La azotea

1

Nunca tendría que lidiar con grandes penurias económicas: Era maestro funcionario con sueldo vitalicio. Había comprado un apartamento de forma remisa y empujado por los sensatos consejos de un amigo, que le auguraba, de no hacerlo, un futuro de dependencia y de estancada inmadurez. Y de camino a eso iba: no se había casado, no tenía hijos y aún, a sus cuarenta años, remoloneaba por el nido familiar.

En sus primeros años de docencia le destinaron a un colegio en el centro de la ciudad. Un ambiente estable de familias que se volcaban por la educación de los hijos le arroparon. Estaba feliz. Pero el trato excesivamente complaciente fue opacando su entusiasmo inicial, su primigenio sentido del riesgo, sus pletóricas soluciones llenas de imaginación que fascinaban los corazones de los pupilos. Sin darse cuenta, se volvió hedonista y desatento. Todo se acartonaba, se perdía sin remedio.

Esas eran sus circunstancias hasta que un desafortunado desliz burocrático (al menos para él) lo desterrara a otro centro situado hacia la periferia. 

Allí las cosas presentaban distinto cariz. Las familias aniquiladas por la miseria y la droga, abocadas a los tugurios carcelarios, reventadas por los trabajos más inhumanos veían en el despreocupado estilo de vida del nuevo el contrapunto de sus duras vidas. Hablaban en otro lenguaje. Era el forastero, el insulso, el aniñado. El forastero que desconocía la jerga. El insulso que carecía de sangre. El aniñado que rehuía el dolor, el crecimiento. La mayoría no lo toleraba, acaso porque adivinaban en él cierta desidia y desprecio. Los alumnos pasaban por sus manos como masa indiferenciada y sucia, llena de problemas con los que no quería cuentas. Lo tenía claro: no iba a perder las prerrogativas de su empleo, no iba enfangar su concepción distinguida y destilada del Ser Humano. Aquellos rostros infantiles de tez prematuramente envejecida, de miradas de soslayo, de pérfidas sonrisas, que se apiñaban para burlarse, para atacarle, para ridiculizarle era mejor dejarlos a la deriva porque nada podía sustraerlos del fracaso inevitable de sus vidas aciagas. 

Sin embargo, en contra de estas convicciones, una oscura materia se iba sedimentando paulatinamente dentro de él.

2

El apartamento en el que vivía solo se ubicaba en una última y octava planta. Sobre él, la azotea era rara vez transitada: el viento desapacible la hacía casi impracticable en aquella parte de la ciudad; y aunque el vendedor del inmueble la había anunciado como zona de solaz y recreo por sus amplias vistas y por estar prevenida del fisgoneo de ventanas aledañas, pronto estos privilegios se perdieron cuando se adosaron edificios más altos. La venta no contaba con los precipitados cambios urbanísticos del barrio. Y tales inconvenientes hicieron de la azotea un lugar desolado que todos rehuían.

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Siempre la cena era el principio de un ritual solitario: llenaba el lavaplatos que accionaría al despertarse al día siguiente; se demoraba en la ducha; se arrellanaba en el sofá frente al televisor hasta que le sobrevenía el primer sueño y finalmente amodorrado tiraba de sus últimas fuerzas para apagar todo y alcanzar la cama. Lo único que quedaba prendido era la radio, de la que salía una voz melosa que le arrullaba mientras resolvía las dudas de amor de los oyentes en antena. 

