Viejos amigos

Los efluvios de sudor ajeno se amasaban irrespirables sofocando a los dos amigos en el interior del gimnasio. El aire acondicionado era un artículo de lujo; o más bien de tacañería, pues de su parco consumo el propietario arañaba parcos beneficios.

—¡Que está muy mal, bro (*)! ¡que está muy mal! —dijo uno de ellos,  de afilado corte militar y el más tatuado, soltando las mancuernas a los flancos del banco y distendiendo los globos carnosos de sus brazos—que es un ruina; que ya cuando le da entre semana, ahí, no hay nada que hacer. Que tiene una hija, cabrón. Y lo peor es que su mujer lo sabe, le sigue el juego.

—¿Qué dices? —lanzó el otro con afectada incredulidad condescendiente mientras dejaba reposar la barra en la que se ensartaban tres o cuatro discos por cada lado. —Si una mujer te quiere de verdad, eso no lo permite. A mí, Lola, se entera que le doy entre semana, y me dice: «hoy te lo paso»; y si me vuelve a ver ya entonces me dice: «hasta aquí llegamos, penco, y ahí te quedas con tu hijo y el perro». ¡Porque esa mujer me quiere! Pero la suya…¡Hay que ser asquerosa! ¡Eso no puede ser una mujer legal! 

—Fijo —asintió el otro —. Yo sabía de qué palo iba ella. Cuando él se fue a Madrid, que me dijo que era por negocio, eso era una puta mentira, bro: fue de fiesta con ella, ¡a consumir! Los muy ruinas —tomó agua, luego aire y siguió. —La cosa fue que me llamó el día antes y me pidió que le pusiera en contacto con los Vélez, unos hermanos gitanos amigos míos, para comprar, y yo le dije a Tony, al más pequeño, «atiéndemelo bien a éste y llévale a los mejores garitos» y a los dos días me llama Tony y me dice que quién coño era ese tío que le mandé, que estaba fatal, que iba con su mujer, que se ponían ciegos juntos (¡lo que nunca!); y que porque era amigo mío, que si no, se lo follan; porque iba con exigencias todo el tiempo, como si los Vélez, fueran sus putos criados; me dio vergüenza, bro; yo no sabía que decirle a Tony; me disculpé, eso sí, pero más nunca le recomiendo este tío a nadie. ¡A un colega de toda la vida no se le deja así, bro! Está muy mal. Es asqueroso; está enfermo, joder. Que yo siempre sé hasta dónde tengo que llegar, bro; que yo me he visto al acabar la fiesta en el Red Star con dos gramos y cristal en los bolsillos, sacarlo todo, mirarlo, y decirme: «¡no!» y regalárselo al Egipcio o al Manteca. No me lo echo, joder, ¡no me lo echo! ¿Para qué si ya se acabó la juerga, bro? Hay que estar enfermo. Hay que ser débil. Que tiene una hija, cabrón. Va a acabar mal; que la empresa le va de puto culo, me lo dijo Alfredo, uno de sus proveedores, no paga a tiempo, retrasa mogollón los pagos. Está con el culo al aire —y volvió a tumbarse sobre el banco repitiendo los abrazos al aire con las mancuernas y prestando oído al marujeo.

—Sí, yo te lo dije —aseveró el otro mientras volvía a soltar la barra y se incorporaba para retomar el hilo —Fíjate si le tiene que ir económicamente mal que el otro día intentó venderme la proteína. ¿Sabes a cuánto? A doscientos. Dos botes. Eso no se le hace a un amigo ¿eh? eso es muy sucio. Yo lo hago y tengo que recoger luego con espátula mi cara del suelo de vergüenza que me da. Además él sabe que me dedico a eso, que yo sé a cuánto está en tienda y sé a cuánto te la deja un proveedor; y como le dije que no, va y me pide que le busque a alguien que se los quiera comprar. Pero ¿quién le va a comprar? Está muy desesperado, o loco, ¿eh? Llego a aceptar y me los lleva arrastrándose y al infierno si hace falta. Va acabar como puta con bigote, haciendo trabajitos y chupando pollas, ya verás, tiempo al tiempo, y todo por unos gramos  ¡Qué sucio! ¿Eh? ¡Qué sucio!

