un rugido de olas amenaza el sueño profundo de los lugareños y sobre las azoteas abiertas, el viento arrecia estremeciendo las planchas de uralita, agitando las prendas en los tendederos, zarandeando las raquíticas antenas de televisión. En una de esas azoteas hay […]
“Lo que cada generación crea en el campo de la ciencia y de la producción espiritual es una herencia acumulada por los esfuerzos de todo un mundo anterior… Este heredar consiste a la vez en recibir la herencia y trabajarla… Pero, al mismo tiempo, este patrimonio recibido de las generaciones anteriores queda reducido al nivel de una materia prima que el espíritu se encarga de metamorfosear. Lo recibido se transforma de este modo y la materia, al elaborarse, se enriquece a la vez que se transforma.”
“Lecciones sobre la historia de la filosofía”. G.W.F. Hegel.
Francisco Umpiérrez, yo he recibido de ti una herencia teórica, me he alimentado de ella. Me has ayudado a digerir a los grandes pensadores: Karl Marx, Edmund Husserl, Gottlob Frege, Hegel, etc. He recibido el producto del esfuerzo de tu trabajo con alegría y gratitud y he tratado de hacerlo mío. Pero no he atesorado tu herencia teórica en la forma de quietud sino que he procurado prolongar su vida por medio de la acción, trabajando, con mis aciertos y mis errores, esta materia prima recibida y con la finalidad de elaborar una alternativa metodológica relativa a la enseñanza y aprendizaje de las matemáticas.
La gratitud que de forma pública manifiesto a tu persona no se fundamenta en el elogio fácil y halagador sino en el reconocimiento objetivo de tu trabajo. Por todo ello: Francisco Umpiérrez, ¡Gracias!
El estreno de La cabina tuvo lugar en diciembre de 1972 y posiblemente habría sido inconcebible algunos años antes.
El objeto destaca por el color rojo. Y el color por el que se conocía a los simpatizantes republicanos también era el rojo. José Luis López Vázquez entra en la cabina sin ningún tipo de cuestionamiento. Una vez lo hace, ya no hay vuelta atrás. En ese momento, el protagonista es, inevitablemente, un marginado de la sociedad (o al menos, para el sistema de aquella época). De ahí que la cabina actúe como una especie de recipiente incomunicado y claustrofóbico, y como un objeto de burla para los vecinos que pasan y se detienen. Vecinos que, por el contrario, cambiarán tajantemente de actitud con el regreso de los operarios a escena.
Los señores que recogen la cabina van vestidos con colores militares; son los mismos que la depositaron y la dejaron abierta al principio. Por su comportamiento, más que operarios telefónicos, los individuos actúan como máquinas, como si hubiesen recibido órdenes irrevocables de establecer una táctica. Cuando aparecen, lo hacen con una pita, un sonido atronador. Las risas de los vecinos cesan de golpe; parecen ser los únicos que de verdad merecen el respeto y la sumisión del pueblo. Todos se apartan enseguida, porque para ellos los operarios representan un poder superior. Un poder que supera los conocimientos del técnico que trata de abrir la puerta, y que está por encima de los bomberos y de los propios agentes policiales: el de la clase militar.
Durante el recorrido hacia lo desconocido, la película adquiere un tinte distinto. José Luis López Vázquez se cruza con otra víctima, pero en ningún instante vemos a ningún conductor observar las cabinas con extrañeza. Algunos se burlan desde su coche, pero su actitud no resulta lógica (que no incoherente) cuando se trata de un hombre atrapado. Otros contemplan el panorama como diciendo “Mira, por ahí va otro mal afortunado…”. Todos ignoran la cabina, o lo que es lo mismo, a nadie le llama la atención. Porque el hecho de atrapar a alguien que simpatice con el color rojo se convierte en un acto integrado en la sociedad, en el sistema. Incluso la veneración hacia los difuntos (hacia Dios Todopoderoso) tiene más interés que los que sufren las consecuencias de defender el rojo. Los únicos encarcelados por la incertidumbre son aquellos encarcelados por la propia cabina. Ellos desconocen su destino, mientras que la sociedad tiene muy claro cuál es el precio a pagar por ayudar al “otro”.
Por otro lado, Antonio Mercero también presenta uno de los estamentos más marginados de la sociedad. Los payasos, el núcleo más desgraciado del pueblo, al otro lado de la “frontera”, observan atentos al protagonista como si se tratara de un espectáculo de circo. Existe cierta compasión en sus ojos. Parece que ellos son los afortunados cuando los comparamos con el hombre de la cabina roja.
Con la presentación de la fábrica, llega el momento de la revelación. Todos los atrapados por las cabinas, todos los que se han visto relacionados con el color rojo, serán engullidos por un destino común. Y esto ocurrirá más allá de la urbe, en la discreción absoluta, casi en el exilio, como el reflejo de un sistema que, idealizado por muchos, estaba lleno de oscuridad de puertas para dentro. Un sistema incesante que retomará el inicio de este relato con la misma frialdad con la que empezó.
El 1 de diciembre Ramón Galán me invitó a una reunión con aproximadamente cien profesores de EGB. Ramón expuso una pequeña comunicación de contenido eminentemente conceptual, aunque con ilustración; y después algunas profesoras expusieron su experiencia en el aula con la aplicación de la pedagogía de Ramón, que consiste en partir de los números cuando […]