Entonces, en una de aquellas noches se oyó el golpe sobre él, justo en la vertical de la cama. Venía de la azotea. Abrió los ojos en mitad de la penumbra del dormitorio. Apagó el aparato y esperó. El viento trepidaba en los ventanales del salón y siseaba bronco a través de las juntas de los marcos de aluminio. Había sido un impacto seco y nítido. Quizás, una piedra. «La fuerza del viento puede desprender un guijarro de algún edificio cercano» conjeturó. Y era posible, pues parte de la urbanización estaba en ciernes y las obras eran frecuentes. Sin embargo un segundo golpe seco, más estentóreo, lo sacó de sus cálculos para desdecirle: la sequedad tenía un revestimiento claramente metálico. Esta vez, además, cierta pesantez en el golpe había hecho estremecer el falso techo. «Un hierro desprendido por el viento, nada más» conjeturó de nuevo. Muchos objetos metálicos arrancados podían sobrevolar la azotea y caer: un trozo de plancha o de antena; pero… ¿acertando en el mismo punto? ¿y tan pesado? Su propio razonamiento lo inquietó. Contuvo la respiración, otra vez a la espera. De repente, oyó un tercer golpe, luego un cuarto, un quinto, un sexto… y así una sucesión frenética de impactos en intervalos regulares en el que ya se intuía una inequívoca voluntad humana. Estaba aterrado sobre la cama, con las manos presionando los oídos y los músculos crispados. Entonces la tanda se detuvo. Quiso creer que nada estaba pasando. Pero al poco el desquiciado machaqueo recomenzó en su empeño para arrancarle del alivio de su creencia ¿Qué suerte de broma pesada era aquella? Fue pensar la pregunta y fue venir una tregua. 

Pese a ella, se mantuvo quieto, expectante, ovillado entre las sábanas. ¿Nadie escuchaba? ¿Por qué nadie acudía a la azotea para ver quién se había colado? ¿acaso habitaba él solo en todo el edificio para hacerlo? No, no estaba solo, pero tal vez, la falta de comunicación entre los vecinos había hecho impasibles las reacciones; imposibles, los reencuentros. Grises y huraños ya apenas se saludaban y eso se había normalizado, aceptado tácitamente por comodidad ¿Cómo iba ahora él a preguntar a los demás en mitad de la noche? ¿o al día siguiente tras su vuelta a casa por la tarde? «Doña Carmela, que tal su nieto, ya inició sus estudios, mire… ¿oyó anoche usted algo…? Manuel como llevas lo de tu separación, sigues deprimido, por cierto… ¿no escuchaste…? Don Francisco necesita usted que le traiga agua o leche del supermercado, y… por curiosidad ¿anoche…?» No, no podía hacer eso. El horror que a veces nos retrotrae a estados pasados para refugiarnos del presente atroz le empujó estúpidamente a buscar el teléfono fijo inexistente que hacía años había desterrado de su vida. Comprendiendo lo inútil del gesto, un sentimiento de  amarga añoranza le sobrevino ¡Qué necesario se le antojó entonces aquella robusta tecnología obsoleta!

Pasados unos minutos, decidió desplazarse por la casa, sigilosamente y trastabillando con los filos de los muebles, mientras buscaba en el techo algún resquicio sonoro. El miedo se iba disipando en él: la pausa parecía definitiva. Ahora un extraño sentimiento de prudente curiosidad se abría camino ¿Qué había sido todo aquello? ¿Era real? ¿Por qué dudaba? ¿Acaso no había oído pese a que los hechos escapaban de toda lógica? Tenía que saber. Antes no se permitía una incredulidad gratuita, como tampoco una creencia inamovible. «El miedo no es más que el producto de una falta de comprensión de los hombres enfrentados a la naturaleza, enfrentados a lo que escapa a su control. Nada más que eso» sentenció para sí con el fin de  insuflarse algo de valor.

Pensó entonces en salir del apartamento y ascender por los dos tramos finales de escalera que daban a la azotea. Fue a la cocina y optó por un cuchillo de tamaño equivalente a su antebrazo, más para darse valor, o arredrar llegado el caso, que para defenderse.

El edificio tenía un único hueco de escalera y en él una corriente de aire frío ascendía buscando salida. Desde el rellano último se oía el arrastre del burlete de la puerta de la azotea. Probablemente el intruso en su escapada hacia la calle la había dejado abierta junto con la de abajo, de entrada al edificio, haciendo ambas aperturas, la columna de aire por el hueco. Fue una idea que le tranquilizó. No obstante debía subir y comprobar sus pronósticos.