—Pero lo que tú no sabes es lo que le pasó el otro día. Porque luego él solo cuenta lo que le interesa. Hay mucha gente que se la tiene jurada, bro. Y como te decía el otro día me manda un video el Tuerca, y veo su coche en llamas ¡le habían pegado fuego, bro! Lo tenía en el garaje, lleno de mierda, con las ruedas bajas (no podía pagar el seguro) y le metieron fuego, bro. Una cosa así nunca me ha pasado y mira que yo he estado en líos, bro, pero yo respeto, y se me respeta. Que todos somos gente legal, que podemos entendernos, llegar a acuerdos. Pero este tío esta tan descontrolado, imagínate, que llama al Tuerca, y le suelta que él creía que lo del coche fuera Arturo el Catona. ¡Esta loco, bro! ¡Decir eso! Ni se me ocurre pensarlo. Si el Catona se entera, lo tranca, definitivamente, lo tranca. Tú sabes cómo es. Yo los tendría de corbata con solo pasar su nombre por mi boca. Esa es una acusación muy fuerte, bro. Yo espero que no le llegue a Arturo, porque lo tranca. Que una vez, hace años, yo estaba con Arturo en el Indian Dream, tomándome unas copas, llegaron unos ingleses borrachos y pegaron a ponerse babosos y asquerosos, riéndose desde otra mesa de nosotros, y yo dándole bola y más bola, hablándole de otras cosas, intentando que se distrajera, joder, y por dentro a la vez diciéndome: «que paren, por favor, que paren, cagoendiós». Y la cosa pintaba cada vez más chunga. Y que sí, que Arturo siempre será mi amigo, joder, pero una cosa no quita la otra: Arturo es un puto psicópata, bro, y con un psicópata no-se-jue-ga, joder. Y como te decía: se levantó, parecía tranquilo y yo pensé para relajarme: «va al baño nada más, va al baño». Y allí fue, pero cuando salió… se ve que dentro empezó a trabarse, bro, y yo no podía acompañarle para distraerle, claro, lo que me faltaba…y como te decía, salió como cuando sueltan a un perro de pelea y… ¡pam! ¡pam! ¡pam!… los fue destrozando de uno en uno. Sangre, cristales, sillas,… volando por todas partes, las chicas gritando como monas, la música disco a full. Luego, cuando se jartó volvió a la mesa. Los ingleses en el suelo, ahí, quietos, reventados. Y yo con los nervios urgándome el estómago pa echarlo todo a fuera, bro, y como te decía, volvió a la mesa, pidió otra ronda y siguió consumiendo como si tal cosa, dándome ahora bola él a mí, el muy psicópata, bro, mientras esperaba que llegara la policía. Y se lo llevaron, claro, pero con educación, porque Arturo es el que más mea en el barrio y todos lo saben y nadie quiere problemas con él. Menos este tío, bro, que no sabe en qué coño se esta metiendo.

En ese momento, las lunas ahumadas de un deportivo negro, cruzaron por delante de la puerta corredera del local y los dos amigos se miraron en un recíproco gesto de espanto. A los pocos minutos, un hombre fornido, de baja estatura y de rasgados ojos inquisitorios hizo entrada. Fue saludando a la mayoría de los muchachos, circunspecto y sin premura, como rehusando cierta notoriedad no elegida. Se acercó a los dos confidentes.

—¿Qué tal, chicos? Dicen que «Marquito» el Pijo va con el chisme de que le pegué fuego a su Macan ¿ustedes no habrán oído algo? Como sea verdad, fijo le lavo la puta boca —hablaba con la seguridad del que vive de hechos consumados.

—Destrábate, bro; vas siempre tenso, joder. Que aquí somos colegas de toda la vida, y chismes entre nosotros, ninguno. Que sabemos comportarnos, ¿verdad tú?

—¡Verdad! —repitió el otro azorado como sacudiéndose de encima un bicho repelente.

David Galán Parro

30 de octubre de 2022

(*) Diminutivo de la palabra «brother», en español «hermano».

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