Efectivamente, la puerta estaba entornada. La empujó y salió. Un brazo de aire alcanzó su cara. La azotea, vagamente iluminada por la luna, guardaba con celo su ámbito desolado entre pretiles que, o daban a la fachada o a paredes medianeras. Quien quiera que fuera había escapado escalera abajo, evitando el ascensor, después de ejecutar su broma macabra. Avanzó lentamente hacia el centro, donde calculó se habían producido los primeros golpes y en medio de aquella oscuridad, se acuclilló para palpar a tientas los adoquines que suponía en desperfecto. Enfocó su vista hacia el suelo, sin hallar nada, pero al levantar el rostro, en uno de los ángulos sombríos formados por los pretiles, vislumbró algo: la estela oscura de un movimiento que se revolvía, primero impreciso, pero orgánico; luego, animal y reptante. Sintió una bola de espanto apretándose en su pecho, paralizando su voluntad, su ademán de huída. Aquello le había observado cuando accedió a la azotea, agazapado silenciosamente en el rincón, escrutándole. «Un gato… un gato…» era la idea a la que se aferraba en el paroxismo de su horror. De repente, en un sublime gesto de poder infinito, aquello se irguió de forma bípeda, rebasando apenas el alto del pretil, dejando ver su monstruoso aspecto: Una tez pálida y apergaminada, unos ojos hundidos, una sonrisa pérfida en una boca mellada, un cabello fosco y ralo querían recomponer el semblante desfigurado de un niño. El abominable instante expandió el tiempo. Entonces la criatura salió del rincón caminando hacia él y exponiéndose a la luz cobriza de la luna se dejó ver plenamente: el cuerpo menguado, raquítico, cubierto con andrajos y bajo ellos, una piel lacerada, surcada de costurones. En sus manos relucía un desmesurado martillo. Le miraba con pétrea dureza, con odio atrasado, enquistado. Al fin lo comprendió todo: quién era, de dónde y para qué venía. Era aquella oscura materia en forma híbrida, atemporal, de niño adulto, que venía a hacerle pagar desde un mundo de atroz recriminación moral, su negligencia, su falta de coraje; que venía a barrer de la sociedad a escorias que como él, permitían con su infinita indolencia, con su complacencia, con su irresponsabilidad, la caída y la destrucción de miles de vidas infantiles que podían salvarse de la quema, que podían sustraerse a la condena de un miserable futuro. Y era, también,  una dolorosa certeza: la naturaleza repudiada por el influjo de la educación venía a cobrarse su abandono y desamparo.

Él agachó la cabeza, implorando piedad. Lo último que vio fueron los pies cenizos y cuarteados del niño.

El hierro se alzó y devastó con peso brutal su cráneo.

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Se despertó. Estaba empapado en sudor y sentía descoyuntado todo el cuerpo. Un dolor plomizo le martilleaba en las sienes. Levantarse iba a ser un suplicio, pero al ver el reloj comprendió que no podía concederse  el más mínimo subterfugio placentero. El retraso le apremiaba y ya le sería caro a ojos de compañeros y padres tal y como andaban las cosas. No tuvo tiempo de ducharse, ni de desayunar. Olvidó activar el lavaplatos. Tomando precipitadamente los mínimos materiales para impartir las clases del día salió del apartamento. Por el hueco de la escalera una columna de aire frío ascendente le obligó a rebujarse en su mullido abrigo de plumón.

En la calle, nuevas sensaciones se le agolpaban confusas y extrañas, desgarradas de las precedentes, desgarradas del hombre abúlico que él mismo había fraguado hasta la víspera.

Y pese a ellas, él no se iba a renovar.

10 de noviembre de 2022

David Galán Parro

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